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Crónica del New York Television Festival (NYTVF) - Fuera de Series
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Crónica del New York Television Festival (NYTVF)

A finales del mes de octubre la ciudad de Nueva York albergó la décima edición del NYTVF. Una cita articulada como punto de encuentro entre creadores audiovisuales noveles e industria televisiva, pero también con puertas abiertas al público general mediante la programación de premieres, paneles, pilotos, workshops y charlas con algunos de los gurús del […]

A finales del mes de octubre la ciudad de Nueva York albergó la décima edición del NYTVF. Una cita articulada como punto de encuentro entre creadores audiovisuales noveles e industria televisiva, pero también con puertas abiertas al público general mediante la programación de premieres, paneles, pilotos, workshops y charlas con algunos de los gurús del medio. En su décima edición se asomaron Carlton Cuse, Beau Willimon, Toby Whitehouse y otras 15.000 personas que concurrieron a lo largo de seis jornadas. Fuera de series también estuvo allí a través de los ojos y el cuerpo de un servidor.

En mi ya nada corta, pero sí insignificante, existencia habré recorrido un buen puñado de festivales, algo por encima de la media del común de los mortales. Cinematográficos, musicales, televisivos, literarios, pero especialmente, etílicos (Nota mental: pedirle al jefe de todo esto si necesitan a alguien para cubrir el OktoberFest)… Un buen tute festivalero, especialmente intenso durante esos veranos (del amor) no muy lejanos, en que la mente irradiaba toxicidad y poca actividad sináptica, pero el cuerpo aguantaba todo tipo de odiseas higiénicas, inclemencias meteorológicas e incomodidades impensables para el que anda en la treintena. Pese al periplo festivalero que llevo a cuestas (Sitges, San Sebastián, Sónar, Primavera Sound, FIB, Le Beat Bespoké, In-edit, d’A) nunca antes había tenido la oportunidad de cubrir un festival en la ciudad de Nueva York. La oportunidad se presentaba con el New York Television Festival, pretexto idóneo para acudir con la intención de escribir estas líneas que siguen.

En el primer recuerdo me sorprendo enfilándome con un ascensor hacia la planta 22 de un rascacielos de Lexington Avenue. Busco a mi lado a Peggy Olson, quiero sentir los senos de Joan Harris a mi espalda… pero ni rastro. Escudriño el espacio en busca de algún espejo que me descubra en mi porte algún reflejo de Don Draper. Pero no hay ninguno en ese amplio espacio. Deseo incluso que el ascensor se detenga ante de llegar a su destino para dar entrada al Pete Campbell del Siglo XXI… nada, maldición. La puerta se abre en el piso 22 y doy directo al mostrador de The Lippin Group, la agencia de prensa que me ha citado para recoger la acreditación del festival. Mi primera decepción es no encontrarme con ninguna Megan Draper en recepción, a la que sigue un escueto diálogo con la persona que me atiende y una acreditación muy básica, sin ornamentos, ni fotografía — pero bueno, eso casi siempre es mejor-, algo feúcha, hay que decirlo. Más hiere no recibir un catálogo, una bolsa de color amarillo chillón con el logo del festival, alguna cerveza desbravada para combinar con alguna chocolatina enganchada en el fondo de la bolsa, o un pack de DVD con las mejores series de la HBO. Nada de nada.

Mientras retrocedo por el mismo camino que me ha llevado hasta lo más alto, para terminar de nuevo expulsado a la realidad de las caóticas calles de la Gran manzana, pienso en mis adentros que tampoco es malo el canje. Al fin y al cabo no he pagado ni un mísero dólar. Los festivales citados más arriba te dan algunos utensilios de corta utilidad, si es que la tienen, pero en la mayoría de casos — San Sebastián, Sitges, Primavera Sound — hay que desembolsar 40€ para acreditarse como prensa. Una maldita tendencia muy mal recibida, y con razón, por el gremio periodístico. Con esos pensamientos me alejo del mundo Mad Men para ser engullido por la primera bocanada de metro y volver a toparme con esos rostros salidos de una audición de The Strain.

