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El Príncipe desde dentro

Damos las gracias a la DracarysCon BCN por patrocinar el artículo gratuito de este mes. DracarysCon BCN es la primera convención de Juego de Tronos en España, un evento dedicado a los fans de la serie y de los libros de Canción de Hielo y Fuego, donde habrá actividades, concursos, conferencias, sorteos y un sinfín […]

Damos las gracias a la DracarysCon BCN por patrocinar el artículo gratuito de este mes.

DracarysCon BCN es la primera convención de Juego de Tronos en España, un evento dedicado a los fans de la serie y de los libros de Canción de Hielo y Fuego, donde habrá actividades, concursos, conferencias, sorteos y un sinfín de sorpresas y detalles relacionados con el universo de George R. R. Martin.

La convención se celebrará del viernes 24 al domingo 26 de octubre en Barcelona. Si compras tu entrada completa o pack antes del 10 de octubre en www.dracaryscon.com, entrarás en el sorteo de dos postales firmadas por Kristian Nairn (Hodor) y Lena Headey (Cersei).

A principios de febrero, blogueros seguidores y participantes de los encuentros de Birraseries recibieron una curiosa propuesta que más de uno tomó con suspicacia. Mediaset los invitaba a ser testigos del preestreno de su nueva gran apuesta de la temporada, la serie El Príncipe. No se trataba de un biopic sobre el (entonces) heredero a la corona, sino de un drama de corte policíaco ambientado en nada más y nada menos que ¡Ceuta! con el veterano Jose Coronado y los menos conocidos Álex González, Hiba Abouk y Rubén Cortada, reclamos visualmente atractivos todavía por probarse como actores. Además de la presencia del mediático y carismático consejero delegado de Mediaset, Paolo Vasile, se ofrecía comida y bebida gratis, con lo que más de uno venció sus reticencias contra la cadena responsable de Sálvame y acudió al evento, con el ánimo crítico que cabía esperar de cada uno ellos.

Mediaset se lanzaba a los leones con una nueva serie, pero era una apuesta calculada. El grupo mediático era bien sabedor de que no tenía mucho que perder: gran parte de los blogueros invitados hacía ya tiempo que no tenían sintonizada la cadena estrella del grupo, Telecinco, y su poder de convocatoria no afectaba demasiado a su target comercial. Pero algo les hacía sospechar que tenían un producto diferente entre manos y querían comprobarlo.

De una forma que nadie hubiera podido anticipar, la serie El Príncipe ha acercado a casi seis millones de personas a una realidad que se encuentra al extremo (literal) de nuestra frontera. Este pequeño recorrido sobre los orígenes El Príncipe pretende acercar y ayudar a entender la naturaleza y los retos de poner en marcha una serie en nuestro país (se incluyen algunos spoilers menores de la primera temporada).

El pitch: Pon un Príncipe en tu cadena

Un agente infiltrado, un policía corrupto, un barrio acosado por la yihad y el narcotráfico, con tramas inspiradas por la propia realidad. La premisa sonaba diferente y era sin duda interesante, pero los ejecutivos de las televisiones nacionales tenían sus muy fundamentadas dudas. ¿Por qué la audiencia se iba a decantar por una historia como ésta? Rebosante de crimen, droga y terrorismo, relacionada con un grupo marginal (el musulmán lo es todavía, queramos admitirlo o no) de la población española, situada en una ciudad en donde una gran mayoría de la población nunca ha puesto el pie y muchos dudan a la hora de situar en el mapa, en un barrio donde hasta la policía se lo piensa dos veces antes de entrar. Esta era la gran pregunta con la que Aitor Gabilondo y César Benítez, creadores y productores del proyecto, eran recibidos cuando, todavía en 2011, se presentaban en una cadena a pitchear su nueva y primera propuesta como Plano a Plano, productora surgida de la asociación entre el veterano productor de El Comisario (la serie policíaca más longeva de la televisión española) y uno de sus guionistas ‘estrella’.

La respuesta no, por ensayada, era menos rotunda: “Vamos a contar la historia de forma que llegue a todo el mundo”. Incluído, aunque no lo dijeron, a la famosa y sempiterna “señora de Cuenca”, esa que se ha convertido en un running gag para críticos, guionistas y ejecutivos televisivos. Alguien que es probablemente el ejecutivo más poderoso de la industria televisiva española, les creyó, y les dio un consejo: “Poned una historia de amor”. Era Paolo Vasile, máxima autoridad en Mediaset España. Con su sí llegaba el pistoletazo de salida y la maquinaria se ponía en marcha.

Primeros escollos: la financiación

El Príncipe comenzaba su andadura y se topaba de narices con la crisis financiera. Cero financiación, cero riesgos aceptables y millones de dudas sobre una serie que iba adquiriendo forma. Mientras, de modo paralelo, sus productores plantaban cara a molinos de viento en forma de bancos poco deseosos de arriesgar el poco capital disponible para financiar una serie que, pese a su título, no era una amena intriga palaciega, sino que debe su nombre a la fronteriza barriada ceutí de “El Príncipe Alfonso”, casi en el límite con Marruecos.

