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Él tiene de sobra quién le escriba

Damos las gracias a Léeme Libros por patrocinar el artículo gratuito de este mes. Léeme Libros es una editorial diferente que ha editado recientemente dos libros que a todo seriéfilo debería tener: – Todavía voy por la primera temporada es un libro coordinado por Edu Galán (uno de los creadores de la Revista Mongolia) en […]

Damos las gracias a Léeme Libros por patrocinar el artículo gratuito de este mes. Léeme Libros es una editorial diferente que ha editado recientemente dos libros que a todo seriéfilo debería tener:

Todavía voy por la primera temporada es un libro coordinado por Edu Galán (uno de los creadores de la Revista Mongolia) en el que un montón de firmas invitadas escriben sobre sus series favoritas. Además, todo el dinero recaudado con la venta del libro se destinará íntegramente a Amnistía Internacional.

Nueva York en Serie, escrito por Aloña Fdez. Larrechi, se trata de la guía seriéfila definitiva sobre la ciudad de Nueva York. Un completísimo repaso a todas las localizaciones de series que han usado a la gran manzana como parte del decorado.

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Quien escriba como él, no, claro. Pero sí quién escriba sobre él, tantas horas de páginas, memorabilia de experiencias y encuentros… Imposible resistirse. Vivir para contarla, dijo Gabo. Uno también vivió para contarlo, como ahora hacemos todos ante su despedida. Perdón por sumarme al desfile constante de amigos, conocidos, testigos, mirones, admiradores del maestro. Y por llamarle Gabo. Podría incluso decir “el Gabo”. Así le nombran en nuestra común escuelita de cine cubana, que visito todos los años, que se inventó él, entre otros, y que se queda ahora bastante huérfana.

Disculpas

Este cronista incontinente en la exhibición de sus recuerdos, se une al grupo. Ante la muerte de Gabriel García Márquez, unos se manifiestan contando cómo les fue con él, cuándo le conocieron, si le vieron o le tocaron además de leerle. Otros se escandalizan de tanto supuesto amigo. Estoy entre ambos. Soy de los dos. Pero hay cosas en la vida de uno que parecen haber sucedido para luego contarlas. Yo las cuento. Pido disculpas de antemano a mi otro yo.

No hacía falta morirse

Podía estar contando esto sin que te hubieras muerto, Gabriel García Márquez. Una putada.

Espero que por lo menos tengas algunas ventajas.

Ya no tendrás que preocuparte de si alguien te exige frac para una ceremonia. Y si has necesitado presentarte a la Mamá Grande que corresponda en el otro mundo, seguro que te pusiste el likiliki blanco del Nobel.

No olvidaremos lo que nos dijiste: Que pasear desnudo, fumando y con zapatos, tiene “pava”, o sea malísima suerte. Allá donde estés no correrás el peligro de olvidarlo tú. Quizá te encuentres a Edmundo Dantés o Drácula, a los que siempre tuviste gran estima (coincidimos). Y si te cruzas con un gato negro, como en esa dimensión se supone que no hay prejuicios, podrás prescindir del falso mal fario que tienen aquí abajo…

Le sobrarán rosas amarillas, preferiblemente del color del Caribe visto desde Jamaica a las tres de la tarde, que es su preferido. Rodeado de ángeles, viejos como el que uno de sus cuentos recluyó en un gallinero, o esos ángeles jóvenes que esperaban al negrito Nabo para que formase parte de su coro… Ni unos ni otros le privarán de estar rodeado por mujeres, que es lo que más le gustó siempre, y lo que pudo disfrutar, por otra parte, desde niño. Él ha regresado al universo de los verdaderos sueños, donde el mar seguro que huele a lo que a él le de la gana. Igual que en sus libros, porque ya esos sueños fueron aquí tan auténticos como lo han de ser allá donde se ha ido. Ya lo sé, que no, que no hacía falta morirse. Pero esto es lo que hay. No por anunciada su muerte ha sido menos dolorosa para quienes nos quedamos leyéndolo otra vez. Habrá que conformarse

Y recordar aquellas veces que nuestra vida tuvo la suerte de cruzarse con la suya. Sumándonos a los que no lo contamos por presumir, pero sí presumimos de ello.