Primera parada: Carlton Cuse

El primer día gordo del festival llega con la intervención de Calton Cuse. Se nos cita en la principal sede del festival, un School of Visual Arts Theater situado en la 333 West con la 23th que presenta ese aire glamoroso que merece la ocasión: toldo con pantalla de leds anunciando el evento, una pequeña alfombra roja donde se forma la cola del público e incluso el necesario puesto de photocall para toda cita con ínfulas de importancia. Al llegar allí compruebo de primera mano las ventajas de asistir como acreditado al conseguir evitarme una cola intimidante. Cuando entro al hall me reciben con un programa y todo son sonrisas y gestos de las azafatas y del personal de prensa. No obstante, el primer gran subidón de endorfinas me lo proporciona una hermosa rubia que me sirve otro tipo de rubia (una Stella Artois) y me da una bolsa de snacks por el precio de nada. Me encamino hacia la sala ensimismado con esos 2 o 3 minutos al año en que un periodista se siente en harmonía con su dedicación y me doy cuenta de lo fácil que es hacer feliz a los humanos… Y de lo poco que se estila en nuestras tierras. Mientras espero desde mi privilegiado asiento que la sala luzca llena para recibir a la estrella invitada de la noche, me percato que el detalle de la bebida y el snack gratuito es para todo el mundo, como lo son las proyecciones y charlas que depara el festival.

El NYTVF es un ejemplo de lo que se podría llevar a cabo en España de contar con el apoyo necesario de patrocinadores y la fuerza de un tejido industrial (o institucional) de existir una administración preocupada por la cultura. Huelga decir que, en el caso español, el escenario planteado es propio de una novela de Isaac Asimov, o de existir, de tan débil se antoja inviable o muy poco probable plantearlo en esos mismos términos. El tiempo de reflexión se apaga con la entrada de uno de los responsables de que los lunes de hace unos años (diez para ser exactos) nos picáramos las clases de los lunes en la universidad, diésemos vueltas en círculo perdidos en todo tipo de teorías, tras voltearnos con algunos de los cliffhangers más imperiosos que ha deparado la televisión moderna, y de que terminásemos dándonos de bruces con un final que no estuvo a la altura (esta opinión, como muchas otras, es personal, y la publicación no se hace responsable de los comentarios de sus colaboradores… blablaba). Y allí está delante de mis narices, con su pelo blanco, cuerpo luengo y un aire de persona elegante e inteligente, cuyo sentido de humor respalda esa impresión. Cuse nos atrapa en la conversación que mantiene con su moderador Andy Borowitz, un periodista televisivo del New York Times. De toda su charla se extraen interesantes puntos, pero ni rastro del cómo y por qué se salvó de la lapidación en Twitter, a diferencia de su compañero de fatigas Damon Lindelof, quien decidió dejar la red social asqueado del trolleo constante que recibía. Habrá que preguntarle en otra ocasión…

Andy Borowitz y Carlton Cuse

Andy Borowitz y Carlton Cuse

Buena parte de la conversación con Carlton Cuse transcurrió sobre sus años “prelostianos”, de su experiencia en ficciones a las que los nacidos en los 80’s y después no hemos oído hablar nunca. Tales como Black Sash, Las Aventuras de Brisco County (una especie de Las aventuras del joven Indiana Jones pero ambientada en el Oeste), Martial Laws o ese sucedáneo barato de Corrupción en Miami llamado Nash Bridges. La otra parte de la conversación discurrió sobre el fenómeno televisivo más grande de este siglo. Cuse dio detalles sobre cómo se introdujo en el proyecto una vez arrancado, de cómo tuvo que romper el contrato que lo tenía ligado con otra network pese a las advertencias de su agente y las preocupaciones familiares sobre su estado mental, con tal de poder incorporarse a un proyecto en el que confió desde el inicio. Confesó que no esperaban pasar de la primera temporada y cómo eso marcó la línea argumental y los retó al desarrollo de una historia a lo largo de 7 temporadas. También dijo que estar frente a Lost era como estar frente a una empresa. Y una de las grandes, ya que dirigían a dos grandes equipos entre Hawaii y LA. Inexplicablemente nadie le preguntó sobre el final de la serie, aspecto que desinfló un poco la relevancia del asunto.

