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Fanfiction

No hay palabras para describir la sensación que se te queda en el cuerpo al ver los títulos de crédito del último capítulo de una serie a la que has pasado años enganchado. Tampoco es fácil encontrar una frase que exprese lo que provoca la espera entre el cierre de una temporada y la continuación […]

No hay palabras para describir la sensación que se te queda en el cuerpo al ver los títulos de crédito del último capítulo de una serie a la que has pasado años enganchado. Tampoco es fácil encontrar una frase que exprese lo que provoca la espera entre el cierre de una temporada y la continuación de las historias de tus personajes favoritos en la siguiente. Necesitas tu dosis de droga, esa que tomas siempre antes de dormir, metido en la cama, con la habitación iluminada por la luz azulada de la pantalla del portátil. Puede que intentes quitarte el mono revisitando tus capítulos favoritos, o quizás encuentres alivio en otra serie, pero, si estamos hablando de tu serie, the one and only, nada será igual… Lo bueno es que, con Internet, esto no es lo único que ya no es igual. Hay una metadona que te puede hacer viajar hasta un mundo de finales alternativos y nuevas historias. Tu nueva droga se llama fanfiction.

Los fanfics (traducido literalmente como ficciones de fan) son relatos inspirados en libros, películas, series de televisión, mangas, videojuegos o incluso personajes reales, escritos por los seguidores de los originales. En un relato de fanfiction se continúan las historias primigeneas, se proponen otras nuevas, o se envía a sus personajes hasta un mundo alternativo. Cualquier cosa que los fans sean capaces de elucubrar, basándose en las concepciones originales de los creadores, tiene cabida en el universo de la fanfiction. El portal de Internet .net aloja el mayor número de creacciones derivadas convertidas en relatos escritos. Creada en 1998, en la actualidad recoge más de dos millones de historias escritas, en treinta lenguas. La serie de la televisión estrella de la web es el musical Glee, que acumula una cifra superior a los cien mil relatos, seguida de cerca por Supernatural. Doctor Who, Sherlock y Buffy, la cazavampiros, son otras de las fuentes de inspiración televisivas de los Fandoms (contracción de la expresión inglesa Fanatic Kingdom, Reino Fan). En lo relativo a series nacionales, Águila Roja y El internado, ambas producidas por Globomedia, son de las más versionadas.

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El universo del fanfic permite desarrollar la vena literaria de los espectadores, sobre todo de los que no se conforman con el consumo pasivo y prefieren ajustar cuentas con sus historias favoritas a golpe de teclado. En concreto, los exigentes seguidores de la series de televisión, se desquitan de finales de temporada decepcionantes, de tensiones sexuales insatisfechas, de las tramas que les aburrieron o de las que nunca se abrieron. Escriben desde su ordenador sus propias alternativas en forma de relato que, según su extensión, puede llegar a dividirse en capítulos. Después suben sus versiones a Internet, las publican mayoritariamanente en el portal .net, aunque hay muchas páginas más, algunas de ellas especializadas en una serie o dedicadas a un único personaje. Y así, desde las ventanas de sus ordenadores, los fandoms se encargan de demostrarle al mundo que otro mundo es posible.

La fanfiction, que parece arañar parte del espíritu del movimiento Do it yourself del punk de los 70, comienza a ser una manifestación masiva que el tiempo ha convertido en un género en sí mismo. Se vertebra según sus propios códigos, sin las clasificacione al uso; son fanfics de género Dexter, Ally McBeal o Los protegidos. Al título le acompañan varias abreviaturas que situan al lector en el contenido con el que se van a encontrar, subdividiéndolo. De los más populares es el llamado Crossover (X-over), en los que convergen los personajes y los mundos (juntos o por separado) de dos historias originales distintas. Por ejemplo, un encuentro entre Angel y Lois Lane en Smalville. Si se añaden personajes de invención propia que se cruzan con los de una película, serie o libro, se clasifica como Side-Story (Historia Paralela); si lo que cambia es el escenario original de los personajes, se habla de Universo Alterno (AU Alternative Universe). Un ejemplo de esto último se encuentra en una serie emitida por la televisión en la que justo esa descontextualización se atribuye como una de las claves de su éxito: Sherlock (aka el megafanfic).

