Fuera de Series Fuera de Series

Desmontando el decorado

Resulta prácticamente imposible imaginar a Walter y Jesse en otro lugar que no sea Albuquerque, con sus infinitos parajes desérticos, con su tierra árida y sus cielos de intenso azul. O a Rust y Martin recorriendo otras carreteras que no sean las que atraviesan los verdes parajes de Luisiana, con sus pantanos, sus factorías humeantes […]

AD

Resulta prácticamente imposible imaginar a Walter y Jesse en otro lugar que no sea Albuquerque, con sus infinitos parajes desérticos, con su tierra árida y sus cielos de intenso azul. O a Rust y Martin recorriendo otras carreteras que no sean las que atraviesan los verdes parajes de Luisiana, con sus pantanos, sus factorías humeantes y sus frondosos bosques que siempre parecen aguardar algo más que vegetación. Y por supuesto, ni Hannah y sus amigas, ni Blair Waldorf y su séquito serían las mismas si sus preocupaciones y sus sueños no se ubicasen en la siempre sorprendente ciudad de Nueva York.

A pesar de ser un elemento secundario, algo que permanece en el fondo de la imagen y que en buena parte de las producciones puede pasar totalmente desapercibido, en los últimos años el escenario en el que se desarrollan las series de televisión ha ganado relevancia. Con los decorados de cartón piedra prácticamente relegados a las comedias de situación y el creciente interés de las cadenas por participar en productos de calidad que inspiren autenticidad, las series de televisión han tomado las calles en busca de un ambiente real que facilite al espectador la tarea de sumergirse en la ficción por completo. Aunque se trate de la misma ciudad, no es lo mismo ver a las protagonistas de Girls desenvolverse por ruidosas calles llenas de gente que a las de Dos Chicas Sin Blanca ir a visitar el contenedor en el que vive el novio de una de ellas o abrir las “ventanas” de su negocio de cupcakes, aunque ambas series están ambientadas en la Nueva York actual.

Los escenarios reales contribuyen a enfatizar la naturaleza del lugar en el que se desarrolla la acción. ¿Qué sería de Raylan, el protagonista de Justified, sin las cochambrosas casas que se reparten por el condado de Harlan (Kentucky) dando cobijo a sus particulares habitantes, sureños, sucios, malhablados y peor vestidos? ¿Y de Linden y Holder sin la infernal meteorología de Seattle, con esa forma de llover más propia del fin de los días que de cualquier lugar civilizado? Por no hablar de la dualidad de lugares como El Paso, más cerca del corazón de México que de Washington o el aspecto, siempre vacacional, de la soleada Florida. La apariencia de sus habitantes, la distribución de sus calles o los letreros que ocupan sus fachadas son elementos que contribuyen a aportar carácter a la complejidad de una ficción, dotándola de elementos que la hacen más creíble a los ojos del espectador.

El ayunta

El ayuntamiento de Baltimore (Maryland), localización del rodaje de The Wire

Pero la localización de las series en escenarios naturales va más allá del interés que los creadores tengan en ofrecer a los consumidores un producto creíble. Esta corriente que en los últimos años ha ganado fuerza no es casual ni espontánea, sino que también responde a los esfuerzos que políticos e instituciones están dispuestos a llevar a cabo para sanear sus arcas e impulsar la creación de puestos de trabajo: los incentivos fiscales. En Estados Unidos, desde finales de los años noventa, se promueven medidas tanto a nivel local como a nivel estatal que “ayudan” a las productoras de series y películas a escoger un emplazamiento gracias a, especialmente, las rebajas que obtienen por rodar un porcentaje de la película en emplazamientos exteriores, contratar personal local o utilizar las empresas de la zona.