Pero el diálogo siguió con apuntes interesantes. Uno de ellos alrededor de la edad de oro de la televisión, quien Cuse apuntó que la clave para que esto se dé es que ya no importa hacer un producto que guste a toda la audiencia, sino a una parte de ella. Y eso derivó a lanzarle una pregunta al moderador, “¿Por qué la edad de oro atañe al drama y no a la comedia, exceptuando contadísimos casos?” Una pregunta que quedó sin respuesta, por mucho que el moderador, citando a Veep y Louie, intentara negar el principio sobre la que se formuló. En la ronda de preguntas con el público Cuse dio un valioso consejo a los presentes que querían postularse para showrunner. Comentó: “Buscar un mentor, total o parcial, y no tener miedo a arriesgar”. Ya en los últimos minutos Cuse avanzó los próximos pasos de una ajetreada agenda que lo llevará a alternar proyectos en varios canales: Point of honor, drama histórico que junto a Randall Wallace (director de Cuando éramos soldados) preparan para Amazon; Colony, un sci-fi thriller que contará con Josh Holloway en el papel de un antiguo agente del FBI, y con Juan Jose Campanella dirigiendo el piloto; así como trabajando en The Returned, el remake norteamericano de Les Revenants, y en la segunda temporada de The Strain. Sí, la agenda del tipo saca humo.

Segunda Parada: Premiere de The Game

Otro buen puntazo del festival fue proyectar en primicia el piloto de The Game, mini-serie de seis capítulos que BBC America lanza este mes de noviembre. Ver en pantalla grande esta serie de espías moldeados a semejanza de la larga tradición del cine y la televisión de espías de acento british acompañado por la respectiva cerveza y las palomitas dulce/saladas — sí estos americanos están como una cabra- fue más que satisfactorio. La serie conducida por Toby Whitehouse no esconde su enorme deuda con las novelas de John Le Carré, en concreto, y como referente más cercano, la magnífica adaptación cinematográfica de su Thinker, Taylor, Soldier and Spy que llevo a cabo el sueco Thomas Alfredson hace tres años, y que aquí se tradujo como El topo. Comparte con aquella una trama enclavada en el período oscuro de la guerra fría, que como comentaría el propio Whitehouse en la charla posterior al screening es algo que le sedujo inmediatamente a la hora de embarcarse en el proyecto, la opción de sumergirse en un período tan oscuro. Poblada además por agentes de espionaje de moral ambigua e intenciones turbias. En el rol protagonista encontramos a un joven Tom Hughes, con quien a través de sus ojos exploraremos este mundo de agentes dobles, traiciones, topos, asesinatos y frágil equilibrio de fuerzas y acciones con tal de evitar estallidos de mayor envergadura. El personaje de Hughes es un agente del MI5 con un pasado reciente que pone su lealtad al imperio británico en constante cuestionamiento. Todo por culpa del amor. En la cúspide de la cadena de espías está Daddy, a quien pone vozarrón, cara y cuerpo el magnético Brian Cox. Todo ello guarnecido con la impecable y elegante factura con la que la BBC acostumbra a envolver sus productos. Y con una trama que a veces peca en exceso de acoplarse al molde preestablecido anteriormente por otros, enrevesando la trama cuando no es necesario, aunque todo ello aliñado con afortunadas gotas de humor británico.

