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Amistades más o menos peligrosas (televisión con libros dentro)

Ana Belén era muy joven: ¿Veinte años? Pilar Miró tenía quizá treinta. Juan Tébar, veintinueve. Charles Dickens hubiera cumplido poco más de ciento cincuenta y nueve. Y en la navidades de 1970 aparecimos los cuatro juntos en TVE. Bien acompañados de mucha más gente, claro. Luego lo contaré con más detalle. Antes hay que referirse […]

Ana Belén era muy joven: ¿Veinte años?

Pilar Miró tenía quizá treinta.

Juan Tébar, veintinueve.

Charles Dickens hubiera cumplido poco más de ciento cincuenta y nueve.

Y en la navidades de 1970 aparecimos los cuatro juntos en TVE. Bien acompañados de mucha más gente, claro. Luego lo contaré con más detalle.

Antes hay que referirse a las “amistades peligrosas”.

Más o menos

Amistades, relaciones, más o menos peligrosas. Así las he llamado siempre, y llevo bastante tiempo dando vueltas por sus alrededores. Me refiero al cine y a la literatura. Dos amores, dos ocupaciones muy frecuentes, dos lenguajes que se pelean y también se complementan. Pero no siempre.

No siempre están en conflicto, quiero decir. Sus “amistades” me han venido muy bien. Llevo toda la vida entre, con, frente y junto a ellas. Hoy doy clases sobre las llamadas “adaptaciones”, y en otro tiempo –el que ocupará nuestra crónica- las fabricaba.

Trajes “a medida”

No me gusta el término “adaptación”. Parece que amoldas el viejo traje del hermano mayor para que le sirva al más pequeño. O que ajustas a la mano la talla del guante. Prefiero otros vocablos, traslación, por ejemplo, que indica más el viaje que la operación de sastrería. Viaje, es lo mejor: Alberto Manguel dice que toda historia es un viaje, una Odisea, y una batalla, una Iliada.

La supuesta “adaptación” es más una traducción, un cambio de lenguaje. Asunto delicado y a veces apasionante. Incluso cuando se “traiciona” el original, o más entonces. Porque se trata de una labor creativa. Lo sé por mucha experiencia.

En la literatura todo es posible. La alusión, la sugerencia interna, la ocultación, la mayor ambigüedad… En el cine se cuenta lo que se ve; nada más –o nada menos- que lo que se ve. Hay mucho trabajo en esto de trasladar textos escritos. Y muchas formas de hacerlo.

Hay irradiaciones, en que el punto de partida literario influye, provoca, empuja, pero no se adapta. Alien homenajea a Joseph Conrad en más de un aspecto. Apocalipse Now no es, estrictamente, una adaptación de El corazón de las tinieblas. Cuánta sombra de Skakespeare, por ejemplo, en títulos aparentemente lejanos del mayor dramaturgo de todos los tiempos… y el más influyente argumentista de tantas obras dramáticas que le sucedieron.

Hay recorridos por los alrededores, en que el texto nuevo se acerca a un asunto, visita a un autor, frecuenta géneros y títulos. Pero no adapta exactamente. Hay biopics sobre la vida de un Dickens enamorado, no precisamente de su esposa. Hay viajes en el tiempo donde el protagonista le regala a Hemingway una frase que luego pasará por ser del novelista. Hay sombras de textos y autores, no explícitas pero sustanciales.

Y hay guiones ciertamente “adaptados”, que tratan de adecuar a la imagen el cuento, la novela, la pieza teatral. Tiene sus dificultades, pero sin duda sus satisfacciones. Por lo pronto, la de trabajar con los dos aspectos narrativos que preferimos –algunos-: el cine y la literatura. Eso hicimos desde muy temprano quienes, como el que esto escribe, merodearon -y en ello siguen- por ambas disciplinas. Por dos amores, mejor. “Sin estar loco”, perdonen tan facilona cita popular.

Desde siempre

¿Siempre?, bueno, desde muy temprano, quiero decir. Desde que el adolescente sabía leer y ya iba a cine solo. Yo, claro. Ya sabéis quienes seguís estos escritos, que aquí lo que vendo son mis propios recuerdos.