Los estímulos económicos a la industria audiovisual

Aunque ahora se han generalizado por todo el país, los estímulos económicos que ciudades y estados inyectan en la industria audiovisual nacional no son una moda de este siglo. En 1956, la deslocalización de uno de sus recursos naturales más internacionales, Hollywood, ya preocupaba a aquellos que vivían de él. Por aquel entonces, de los treinta y nueve films que se estaban produciendo en la meca del cine, casi la mitad se filmaban fuera del estado de California, con la consiguiente pérdida que suponía para los estudios de rodaje locales, que permanecían cerrados mientras las productoras escogían lugares más asequibles en los que rodarse. Fueron muchas las voces que anunciaron que esa fuga en busca de escenarios más baratos era el fin de la industria, y ya entonces se pedía a los altos cargos que la frenasen. Pero Hollywood siguió creciendo gracias al aumento del número de salas en todo el mundo, la mejora de las comunicaciones y un sinfín de factores que hicieron de la industria cinematográfica uno de los motores económicos del país.

Sin embargo, a finales de los noventa, cuando los días de gloria cinematográfica ya no eran tantos como en las dos décadas anteriores y el fenómeno de la televisión aún trataba de despegar, el número de rodajes en Los Ángeles volvieron a experimentar un brusco descenso. En aquel momento se señaló como culpable a la vecina Canadá, cercana, relativamente similar al paisaje y la cultura norteamericana y con suculentas deducciones fiscales para las producciones que decidieran utilizar sus ciudades como escenario. Fue entonces cuando la industria, que no estaba dispuesta a ver como terminaban con su forma de vida, solicitó la creación de medidas que incentivasen los rodajes en suelo estatal. En 2002 Luisiana y Nuevo México, y no California, se convirtieron en los primeros estados en promulgar incentivos para las producciones de cine y televisión. Tres años después, la lista de estados que utilizaban reclamos económicos para atraer los rodajes a sus calles eran quince, y a finales de 2010 la cifra ascendía a cuarenta y tres.

El ejemplo de Nueva York

Regresemos a 2002. Mientras Nuevo México y Luisiana esperaban con los brazos abiertos a las productoras (curiosamente, años después encontrarían su serie-símbolo gracias a Breaking Bad y True Detective respectivamente), en Nueva York los cambios iban mucho más despacio. El televisivo Michael Bloomberg llegaba entonces a la alcaldía de la ciudad, y entre sus primeras medidas se encontraba el nombramiento de Katherine Oliver como directora de la Oficina de Cine, Teatro y Radiodifusión. A pesar de que Nueva York había sido una referencia cinematográfica durante años (son innumerables las películas que podemos recordar ambientadas en la Gran Manzana), el departamento que se encargaba de coordinar los rodajes se encontraba en una situación dramática. Sirva como ejemplo que ese año sólo cinco series de televisión se rodaron en sus calles, lo que resulta ser una proporción muy pequeña si tenemos en cuenta que ese año se estrenaron casi un centenar de producciones para la pequeña pantalla. La tardanza a la hora de procesar los permisos de rodaje (que aún no se habían sumergido en la era de la informática), así como su coste, provocaban que los estudios prefiriesen otros lugares a la hora de localizar sus series o, por lo menos, sus rodajes. De hecho, son muchas las series que se han ambientado en Nueva York mientras que al espectador se le mostraban las calles de Vancouver.

La esquina de Grove con Bedford en Greenwich Village (Nueva York), famosa por

La esquina de Grove con Bedford en Greenwich Village (Nueva York), famosa por albergar (supuestamente) el apartamento de Friends

Gracias a la llegada de Oliver los procesos administrativos se agilizaron, y se creó una página web (nyc.gov/film) en la que se acortaba la distancia entre las empresas y la burocracia, ya fuese para informar de las novedades del sector o para crear un dossier de localizaciones que la ciudad ponía a disposición de los creadores. Posteriomente nació el programa Made In NY, que a través de créditos fiscales de hasta el 30% y acciones de marketing busca el beneficio mutuo para las empresas locales y las productoras que quieran trabajar en la ciudad. Y desde 2006 Made in NY se ocupa de proporcionar a la industria audiovisual una cartera de trabajadores, desempleados de las comunidades más desfavorecidas, gracias al programa de capacitación para asistentes de producción.