Tras la proyección del piloto en la mejor de las condiciones –de verdad que sería gratificante para el seriéfilo que en España se plantearan más iniciativas que estuvieran por traer las series a las salas de cine, incluso fuera de festivales- tanto el showrunner como el actor protagonista, Tom Hughes, compartieron unos interesantes minutos con el público presente. La fisonomía de Whithouse cumple con el estereotipo de guionista huraño. El creador de Being Human reveló algunos secretos de su profesión, sobre el proceso de creación detrás de su nueva ficción, y subrayó lo diferente que son el modelo televisivo británico y el norteamericano, remarcándolo desde su posición de showrunner y haciendo hincapié en lo ajustado que resultan los presupuestos en su tierra, y lo impensable que resultaría en Gran Bretaña llevar a cabo tantos pilotos que nunca verán la luz catódica, tal y como ocurre en los Estados Unidos. Por su parte Tom Hughes, un joven actor con madera y pasado infructuoso de rockstar, hipnotizó a los presentes (entre lo que me incluyo, pese a mi orientación heterosexual) apoyado por un magnetismo que procede de una dicción ralentizada pero firme, y un ademán en las formas y la mirada que potencia ese magnetismo — no me extrañaría que lo haya usado para convencer a directores de casting, especialmente si son mujeres. Su discurso se dirigió a explicar cómo se preparó para el papel, y curiosamente acentuó que la música de la época de los 60 y 70’s, que es cuando se ambienta la trama, tuvo gran importancia. Como no podía ser de otra manera, no faltaron alabanzas a sus compañeros de trabajo, obviamente también para el gran Brian Cox.

Tercera parada: Pilotos y paneles

El grueso amplio de la programación de este certamen neoyorquino lo componen las tandas de pilotos que los jóvenes artistas presentan con la ilusión de que algún directivo o mandamás se fije en sus trabajos. De hecho, tal y como apuntaba en la introducción, el festival se articula a su alrededor, ofreciendo verdaderas sinergias entre jóvenes creativos y las cadenas de televisión. Lo resume con estas palabras Terence Gray, fundador y director ejecutivo del NYTVF: “Continuamos atrayendo el mejor talento, y conectándolos con nuestros socios desarrolladores que a lo largo de estos años han garantizado a artistas de la televisión indie más de 100 acuerdos de desarrollo”.

En esta edición han sido un total de 20 los proyectos que han recibido la deseada greenlight por parte de estudios, canales y plataformas digitales, incluyendo dos proyectos de serie y la presentación de un piloto. Entre los acuerdos/premios está el dirigir una serie con el estudio independiente The Orchad y Travel Channel, y el desarrollo de un piloto para el canal A&E Network. No quiero dar demasiado la lata con números, pero creo que algunos de ellos dan una visión precisa de la envergadura y utilidad del certamen: 200 proyectos recibidos; 121 seleccionados para el concurso de pilotos independientes, y un total de 32 proyectos seleccionados para fase de desarrollo. Ni Disptach ni Best of the Fest, las dos ganadoras en las distintas secciones en las que se divide el concurso, drama y comedia, pasaron por las retinas de quien sirve, aunque sí que lo hicieron otras propuestas de la categoría drama, y sin entrar al detalle para cada una de ellas, si que podría decir que el nivel fue más que aceptable, no tanto por las historias, sino por la decente factura técnica que presentaban con los recursos que muchos os podéis imaginar. Incluso una de ellas, Sanitarium, una clase de revisión de American Horror Story ubicada en un sanatorio, consiguió enrolar caras conocidas como Malcolm McDowell y Robert Englund.