¿Cuántos años tenía en aquel entonces, recién leído Ivanhoe (en edición lujosa y antiquísima sacada de una librería con vitrina…), y supe que estrenaban una película sobre ese libro? Fui a verla en sesión matinal, emocionado por reencontrar a los personajes hasta ahora solo conocidos en papel. Y excitantes algunos. Si me había prendado de la hebrea Rebeca, condenada por bruja y salvada por su paladín, agradecido,aunque enamorado de otra; si había sentido primerizas pulsiones sexuales ante una ilustración que nunca olvidaré… no me decepcionó precisamente Elizabeth Taylor en su jovencísima versión cinematográfica. La amé igual que Brian de Bois Guilbert, el caballero Templario -interpretado por el excelente George Sanders- que quiso poseerla al borde de una almena. Sin éxito. Como yo, más o menos.

Hay quien no quiere leer el libro si ha visto la película; hay quien prefiere no ver la película si ya ha leido el libro. Yo … “desde siempre”… he encontrado placer en ambas cosas. Si había visto antes la película, ella me llevaba a la lectura. Si antes era el libro, me encantaba comprobar cómo habían puesto rostros a todos aquellos sueños… Desde siempre.

Quizá no hubiera intentado leer tan pronto Guerra y paz si no hubieran sido antes Audrey Hepburn y Mel Ferrer, y Henry Fonda. Demasiado pronto. No conseguí leerla entera hasta mucho después, pero todos los años me prometía hacerlo. Y haberlo conseguido (y disfrutado al fin) se lo debo a tan ilustres protagonistas.

Moby Dick. Vi antes la película de Huston (menos valorada de lo que merece), que leí la novela de Melville, uno de mis fetiches literarios para toda la vida. Ni libro ni filme han estorbado mi afición al Pequod y su obsesiva travesía.

¿Me hubiese gustado lo mismo la excelente Scaramouche, de Rafael Sabatini, si no hubiera llegado a mi vida (antes o después, ¿quién lo sabe ahora?) la película con Stewart Granger, que todavía considero entre mis preferidas? O El prisionero de Zenda, o Las minas del Rey Salomón, que no solo contenían al mismo Stewart Granger, sino a la inigualable Deborah Kerr. Otra de mis fijaciones eróticas, en paralelo a la citada Rebeca-Liz Taylor. Y con antecedentes literarios: Leyendo alguna escena de Quo Vadis? experimenté una de mis primeras erecciones. No perdí la afición por la princesa Ligia al verla en technicolor de la Metro Goldwyn Mayer. Incluso, al cabo de muchos años, se lo comenté a la propia Deborah, retirada en Marbella, y francamente impresionada –no exagero- por mi fidelidad.

Nadie piense que soy tan complaciente como quizá parece: Cumbres borrascosas es otro de mis libros predilectos. He rastreado todas las versiones posibles en cine, no me ha gustado casi ninguna, pero no por eso, faltaría más, ha disminuido mi pasión por la novela. Ni he perdido la esperanza de encontrar una película respetable. La versión de Andrea Arnold de 2011 es la que más se acerca a merecer ese adjetivo. Con algunos votos al disparate casi naif si no fuera tan perverso que hizo Buñuel. Por ahora, como a la cabra, “me gusta más el libro”.

Mi vida entre novelas y películas. Mi vida erótica incluso. Desde siempre.

Ilustres precedentes

Podemos hablar de John Huston. Prácticamente todas sus películas parten de un original literario. Y de especies tan distintas como Joyce, Hammett, Melville, Carson McCullers, Kipling, Malcolm Lowry…¿Puede encontrarse, sin embargo, otro director que, con tantos argumentos previos y tan diferentes, conserve un perfil de autor tan acusado? No hay mejor prueba contra aquellos que consideran la adaptación como una renuncia a la originalidad.

Todas las novelas o relatos que escribió Graham Greene han sido llevados al cine. “Menos uno que hice pensando en el cine”, dice él mismo. Y El tercer hombre, por ejemplo, encargo directo al novelista para que realizase un guión, precisó de un relato hasta entonces inexistente. Greene lo escribió porque necesitaba un material previo. Si no hay adaptación, se inventa, podríamos decir.

Las confluencias ilustres son muchas, valgan estos dos ejemplos para ilustrar estas amistades tan peligrosas como apasionantes.

Empiezo a hacerlo yo

Ahora me toca hablar de mí. Vergüenza debería darme después de precedentes tan brillantes. Pero mi carrera no es para la Historia. Es, simplemente, para estos recuerdos que suelo vender en Fuera de series.