Contándolo

Sí, claro, ya lo dije: Es lo de siempre. Con la excusa de su muerte, decimos ahora que si aquel año, que si en aquel lugar, que si le vimos, que si le hablamos, que si cenamos o charlamos, o si nos distinguió con su atención… Ya lo sé, es el típico momento en que para hablar de un ilustre difunto aprovechamos para hablar de nosotros. Qué se le va a hacer. Caigo en la misma costumbre. Escritores amigos nos han brindado sus recuerdos, nos han mostrado las enseñanzas que recibieron. Disciplina, autoexigencia y honestidad nos decía Javier Cercas hace muy poco. Ariel Dorfman revela que Gabo siempre quiso ser taxista “porque así oiría todo el día las historias de los pasajeros” (un taxista se cruzó en nuestras vidas, eso lo contaré yo luego). Cito a estos dos porque son los últimos testimonios que me encuentro al escribir esto. Pero todos han estado hablando del Gabo. También este cronista que empezó a vender aquí sus recuerdos hace unos meses, os va a relatar cómo y por qué coincidí con aquel caribeño socarrón y tímido, que iba a convertirse en el escritor más famoso del mundo. Empezaremos y acabaremos con él, pero aludiremos a otros encuentros que se sucedieron, desencadenados en cierto modo por él.

Los Gabos de la calle Caponata

Debía de ser el año 1969, y Gabo, Mercedes y sus dos hijos vivían en la calle Caponata de Barcelona. Ya estaba leyendo todo el mundo Cien años de soledad, y la fama empezaba a perseguirle. Se le veía a veces por una ventana del piso bajo amarrado a su máquina de escribir, con el uniforme de aquel “mono” de trabajo que solía usar de nueve de la mañana a tres de la tarde. Luego recibía a algunos amigos. Yo tuve la suerte de ir varias veces por ahí, superar la ventana y entrar al salón, donde él ya estaba casi todas las tardes. Rodeado de cintas de música, sarcástico y amable. Compartí con la familia bastantes horas de aquel año bendito. Bendito por culpa de aquella Televisión española. Que fue la causante.

Nos habían encargado, a Natalia Figueroa y a aquel jovenzuelo de entre veinticinco y veintiséis años, hacer un reportaje sobre el colombiano de fama emergente, que había elegido Barcelona para pasar aquel momento dulce de su vida. El proyecto era para un programa que reuniría a un joven violinista, a una modelo y actriz muy próxima al cine distinto que se hacía entonces en Barcelona, un brillante pintor y ceramista… y entre ellos nada menos que a un tal Vila Reyes, impulsor de una máquina de telares, que acabó muy malamente (¿alguno lo recuerda?). Gabo se dejó conocer, se dejó conversar, se dejó incluso amigar… pero no tomó parte en el proyecto. Tenía alergia, la tuvo siempre, a las entrevistas, a los espacios televisivos. Y nos fuimos sin incluirle en aquel programa (de cuya realización final, creedme, ni siquiera me acuerdo). Pero yo me llevé la costumbre de hablar por teléfono, de visitarle, de vernos allá y aquí, en Madrid y en Barcelona, incluso en un aeropuerto, “con un pie en el estribo” según escribió en una de sus tantas dedicatorias. Yo había salido ganando mucho.

Tuvimos amigos y conocidos comunes, actores y actrices, cantantes y escritores, periodistas y hasta peluqueros. Todos ayudaron a conservar la relación. Que solo se detuvo cuando Gabo, abandonó casa, calle y ciudad para regresar a América. E instalarse pronto en México D.F. Allí volví a verle, tantos años después, solo cuatro años antes del jueves santo de 2014, cuando la tierra tembló tras su muerte. Como si se tratara de uno de sus cuentos.