Panel de Starz presentando The Chair

Panel de Starz presentando The Chair

Ya en los corredores del certamen, en las salas, en los intervalos entre acto y acto, en las colas de entrada aprecié esta idea de lugar de encuentro sobre la que se cimienta el festival. Esta voluntad de establecerse como el lugar propicio para el networking. Artistas intentado destacar con sus preguntas, diálogos de aprobación y consulta, estudiantes en búsqueda de su mentor, otros más apretados por la ambición marcándose un pitch ante los jefazos de turno sin cita previa. Un ambiente bullicioso, productivo, contagioso, un marco idóneo para entablar relaciones fructíferas, que no hizo más que subrayar mi aislamiento en ese espectáculo, convirtiéndome en un mero espectador de un mundo bastante ajeno, que me hizo pensar en los que debe ser el MIP, o las bambalinas del mercado del Festival de Cannes.

Precisamente por ello, la mayoría de paneles iban dirigidos hacia los más de 300 artistas acreditados. Paneles como “The Next Generation of Digital Content Development” no dejaron de destacar la libertad y las posibilidades que Internet ofrece a los jóvenes creadores, aportando pistas y consejos sobre los contenidos que están en alza, y lo que buscan productores independientes y canales indie en esos fecundos terrenos.

Atraído por un título tan potente como “Why indie TV will be the new independent film” me acerqué a mi segundo panel en los cines Tribeca. Lo primero que me llama la atención al entrar en la sala es la manía de los arquitectos yanquis por diseñar salas asimétricas. La orientación de ésta es en diagonal, y su dimensión y pantalla no tiene mucho que envidiar a la sala ratonera de los extintos Alexandra de Barcelona. Lo segundo son unos moderadores de peso, aquellos que hay que tener bien presentes en la agenda, e intentar nunca enemistarse con ellos. Paul Davidson de la productora indie The Orchard, Amy Dotson, la directora del IFP, una de las compañías que más velan y apoyan el cine indie norteamericano. Andaba también por ahí un tal Adam Sternbergh, columnista de New York Magazine y Sam Toles, Vicepresidente de contenidos de la plataforma Vimeo. Sin embargo sus discursos no se acabaron de ajustar con lo que anunciaba el título de su panel. Mi esperanza era atender una disquisición, sesuda o no, sobre la televisión como nueva cuna de acogida para los artistas indie, pero una vez más el tiempo lo emplearon en aportar y soltar valiosos consejos para los artistas que ahí se reúnen. Al fin y al cabo, los artistas son la gran mayoría del público asistente, mientras que los periodistas que intentamos difundir la materia somos ahí cuatro pela gatos. Pese a la pequeña frustración de la desviación del tema, logro anotar interesantes apuntes de los conferenciantes. Ambos coinciden, especialmente el calvo jefazo de Vimeo, del excepcional momento que supone para los jóvenes creadores la explosión de Internet. Esa accesibilidad universal (en buena parte de Occidente) ha posibilitado que la gente se lance a la creación de contenido y que el resultado tenga una salida, un público. Eso lo une con el otro gran punto que destacan todos: es muy importante buscar una audiencia, un nicho que responda. Mucha gente no piensa en Networks, o en terminar su proyecto en un piloto o filme, hay pasos intermedios, y cada uno puede tener su público. Salgo de ahí con la impresión de haber aprendido un montón, pero que podría haber aprendido aún más, y animado por las arengas de los ponentes puede que hasta me anime a producir mi propio piloto. ¿Por qué no? Yo también tengo mi nicho: mi familia es numerosa.

Cuarta y última parada: un crack llamado Beau Willimon

Previo paso a la entrega de premios que determinaría a los agraciados con carta para desarrollar sus proyectos, la sala principal del School of Visual Arts presenta su mejor aspecto, con filas abarrotadas y público expectante, para dar la bienvenida a Beau Willimon. Es curioso como este guionista y dramaturgo de 37 años ha alcanzado cotas de popularidad y prestigio considerables con apenas dos temporadas de House of Cards, donde se le reconoce por su trabajo como escritor y showrunner. El norteamericano se presentó la tarde del sábado con un estilo desaliñado, aparentemente desatendido. Y lo hizo acompañado de una imponente moderadora que empezó lanzándole un burdo cuestionario, para luego entrar en la verdadera chicha que interesaba a los ahí congregados.