Con tanta afición, era de esperar que empezase. A cometerlo. No sé si pecado, pero sí atrevimiento. Comienzo, pues, a adaptar (trasladar, traducir, recrear, hacer lo que se puede) con mis propias manos. En cuanto me da la oportunidad Televisión Española. Años sesenta, calculo sin concretar todos los años exactos de aquellos primerizos intentos. TVE tenía programas muy adecuados para que un “adaptador” (¿mejor “depredador” de obras literarias, no siempre puedo evitar el término, perdonen si vuelvo a recaer en la palabra que no me gusta)… nato como yo dedicara a ellos sus esfuerzos: Novela, Hora Once, Ficciones, Estudio Uno… luego Escrito en América, Los libros… Duró bastante la buena racha para que uno pudiera desarrollar sus tendencias. Cobrando por ello, incluso. Solo tengo gratitud ahora en el recuerdo.

Enumeremos aquello que me permita la memoria.

Mi primer Dickens

El amor del peluquero. Se emitió en TVE, Segunda Cadena, en noviembre de 1969. Lo dirigió José Antonio Páramo. Lo interpretaron María del Puy y Carlos Mendy.

Creo recordar -nadie me lo demande si no acierto- que no solo era mi primera incursión en el mundo de los programas dramáticos de aquella televisión única de nuestros pecados, sino que me parece que también lo fue para el director, luego prolífico realizador de muchísimos y brillantes trabajos para TVE. Y buen amigo hasta ahora mismo.

Pero no era una adaptación tradicional. Parece que empecé haciendo diabluras: En las fichas y reseñas que pueden encontrarse, El amor del peluquero aparece, por mi culpa, como si existiera un relato así titulado de Charles Dickens. Y no era esa toda la verdad. En un texto mayor de mi novelista preferido –puede que Nicholas Nickleby, un Reloj de Maese Humphrey quizá… — algún personaje contaba a otros la aventura de un peluquero, sin título, sin carácter de relato en serio, como quien suelta una anécdota en una reunión social… Yo aproveché la semilla y me inventé un cuento completo. Dickens me lo habrá perdonado…Se han hecho, en tantas ocasiones tantas cosas parecidas con sus obras y las obras de otros. Intercalados, irradiaciones, usurpaciones directas de ideas… Yo debuté de manera irregular.

¿Transgresiones?

Bastantes años después (¿fue en 1971?) hice con Guy de Maupassant algo parecido. Le achaqué el argumento de una historia totalmente inventada, que tenía sus raices, eso sí, en el relato Bola de sebo. Lo mismo que la novelita de Ernst Haycox que dio lugar a La diligencia, o sea recrear una situación parecida a la que era centro del relato. Ford repitió la jugada para su última película Siete mujeres. Pero ninguna de estas películas, ni desde luego, Rebeca y el capitán, que era mi programa para la serie Hora Once de TVE, eran rigurosas adaptaciones de Maupassant, aunque lo dijeran los títulos. Con Maupassant parece que me aficioné a este tipo de versiones libérrimas: Jorge Grau y yo, en 1973, escribimos una película llamada Pena de muerte, que aprovechaba de manera similar una mínima idea de Guy de Maupassant.

También durante los setenta me atreví con Cervantes. Esta sí fue una verdadera transgresión (cambio de época, cambiode costumbres, cambio de lugar, cambio de estilo, mirada más frívola…), pero creo que el resultado fue, en el fondo, más fiel que en otras operaciones, y quizá incluso más que una adaptación literal. El episodio conservaba el título de la novela cervantina: El casamiento engañoso. Dirigió Luis Calvo Teixeira, que había sido ayudante de Ibáñez Serrador, y que realizó algunas de mis historias de terror originales. Manuel Tejada y Conchita Goyanes, entre otros, dieron presencia y voz a mi atrevimiento. Hoy sé que un amigo profesor la ha proyectado a sus alumnos, y al cabo de los años escucho que tiene un aire a Woody Allen mezclado con Rohmer. No es mala combinación. Gracias.

Otros Dickens

Estas siguientes incursiones en el mundo y la obra de aquel a quien ya declaré mi escritor preferido de toda la vida, fueron ambas de distinto perfil: Una adaptación como mandan los cánones, la citada Pequeña Dorrit, y una sucinta biografía en cinco capítulos, que se llamaba Cinco navidades de Carlos Dickens, no Cinco navidades, de Carlos Dickens, como se empeñaron y siguen empeñándose rótulos y comentarios. Era su vida, no un relato. Lo de “Carlos” suena fatal, ya lo sé. Cosa de la época, disculpen, en aquel entonces se decía incluso Honorato de Balzac y juro haber leído incluso Guillermo Shakespeare.

Las cinco navidades –el propio autor a través de cinco navidades en su biografía- fue también cosa de los años setenta, aunque no puedo ahora concretar más. Tiene el matiz anecdótico, y para mí entrañable, de que las tres hermanas Hogarth, decisivas en la vida sentimental de Dickens, fueron interpretadas por las hermanas Mara, Concha y María José Goyanes, relacionadas muy íntimamente con la vida del otro “autor”, el de la pieza televisiva, el que escribe esta crónica.