En aquellos años, Juan Tébar nunca viajaba a Barcelona sin asaltar de visita la casa del escritor. Y entre esas paredes, las mismas donde por la mañana el obrero de la palabra, enfundado en su mono azul, sudaba intentando acabar su novela del dictador… aparecían por las tardes Guillermina Motta, Ana María Moix, Ricardo Muñoz Suay, y con el tiempo un joven matrimonio peruano que les sonará a ustedes: la pareja Vargas Llosa. Bailaban a veces valsecitos en el salón de Gabo. Se quedaron a vivir muy cerca de la calle Caponata. Eran muy amigos. Eran otros tiempos…

Los dos hijos de los “Gabos”, Rodrigo, el mayor, y Gonzalo, el más joven, bromeaban con la fama creciente del padre, veíamos juntos la tele, comíamos todos espaguetis a veces, escuchábamos a Armando Manzanero… Rodrigo dice que se acuerda de mí. Gracias. Hoy es uno de los directores de cine y realizadores televisivos más interesantes que trabajan en Estados Unidos. Le admiro mucho.

Yo tuve pronto una hija. A Gabo le daba bastante envidia. Otra de las citadas dedicatorias (sí, cito las citas, sigo presumiendo, ya lo dejé claro desde el principio) la manifiesta por “tener una hija de verdad, que es lo único que vale la pena, coño…”

Más cosas de la tele

Durante esas coincidencias barcelonesas yo intenté adaptar algun relato suyo para la misma Televisión (la única que había), y él no se dejó, como era previsible. Yo, ingenuamente, pretendía hacer una especie de mixtura Macondiana en un solo texto, mezclando relatos, aprovechando su universo vario, diverso y monótono, repetitivo, en el mejor sentido obsesivo del término, al estilo Borges. Gabo ni dudó un momento en negarse… Seguro que así mejor, nunca se sabe cómo van a salir luego las cosas.

Hubo un reencuentro, “catorce años después”, reza otra dedicatoria, y esta vez querían ellos –la televisión, la misma pero otra, Pilar Miró hablaba en su nombre, y el propio Gabo- que yo escribiera el guión de un texto suyo para la tele. Ahora sí, esta vez se hizo aunque no sé si el resultado mereció la pena. Salvo porque a costa del asunto volvimos a vernos.

Era un verano de mil novecientos ochenta y siete que no pienso olvidar, y no por Gabo sino porque yo empezaba justo entonces una maravillosa historia de “amor en los tiempos de la madurez”. Gabo fue testigo próximo en aquel Madrid especialmente caluroso, como los de sus propias páginas… Yo recomponía mi vida, ellos montaban una coproducción que adaptaría diversos relatos del autor, producidos cada uno por un país latinoamericano distinto. Este sería el de España. La serie se llamaba “Amores difíciles”, aunque ya hubiese usado el mismo título Italo Calvino. Y la primera propuesta, almorzando Pilar Miró, Gabo y este que os cuenta, fue su hermosísimo cuento El rastro de tu sangre en la nieve. Para que lo realizase Pilar. No pudo ser. Una pena. Resultaba inadecuado que dirigiese un episodio quien era al mismo tiempo entonces directora general de TVE. Sí, una pena, porque me hubiese encantado intentarlo, porque el relato era muy sugerente, porque Pilar lo sentía como debe acometerse un proyecto, desde el corazón. Y porque la alternativa que sí se llevó a cabo, no fue, lo creo sinceramente, un acierto.

Me refiero a Yo soy el que tú buscas, episodio dirigido por Jaime Chávarri en 1989 e interpretado por Patricia Adriani, Carlos Hipólito y Chus Lampreave, entre otros… Chus fue la taxista. Yo había tenido un episodio más o menos anecdótico con el conductor de un taxi yendo a una cita con Gabo y con Chávarri, y decidimos luego incluirlo en el guión. Nos reuníamos en casa de Chávarri para encontrar la historia. Que, finalmente, no fue un relato preexistente, sino solo un párrafo (creo que de El amor en los tiempos del cólera, aunque este cronista desastroso no puede comprobarlo ahora), que mostraba la obsesión de una mujer por encontrar al hombre que la violó, sin que ella hubiera visto siquiera su rostro. Era poco para una historia completa, Gabo prometió coescribir el guión, y aunque figura en los títulos no lo hizo. Y el tema de la violación supuestamente inolvidable era bastante peligroso… Me encanta aparecer como uno de los tres guionistas al lado del maestro, pero la película podía haber sido mejor. Debía haberlo sido. No creo ser el único en pensarlo, pero sí es así, que me perdonen los demás colaboradores.