Antes de finalizar su mandato, hace cuatro meses, Michael Bloomberg hizo balance de los resultados obtenidos con las políticas promulgadas a lo largo de sus once años al frente de la alcaldía. En la que se refiere a la industria del entretenimiento audiovisual la ciudad ha experimentado un notable crecimiento que ha supuesto la creación de cuatro mil nuevos negocios que dan empleo a ciento treinta mil neoyorquinos, un treinta por ciento más que en 2004. En contraste con esas cinco producciones que ocupaban las calles de Nueva York en 2002, en la temporada 2013–2014 la Gran Manzana ha acogido el rodaje de veintisiete series de televisión. La extensión del programa de incentivos hasta 2019 y el acuerdo alcanzado por Netflix y el gobernador Andrew Cuomo para grabar en Nueva York las cinco producciones de superhéroes que prepara la plataforma hacen prever que la salud de la industria audiovisual del estado será buena unos cuantos años más.

Y el espanto en California

Las buenas cifras de la industria audiovisual neoyorquina, la única que realmente puede competir, por tamaño, con la de Los Ángeles, llevaron al presidente de la organización que coordina los permisos de rodaje la Film L.A., Paul Adley, a solicitar a las autoridades californianas una mejora en los incentivos fiscales de los rodajes. En el mes de febrero, un grupo de cincuenta asambleístas californianos promulgaron una ley mediante la cual se aumentaría la financiación destinada a los rodajes y se extenderían las subvenciones a grandes producciones y producciones destinadas al consumo por internet. A pesar de que la ley está pendiente de aprobación, parece necesario que las instituciones tomen medidas lo antes posible, ya que según los principales patrocinadores de la ley, la participación del estado de California en series de televisión de larga duración (es decir, aquellas que no son comedias que se ruedan en estudio) se redujo en los últimos diez años casi un treinta y seis por ciento, lo que supuso la desaparición de diez mil puestos de trabajo.

Más allá de estas cifras tan evidentes, a buen seguro que algún dirigente estatal se tiró de los pelos cuando escuchó a Vince Gilligan confesar que pensaba situar Breaking Bad en California, pero que el estudio le convenció para que trasladase la acción a Nuevo México debido a que es uno de los estados con más ventajas fiscales del país. O cuando Michael Bloomberg declaró, en la celebración del capítulo cien de Gossip Girl, que la productora de la serie se había gastado en Nueva York doscientos millones de dólares y había trabajado con más de medio millar de empresas locales cuando, en realidad, la idea de la creadora de la serie Stephanie Savage era ambientarla en la California más adinerada.

La sangría económica que sufre Hollywood, y por ende California, encuentra ahora en el resto de los estados que componen el país un enemigo que difícilmente podrá vencer. Y es que la moda de los incentivos fiscales ha dado lugar a una encarnizada guerra de cifras en la que se impone, más que la profesionalidad de las empresas o sus años de experiencia, la rebaja fiscal que el ayuntamiento o el estado propongan. En la actualidad, los estados compiten entre sí para ofrecer ventajas que hagan irresistible su oferta, sobresaturando un mercado en el que muy pocos conseguirán finalmente establecerse y centrándose más en el bien individual que en la salud de la industria cinematográfica nacional. Mientras esto sucede, los estados con deducciones menos atractivas destinan una parte de sus presupuestos a iniciativas que no lograrán proporcionar el beneficio estimado, con el consiguiente desequilibrio financiero.