Las hermanas Goyanes

Las hermanas Goyanes, Mara (Kate), María José (Mary) y Conchita (Georgina), en el rodaje de Cinco navidades de Carlos Dickens

Los veinte capítulos de La pequeña Dorrit habían sido un evento de mayor repercusión. Espacio largo para la serie Novela, que solía tener cinco capítulos; una realizadora de lujo, aunque todavía no fuese ni tan célebre ni tan comprometida política y personalmente como en años sucesivos. Amiga también, y no hasta la fecha por su desgraciada y temprana desaparición. Me refiero a Pilar Miró, claro.

Su protagonista, Ana Belén. Aunque había hecho una breve aparición en un espacio de Jaime de Armiñán, y por lo menos dos películas, creo que el lanzamiento estelar de su carrera fue esta incursión dickensiana en los hogares españoles aquel invierno de 1970–71.

Amada

Las traducciones de la época habían dado en llamar a la protagonista Amada (Amy Dorrit, en el original). Yo conservé el nombre. A Dickens siempre le gustaron los caractónimos, o sea llamar a sus personajes con palabras que tenían un significado añadido. En este caso el caractónimo fue invento del traductor, mantenido por el guionista. La pequeña Dorrit era digna de ser amada, y con esa ingenua relación tan evidente nos quedamos. Como El corazón sangrante, nombre del barrio donde vivían personajes desfavorecidos del libro.

La puesta en escena, los decorados (un lujo de construcción y acabado), la ropa diseñada según ilustraciones originales de las ediciones contemporáneas de Dickens, todo contribuyó a una producción notable para la época. Y el reparto, claro:
Rafael Arcos, Andrés Mejuto, José Orjas, Pastor Serrador, Silvia Vivó, Lola Gaos, Charo García Ortega, Enric Arredondo, Fiorella Faltoyano, Francisco Merino… Unos eran honestos caballeros, otros mayordomos siniestros, algún histrión canallesco, guapa frívola, inocente niña grande, malvadísima anciana, desdichado preso por deudas… Perversos o buenísmos, pero todos excelentes actores. Era habitual en la televisión de entonces. Un casting hoy imposible. Es lo que más añoro.

Pilar Miró tuvo dos perros, que yo recuerde. Uno se llamaba Help, por la película de los Beatles. Antes hubo un dálmata. Su nombre era Dorrit.

Vivir con mi autor favorito, a costa suya y en su compañía, ver discurrir a sus criaturas entre las sombras de los grandes platós de Prado del Rey, una experiencia que, al intentar recordar, descubro no haber olvidado nunca. No todo era malo en aquellos tiempos. Los “culebrones”, por ejemplo, llevaban la firma de Dickens, Balzac, Dostoyevski, Dumas, Thackeray… Aunque luego viniera Juan Tébar y los “adaptase”a su manera. Juan Tébar y Pedro Amalio López, Pedro Gil Paradela, Ricardo López Aranda… habría que hablar mucho de tantos profesionales de aquella televisión.

Otros colaboradores

Dickens, sí, pero otros “inmortales” se dignaron también a colaborar en nuestros programas. La verdad es que, desde su lejano Olimpo poco podían opinar. Nosotros teníamos toda la libertad del mundo para manejar sus historias sin permiso y sin pagar derechos (o sea, como se hace ahora con todo el mundo). ….Pero también con el respeto, el amor, la gratitud, de contar con su obra. Al menos, este que os habla. Mi trabajo era entonces colaborar con ellos, vaya suerte la mía.

Dostoyevski, por ejemplo. Y Bret Harte. Y Stephen Crane. Y Jack London. Y Mark Twain. Y O.Henry. Y Leonidas Andreyev. Y Björnson. Y Robert Louis Stevenson. Y Oscar Wilde. Y EdgarAllan Poe. Y Lewis Carroll. Y Herman Melville. ¿Quién tuvo coguionistas siquiera parecidos?

Los pobres humillados

Pobres gentes y Humillados y ofendidos son dos de las novelas menos famosas de Dostoyevski, pero que yo vi más adecuadas para jugar con ellas a la tele. Me decidí por la segunda, que es –mire usted por donde- la más “dickensiana” de las novelas del autor ruso. No era Los hermanos Karamazov ni Crimen y castigo, que tanto me habían impresionado en su momento. Pero se trataba de un melodrama muy adecuado para el espacio Novela, serie diaria de lunes a viernes, uno de los productos estelares de la Primera Cadena.