En España, donde no existe la figura americana de los “studios” como entidad muelle entre la productora y la cadena, son las productoras las que deben prefinanciar el proyecto y asumir los riesgos que deriven de ello. Por supuesto, con (cierto) respaldo y apoyo (a través de un contrato o incluso — algo cada vez menos frecuente — de un aval financiero) de una cadena. Pero, en la actualidad, con las fusiones empresariales que se han venido dando en los últimos años (Telecinco-Cuatro y Antena 3-La Sexta) y la crisis financiera de la televisión pública y el grupo PRISA (hasta hace poco propietario de la única cadena de pago capaz de producir ficción, Canal +), son tan pocas las opciones que los términos de negociación se han recrudecido en extremo. Encontrar la fórmula de producción adecuada se convierte en un arduo trabajo que combina dosis de malabarismo, prestidigitación y carisma personal para conseguir mantener la confianza en el producto (la historia, la serie) de todos los implicados.

El reto logístico: Acercando Ceuta a Madrid

Quizás uno de los elementos de producción más comentados de la serie ha sido su apuesta por los efectos visuales, para los que los productores contaron con la participación de Stargate Studios (responsables de series como Revenge, Anatomía de Grey o The Walking Dead), a través de su delegación europea en Malta. La decisión de publicitarlos o no fue motivo de numerosas discusiones, ya que hablar sobre ellos suponía, indirectamente, llamar la atención sobre unos efectos visuales (VFX, por “visual effects”, no confundir con “efectos especiales” o “Special FX”) cuya función primordial es pasar desapercibidos (son VFX de los que se denominan “invisibles”).

La función de Stargate Studios en El Príncipe era traer Ceuta, donde era logísticamente imposible mantener la producción con los limitados medios disponibles, a Madrid, de la misma manera en que en Anatomía de Grey, grabada en Los Ángeles, acercan el Seattle en el que está ambientada la serie. Entre Stargate Studios y el equipo de producción de la serie hubo un proceso de adaptación que es perceptible a nivel visual conforme avanzan los capítulos; incluso, para ser exactos, se puede decir que se torna más imperceptible conforme avanza la temporada, porque la invisibilidad de los VFX se vuelve una realidad. Producir los más de 1.500 planos de VFX con los que cuenta El Príncipe a lo largo de su primera temporada suponía un reto logístico con numerosas ventajas creativas, ya que permite un mayor control sobre la producción sin privar al espectador de sumergirse en el mundo al que se le traslada con la historia.

Las tramas toman forma: Bienvenidos a El Príncipe

Al mismo tiempo, un grupo de guionistas (Joan Barbero, Carlos López, Verónica Fernández y Susana Sánchez Carvajal), bajo la batuta de Aitor Gabilondo, showrunner (a falta de sustantivo en español) además de productor de la serie junto con César Benítez, se afanaba en crear los andamios de una historia que debía extenderse por los imperativos 13 capítulos de una primera temporada.

El consejo de Paolo Vasile fue asimilado e hilvanado en la trama de manera tal que se convertía en el eje fundamental de la misma y daba lugar a una de las historias de amor más mentirosas de la ficción nacional. Las razones por las que el agente infiltrado del CNI Javier Morey busca, persigue y conquista a la profesora hispano-musulmana Fátima Ben Barek distan mucho de ser altruistas: ella es hermana de un narcotraficante y de un chico, Abdu (cuya desaparición es el macguffin de la temporada) que tiene todas las papeletas para haber sido reclutado por la yihad). Tampoco los métodos que usa el agente Morey son los más heróicos, engañando, mintiendo y revelando medias verdades según convenga, con lo que la impotencia de Fátima al descubrirlo solo puede compararse a la que vivía en su estadio anterior, obligada a casarse por tradición y respeto a su familia con alguien que ella no ha elegido. Es esta desazón la que la lleva a lanzarse de cabeza al primer forastero que, aparentemente, no la juzga por lo que la rodea, sino por quién es.

No nos engañemos: El Príncipe no es, ni pretende ser, The Shield, The Wire o Homeland, aunque beba en cierta medida de fuentes similares: la realidad concreta, no siempre positiva, de una situación, de una ciudad o de un país. Pero El Príncipe no se ha producido para una cadena de pago que tiene en la subscripción su fuente de financiación. No, se ha realizado para una televisión comercial, en abierto, con un perfil generalista y la necesidad de atraer a un perfil amplio de clientes para sus anunciantes. Comparable, pues, a una escala infinitamente más pequeña, con una ABC, NBC o CBS, no con una cadena premium.