La lucha llega hasta tal punto que uno de los productos más exitosos de Netflix, House Of Cards se está planteando si la tercera temporada de la serie se rodará en el estado de Maryland. La decisión depende de la aprobación de un par de leyes que garanticen a los productores que la producción recibirá quince millones de dólares, una cifra similar a la que han obtenido con la segunda temporada, estrenada este año. La cuantiosa cifra depende de la estimación del impacto económico que la producción tiene en las cuentas del estado, que en las dos primeras entregas ha superado los cien millones de dólares. Si bien es cierto que el reembolso estimado de la segunda temporada de la serie protagonizada por Kevin Spacey fue ligeramente menor que el de la primera, la creación de empleo fue inversa, y casi cuatro mil “marylanders” trabajaron en la serie. A pesar de las cifras, los legisladores no han acordado aún impulsar los créditos fiscales que cada año asigna a proyectos audiovisuales, influidos quizá por las voces que se preguntan si no sería más provechoso destinar ese dinero a otros sectores más necesitados como el de la educación o los servicios sociales.

Turismo de escenarios

Si las políticas adoptadas para detener la fuga de producciones son las adecuadas o no, sólo el tiempo lo dirá. Por el momento es evidente que las ciudades están recibiendo ganancias directas, gracias a la creación de empleo y el desembolso económico que realizan las productoras. Éstas, por su parte, pueden ahora subastar la localización de sus próximas creaciones entre los estados que ofrezcan los mejores incentivos fiscales, reduciendo así el coste final de la serie.

Pero los beneficios de convertir una ciudad en un decorado de televisión van, desde hace unos años, más allá de los incentivos fiscales y la creación de empleo. De forma indirecta, y como si formase parte del siempre abundante mundo del merchandising, el turismo televisivo se abre camino como una forma más para descubrir una ciudad o incluso un país. Los viajes a los lugares que acogieron el rodaje de alguna (o varias) series de televisión se han convertido en un fenómeno que tiene un beneficiario claro, la ciudad que lo acogió. Desde el aumento de pernoctaciones en hoteles, hasta el crecimiento en el número de visitas de los monumentos más representativos de la ciudad, pasando por los negocios creados expresamente a raíz de la producción, la localización de escenarios de series de televisión puede ser una apuesta turística muy rentable, especialmente si la serie congrega un buen número de espectadores.

Prueba de ello son, por ejemplo, las peregrinaciones a la isla de Oahu, que se pusieron de moda desde 2004 cuando la inigualable Perdidos comenzaba a convertirse en el fenómeno mediático que fue. En la actualidad, casi una década después de su estreno, la empresa hawaiana KOS Tours sigue ofreciendo visitas guiadas por la isla, con excursiones de cinco y ocho horas de duración. En estos completos recorridos la empresa promete que aún podremos ver lugares que se construyeron para ser decorados de la serie, como el barracón en el que vivían “los otros”, el lugar al que Ben fue a buscar a Sayid para que regresase a la isla, los diferentes embarcaderos o la torre de la que pendía la bomba de hidrógeno (aunque, obviamente, sin ésta). Las casas de Hurley y de sus padres, situadas en el barrio de Kahala, el templo japonés en el que Jin se declara a Sun, o la infinidad de playas y paisajes que podemos ver en la serie son otros de los lugares que esta empresa especializada en las excursiones a escenarios incluye en sus recorridos a bordo de sus Hummers.

Desmontando-el-decorado---Oahu

Oahu (Hawái), localización por excelencia del rodaje de Perdidos

Si somos espectadores, y viajeros, más cosmopolitas, en Nueva York también podremos encontrar innumerables lugares que han sido utilizados como escenarios en conocidas películas y series de televisión. Y por supuesto también hay empresas dispuestas a hacer recorridos temáticos por la ciudad, tanto si queremos recorrer los pasos de Carrie Bradshaw por la Gran Manzana, como si queremos cruzar al otro lado del río Hudson y descubrir las calles en las que Tony Soprano hacía de las suyas. Tal y como pudimos ver en The Newsroom, existen autobuses turísticos que recorren la ciudad vistando los escenarios más reconocibles de Sexo en Nueva York, una experiencia que On Location Tours reproduce con otras producciones de éxito como Los Soprano y Gossip Girl. La empresa fundada en 1999 es consciente del filón audiovisual que atesora Nueva York, así que no sólo se limita a hacer tours monográficos sobre una serie, sino que también realiza excursiones a barrios concretos de la ciudad en los que recorren emplazamientos que fueron decorados de diversas series y películas.