Los otros, el boom

Dije que desde Gabo pasé a otros. Entonces era pleno “boom”: Vargas Llosa, Fuentes, Donoso, Cortázar… Para mí, el juglar me conectó, de una manera u otra, con ciertos colegas de aquella brillante moda literaria. Respecto a algunos me quedé con las ganas. Nunca conocí a Cortázar, por ejemplo, que tan próximo había sentido siempre…

Creo que con los otros, aunque no lo hiciera directamente, Gabo propició los encuentros. Así lo pienso, quizá con enfoque de “realismo mágico”, porque aunque hubo casos en que el Gabo no tuvo aparentemente nada que ver, yo prefiero pensar hoy que sin él no se hubiesen producido nunca.

Con Mario Vargas Llosa sí, claro. Le conocí en la misma calle Caponata. Eran íntimos amigos. Vargas publicó incluso Historia de un deicidio, aquel libro tan gordo dedicado exclusivamente a Cien años de soledad que ahora no aparece en mi vida, diablos…dónde habrá ido a parar, una edición inencontrable… Me hubiera gustado adaptar Los cachorros. Ni llegó a intentarse.

Sentado en una sillita

Ya se había publicado una conversación entre los dos en los años 70, de la que destaco ahora una confesión de Gabo a Mario sobre que él era como aquel niño de su novela La hojarasca, sentado en una sillita, mirando la vida. Como todos. Pero él supo escribirlo mejor.

Seguí mirando a los que pude desde mi propia sillita: A Carlos Fuentes, entonces embajador en París, a donde fui a visitarle para otra posible adaptación, que tampoco llegó a realizarse. Yo quería trabajar con su relato Vieja moralidad (todavía quiero), él prefirió que lo intentase con su novela Zona sagrada o con Las buenas conciencias. Incluso había un posible director, Jorge Lavelli, argentino, hombre de teatro. Pero nada.

Juan Carlos Onetti, tumbado en su cama de Madrid. Vivía en la cama, no es que estuviera enfermo. Menudo tipo. Menudo escritor. Sí adapté un cuento suyo. Para Televisión Española. El relato se llama Para una tumba sin nombre. La versión filmada es mejor olvidarla. Y esa vez fui también el director. Toda la culpa, mía.

Observaréis que no dió muy buenos resultados televisivos ni cinematográficos mi conocimiento de aquellos grandes tipos del “boom”. Pero sí personales. Sí para el mirón de aquella sillita desde donde todo lo leía, lo observaba y lo deseaba. Doy cualquiera de esas experiencias por bien empleada. Aunque fuera para contarla.

Nostalgia y futuro

Nostalgia sí, de aquella Barcelona donde empezó todo: Barcelona de libros exóticos comprados en el Drugstore del Paseo de Gracia, de la calle donde vivía aquel grandísimo escritor, de la “escuela de Barcelona” que intentaba un cine distinto… del dragón que avisaba desde la esquina que uno podía adentrarse en las calles del pecado. Del “Molino”, templo de procacidades impensables en la meseta del franquismo de donde uno procedía… Barcelona era, entonces, una opción de modernidad.

Futuro en la entrañable escuela de cine de San Antonio de los Baños, Cuba, que él y sus compinches se sacaron de la chistera, y a la que ahora regresaré, como todos los años, ya sin Gabo, pero con Gabo convertido en un gran fantasma protector. No perdamos su obra.

Juan Tébar y Gabriel García Márquez en México D.F. (año 2010).

Juan Tébar y Gabriel García Márquez en México D.F. (año 2010).

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