Una de las claves de un buen contador de historias es seducir a su audiencia, para lo que primero se debe captar su atención. Los creadores de El Príncipe recogieron el guante de la cadena y se propusieron contar la historia que ellos querían con las claves y códigos necesarios para que fuera escuchada y vista en el medio que la había comprado. Para ello, no tuvieron miedo de jugar con elementos que iban desde un casting atractivo (un elemento embaucador que se puede convertir en un elemento clave de marketing para atraer al público) hasta los giros dramáticos que se han convertido en característicos de la serie y que el público, que se ha demostrado fiel, ha ido haciendo suyos poco a poco: finales en alto, escenas de tensión y, por supuesto, personajes que no son lo que parecen. El Príncipe seduce y engaña, y lo hace bien, es uno de sus principales valores.

Existen muchas formas de abordar la interpretación de El Príncipe, pero quizás una de las más directas es compararlo con un western moderno. El “forastero” (Álex González/Morey) que citábamos antes llega a un pueblo fronterizo (Ceuta/El Príncipe) a “poner orden”, enfrentándose a un “sheriff corrupto” (Jose Coronado/Fran) y enamorándose de la “bella profesora” (Hiba Abouk/Fátima), que es a su vez hermana de un temible “bandolero” (Rubén Cortada/Faruq).

Este esquema clásico, sobradamente probado, resultaba perfecto para acercar la historia al espectador y hacía posible llevarlo de la mano hacia otro género, el de espías, que, como mencionamos más arriba, utiliza el macguffin hitchockiano de la desaparición de un adolescente para tirar del hilo de una enredada madeja. Una madeja que la realidad, como tantas veces, se empeñaba en hacer mucho más compleja que la ficción. Mientras se escribían los guiones de la temporada, la prensa recogía en titulares hechos calcados: los primeros suicidas españoles en Siria se hacían conocidos y en Ceuta se desarticulaba una red de captación yihadista, por citar solamente lo más llamativo.

El estreno: La conquista de los fans

Un fenómeno curioso abrió las puertas para la gran campaña de promoción que efectuó Mediaset con motivo del estreno de la serie: durante la producción, los DVDs con los primeros capítulos de El Príncipe circulaban por los despachos de la cadena como si de contrabando se tratara. Trabajadores de distintos niveles se empezaban a recomendar unos a otros la nueva serie y admitían que se habían “enganchado”. Los tests de reacción encargados por la cadena reflejaban datos de un público que afirmaba, sin reparos, sentirse implicado con tramas y personajes.

Mediaset fue a por todas y, además de arriesgarse con un pase ante los blogueros televisivos más críticos, en colaboración con Birraseries, programó un pase de pre-estreno con su alfombra azul-corporativo, en los madrileños cines Callao. También se lanzó con un estreno multicanal y una cuenta atrás en pantalla que, junto con las numerosas promociones, iniciadas un mes antes de la emisión, garantizaban que fuera prácticamente imposible que cualquier espectador de Mediaset no supiera de la existencia de la nueva serie. El resultado: 5,6 millones de personas (el 27,7% de la audiencia) vio El Príncipe en alguna de las cadenas del grupo el día de su estreno. Un dato que se mantuvo y se mejoró durante las 13 semanas que estuvo en antena, culminando con el histórico dato de 6,2 millones de espectadores (33,3% de la audiencia).

En redes sociales, la productora, con el apoyo de la cadena, apostaba por dotar de presencia no solamente a la serie, sino también a sus personajes principales, para ir aproximando al público al mundo en el que se les invitaba a participar semana a semana. Poco a poco, se conseguía la deseada involucración de los espectadores, con una particularidad que la hacía especialmente atractiva: la interacción online tenía picos mucho más elevados durante los bloques publicitarios y se disparaba al finalizar el episodio. Es decir: la audiencia estaba atenta a la historia, y, además, encantada de comentar el capítulo a su término y al día siguiente — el deseadísimo efecto “watercooler”. El Príncipe se convertía en tema de conversación, fuera alrededor de una máquina de agua, de café o a través de las redes, en un fenómeno que el público no quería perderse. Esto es algo de incalculable valor para la cadena, ya que se traduce en audiencia en el momento de la emisión para aquello que la vuelve rentable: los bloques publicitarios.

El Príncipe, que ahora rueda su segunda y última temporada, no nació con una forma definida, sino que, como el ser vivo con identidad propia que acaban siendo todas las buenas historias, la fue tomando poco a poco, fruto del trabajo colectivo y de unas circunstancias, no siempre controlables, de su creación. Sus características y su personalidad propia se han ido definiendo en base a su genética, la historia y el universo que plantea, pero también a decisiones técnicas y prácticas — de casting, de producción, de localizaciones, de franja de emisión… Mil y una variables que condicionan la creación de una serie, limitándola y enriqueciéndola a la vez, convirtiendo El Príncipe en la serie que es.

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