Una de las últimas modas seriéfilo-turísticas es recorrer las calles y los parajes que durante cinco temporadas pudimos ver en Breaking Bad y que encontraremos en el estado de Nuevo México, en la localidad de Albuquerque. La ciudad conocida por su festival internacional de globos aeroestáticos es ahora célebre en medio mundo gracias a la serie de Vince Gilligan, y son varios los negocios que han apostado por explotar el filón de la serie ofreciendo productos temáticos. Y por supuesto no faltan las empresas de turismo, como ABQ Trolley Co. que para alegría de los más breakingbadianos recorre en casi cuatro horas los escenarios y lugares más reconocibles que pudimos ver en la serie, entre los que se encuentran las casas de Walter, Hank y Jesse, la lavandería, el local que acoge la oficina de Saúl Goodman y por supuesto los Pollos Hermanos.

Desmontando-el-decorado---Albuquerque

Una valla publicitaria de la AMC dando las gracias a la ciudad de Albuquerque, localización del rodaje de Breaking Bad

Un caso curioso es el de uno de los estrenos de esta temporada en FOX, Sleepy Hollow. La producción protagonizada por Tom Mison y Nicole Beharie ha devuelto el interés de los estadounidenses por la localidad neoyorquina que da nombre a la serie y que se hizo famosa gracias al cuento de Washington Irving, escrito en 1820. El éxito ha sorprendido a los vecinos de ésta población de apenas diez mil habitantes, que ven como una serie les ha vuelto a poner en el mapa sin invertir un céntimo ni tener que soportar las molestias que supone un rodaje. Y es que los lugares por los que Ichabod Crane y la teniente Abbie Mills tratan de detener la llegada de los cuatro jinetes del apocalipsis se encuentran en realidad en Wilmington, en el estado de Carolina del Norte. En el comienzo del rodaje de la segunda temporada, y para corresponder quizá al trabajo y la paciencia de los vecinos de la localidad, Mison y Orlando Jones han grabado un pequeño anuncio de servicio público en el que recuerdan a la audiencia las grandes posibilidades que tiene el estado y las numerosas localizaciones de la serie que pueden encontrar entre sus parajes y sus edificios históricos.

Para terminar, y a pesar de que, como he comentado previamente, la localización de las series en el estado de California ha sido más bien escasa, hay varias páginas web que se han preocupado por poner en el mapa los decorados de series como Californication,Looking o Hijos de la Anarquía, más como una aventura personal que como un negocio turístico. Sin embargo, a diferencia de Nueva York, en el estado del sol el turista puede disfrutar de excursiones y visitas a los numerosos estudios de cine y televisión que se encuentran a lo largo del estado. Recorrer las instalaciones de Sony Pictures, Paramount, Universal o Warner Bros es posible gracias a los propios estudios, que tratan de acercar a los espectadores a sus programas favoritos, mientras rentabilizan sus decorados y les muestran los entresijos de la “magia” del séptimo arte y la televisión. Y así, mientras el resto del país ha hecho de sus ciudades un enorme decorado, y poco a poco aprende a exprimir su rentabilidad, California sigue aferrada a sus platós sin ver más allá de las míticas paredes que lo sustentan, resistiéndose de nuevo a asumir que los tiempos han cambiado y que la industria audiovisual ha salido de los estudios de grabación sin intención de regresar.

¡Suscríbete a la newsletter de Fuera de Series!

Date de alta gratis y recibe cada día el mejor contenido sobre series en tu correo electrónico

Subir