Otra vez dirigía Pilar Miró. Creo que habían pasado dos años desde los tiempos Dorrit. Protagonistas en esta ocasión Fiorella Faltoyano, Ramiro Oliveros, Leo Anchóriz. Y una niña que ya casi era una mujer, Inma de Santis, que moriría antes de tiempo, siendo una mujer que seguía pareciendo una niña.

Héroe y jovencita adolescente ponían en pie una aproximación ingenua a una historia más morbosa, que nace –según Coetzee, al menos- de una experiencia vital del propio Dostoyevski. Pero eso entonces no lo sabíamos ni Pilar ni yo, ni los actores. Aunque en el misterioso sex appeal de Inma de Santis parecía expresarse algún conocimiento oculto de las posibilidades de aquella “casta” relación, ganando siempre las miradas a la propia censura.

Pilar Miró e Inma de Santis

Pilar Miró e Inma de Santis en rodaje de Humillados y ofendidos

John Ford con faldas

A vueltas con la Miró. La llegaron a llamar como dice el epígrafe porque fue cómplice de quien suscribe en llevar a la pequeña pantalla nada menos que historias del salvaje Oeste americano. Westerns en pequeño formato. Y con las posibilidades y medios que teníamos entonces. Que se limitaban a escenas de interior, caracterización de personajes, cierta cultura cinematográfica… y mucha buena voluntad. Jack London, Stephen Crane y, sobre todo, Francis Bret Harte fueron los autores que adaptamos para TVE, y que llamaron la atención del crítico Josep María Baget, quien bautizó como decimos a nuestra amiga.

Pilar hizo con otros Los desterrados de Poker Flat, un relato de Harte. Pero había hecho conmigo El hotel azul, de Crane, Maruja y Un cuento californiano del mismo Bret Harte. Yo por mi parte, sin Pilar, adapté varios cuentos mezclados del grandísimo Jack London, con el título Una historia de socios y de novias. Fue una gozada jugar al wild west en Prado del Rey, os lo aseguro.

No pude con ellos

Suena mejor pensar que se me resistieron, que no se dejaron manipular, que no les cai simpático… Por eso lo digo así.

Pero no fue ese el caso. Se trata de autores que no llegué a “adaptar” aunque quise hacerlo, o que aunque lo hice, no llegó el producto a pantalla. No los he olvidado, uno siempre se acuerda de sus frustraciones.

García Márquez, Fuentes, Vargas Llosa entre los del boom, ya lo he contado en otro sitio. A Onetti sí. Con dudosos resultados, esta vez seguramente porque dirigí yo.

Pero no se me resistieron solo escritores tan célebres. José Mallorquí, muy conocido y excelente en su estilo, aunque en una liga más modesta. Era el autor de El Coyote. ¿Recuerdan? Aquella serie de aventuras populares que, aunque adaptaban al Zorro mexicano, consiguieron personalidad propia y mucha fama en la España de los cincuenta. No le gustaron a Mallorquí mis guiones. Lo harían otros, hasta ahora sin cuajar. Raro en un personaje que todos hemos pensado siempre que daría mucho juego en la televisión.

Hice versión para Novela de El prisionero de Zenda, uno de mis mitos de juventud. Las necesidades de producción eran excesivas, y nunca se realizó, aunque estaban escritos todos los guiones.

Y Salvador Maldonado -Lola Salvador en la vida real- me quitó jugar con las hermanas Brontë. Me las quitó con legalidad y sin traición, con todo el derecho del mundo. Pero sigo pensando que me las quitó. Las Brontë eran mías. Creo que ellas lo saben. Lola quizá no, pero escribió aquel guión sobre sus vidas borrascosas. Y no yo. Lo sigo lamentando.

El que escribe enseña

Muchos escritores a quienes la edad sitúa implacablemente fuera del mercado, acabamos enseñando. Dicen -con mala intención- que “el que no escribe enseña”. Yo prefiero pensar que el que escribe enseña, o que el que enseña escribe. Ambas cosas son tan compatibles como complementarias. Igual que el cine y la literatura. Yo, al menos, en los últimos más de veinte años que llevo dedicados a la docencia, creo haber escrito muchos más guiones que en toda mi vida: Todos los de todos mis alumnos. Creedme que es cierto. Me comprometo con cada uno como si fueran míos.

Y mientras hablo de cine y literatura en clase, sigo viendo películas y televisión. Y leyendo. Es la mejor manera de sobrevivir que conozco.

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