Willimon desprende ese estilo de pasotismo bajo el que se esconden dosis elevadas de inteligencia. Se le percibe seguro y firme en su discurso, propio de alguien que se siente confiado y avalado por sus neuronas, que da por seguro que ninguna pregunta lo pillará a contrapié, y en el caso de que este improbable escenario ocurriera, sabedor que cuenta con un infalible comodín, un ingenioso humor del que hizo gala durante toda la hora de su masterclass. Elementos que no hacen más que señalar una oratoria envidiable y una retórica no menos efectiva que encandiló a la platea. Un arte aprendido durante muchos años de los mejores maestros (impostores). Sí, el señor Willimon trabajó codo a codo con políticos en numerosas campañas políticas. Al lado de su amigo Jay Carson, un gurú en la materia, se introdujo en la campaña para el senado de Charles Schumer, a la que seguirían la carrera al Senado de la actual Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Hillary Clinton, así como varios años más codeándose con políticos de primer nivel. Con ese background, y tras pasar tantos años con esas compañías, es comprensible que Willimon sacara ventaja, y que a modo de catarsis, centrara sus proyectos de ficción en un mundo que conoce a la perfección.

Tras varias obras de teatro dio el salto a Hollywood con Los idus de marzo, escribiendo el libreto que Clooney utilizaría como base para su película, basada, precisamente, en el amigo Jay Carson. Ya en los últimos años, ha volcado su experiencia en House of Cards, la adaptación para Netflix de la sátira corrosiva ideada en la BBC, y que a su vez, supuso el primer bombazo de la ambiciosa estrategia de Netflix por ser un actor importante en el entramado de la ficción televisiva.

Panel con Beau Willimon

Creative keynote con Beau Willimon

Más allá de su perspicacia, sus artes oratorias, y una inteligencia y humor desbordante, de las que contagian y recargan la masa gris, Willimon aportó valiosos apuntes sobre su trabajo en la serie de Kevin Spacey, además de alguna anécdota jocosa y algún que otro spoiler (¡sin vergüenza!). Primero se postuló en negacionista del concepto de autoría. Para él trabajar en televisión implica alianzas en grupo, normalmente en un gran grupo, con lo que esta sentencia niega lo de la TV de autor. Veo su punto, pero es matizable. Más indiscutible fue cuando señaló que el éxito, en cualquier adopción, terreno o variante, es una forma de ganarse la libertad creativa, y de ahuyentar directivos y ejecutivos molestos. También se congratuló de la libertad con la que está desarrollando su trabajo para Netflix. Dice que durante el proceso de escritura tuvieron muchos diálogos con los directivos del nuevo gigante, pero en un ambiente de trabajo óptimo, sugiriendo, pero nunca imponiendo la visión del canal por encima de la suya.

Por último, y antes de pasar a la ronda de preguntas, a las que respondió con una velocidad vertiginosa, incluso aceptando dos a la vez, otro detalle de la sobradez respetuosa con la que se desenvolvió, se defendió de los que acusan el show de poco realista diciendo que su intención es capturar la esencia de las bambalinas del poder, no la de hacer un retrato naturalista. Y así, con la sensación de estar ante un alumno aventajado de estilo mordaz, afilado, desbordante e incipiente de Aaron Sorkin, pero sin su pretensión de Dios o semi Dios de aquel, se puso el colofón perfecto a una interesantísima semana volcada en el mundo de la televisión, sus diferentes estamentos, sus entresijos más invisibles, sus aspectos más reconocibles y deseados y con algunas de las figuras más influyentes. Un certamen acertado en cuanto a la programación variada desplegada, y especialmente en su ejemplaridad en la organización. Muy buenos apuntes guardados para el mejor postor que quiera activar una iniciativa parecida en España, pero primero, antes, quizá haya que consolidar un tejido industrial que a día de hoy permanece a años luz del norteamericano.

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