No todo lo que puede generar las posibilidades del universo fanfic es digno de acabar en la pantalla. Incluso hay un subgénero basura, el spamfic (que probablemente haría las delicias de los surrealistas); relatos sin trama, o con una sin sentido, en los que todas las extravagancias se aplauden. También hay fanfics profundos, sobre todo a nivel emocional. Si la historia se regodea en el sufrimiento existencial de los protagonisas se clasifica como Angs (Angustia). Si, por el contrario, su existencia es tan plácida como estar envuelto por una manta abrigada y mullida, el relato incluye la clasificación Fluff y warm an fuzzy feeling (WAFF). Pero en lo que son expertos muchos de los fandoms que escriben historias paralelas es en conseguir que los personajes vayan “al grano”. Abundan los relatos en los que las miradas entre Mulder y Scully, o las pequeñas caricias entre Dawson y Joey, se convierten en torridos relatos eróticos. Si el fanfic tiene tensión sexual con roces se llama Lime; si va a mayores, con sexo explícito, el distintivo a incluir es el de Lemon (expresión japonesa que significa “contenido sexual” y suena como limón en inglés). Si la relación es homosexual es un Slash y una lésbica se clasifica como FemSlash. También hay lugar para el incesto, y hasta para el Twincest, como los de los relatos sexuales entre los hermanos protagonistas de Supernatural, Dean Winchester y Sam Winchester.

Hay otro tipo de enunciado que debe acompañar a todo relato de fanfic: el disclamer o descargo de responsabilidad. Lo habitual en una obra literaria es que, en la primera hoja, se deje constancia de que los derechos sobre la obra recaen en el autor o la editorial (el llamado copyright). Sin embargo, en una obra de fanfiction lo que acompaña al título es la negación de la propiedad, recalcando la identidad del propietario de la historia o historias originales, cimientos de la obra derivada. Las actuales leyes del copyright sobre el original convierten al verdadero autor en dueño y señor también de las obras derivadas, lo que se traduce en el control o restrinción de su publicación y distribución. Acogiéndose a este derecho, no son pocos los autores que se han encargo de cortarles las alas a los creadores de relatos inspirados en sus obras, a pesar de que la mayor parte de la fanfiction se publica en Internet sin obtener por ello ningún lucro de tipo econónico. Lucasfilm es uno de los que encabeza la cruzada antifanfiction, las demandas que ha interpuesto a autores y páginas que alojan sus contenidos se cuentan por miles. Otra enemiga de los derivados de sus historias es la escritora Anne Rice, que hizo pública una carta dirigida a sus fans en la que dejaba clara su postura al respecto: “I do not allow fan fiction. The characters are copyrighted. It upsets me terribly to even think about fan fiction with my characters. It is absolutely essential that you respect my wishes.

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En realidad, son muchos los autores que comulgan con una tolerancia cero hacia la fanfiction, pero son conscientes de que oponerse a ella puede ser considerado como un ataque por parte de los fans. Le pasó a J. K. Rowling que, al recibir el azote de sus seguidores por mostrar su rechazo a sus ficciones alternativas, decidió enviar un comunicado en el que aseguraba apreciar lo enriquecidor que podían llegar a resultar. Incluso ha permitido la publicación de novelas inspiradas en su universo mágico, aunque impone un par de condiciones para que reciban su bendición: que los relatos no incluyan contenido xenófobo, ni pornográfico.

En cualquier caso, la reacción general por parte de los creadores hacia los derivados de sus obras tiende a ser positiva, sea porque realmente los consideran enriquecedores o porque no quieren tener mala imagen frente a sus fans. Además, que lo novedoso no es el concepto de fanfiction, sino el de la propiedad intelectual sobre un contenido de ficción. Antes de que las leyes del copyright acotaran las fronteras, las historias no pertenecían a nadie, eran un bien común de la cultura popular. Los libros eran fanfiction en sí misma, desde el primero de ellos: la Biblia. Mateo, Marcos, Lucas y Juan escribieron los mismos hechos ocurridos a los mismos personajes, pero con diferencias en su estilo y en partes de la narración que convierten los evangelios en obras diferentes. También los griegos recopilaron en papel mitos de héroes populares y criaturas mitológicas que se transmitián de boca en boca, con el consecuente efecto “teléfono escacharrado” que aportó las diferencias entre unas obras y otras. Ejemplos de ello son los libros basadas en la Iliada y la Odisea, o las desiguales versiones de mitos como el de Edipo por parte de los autores de la época.

El segundo paso que convirtió el hecho de retomar el universo creativo de una obra para reconstruirla, o ampliarla, en fanfiction fue la aparición de los fans, a finales del siglo pasado. Jane Austen fue pionera en acumular seguidoras que la idolatraban, y también en ver cómo éstas se apropiaban de sus mundos imaginados y personajes. El grueso fuerte de las autodenominadas Janeites publicaron en 1913 una novela inspirada en las de su autora favorita. Las historias de Sir Arthur Conan Doyle fueron otras de las que acumularon fans, que se agruparon en sociedades con base en ciudades como Londres o Nueva York. Los seguidores de los originales formaron grupos de debate, crearon un periódico, y un club de escritura de versiones de las aventuras de Sherlock Holmes. Aunque el verdadero boom de la fanfiction tuvo lugar entre los años 30 y 50, en paralelo al de la ciencia ficción. Entre las ordas de fandoms que se lanzaron a escribir ficciones alternativas para los fanzines de género se encontraba el que terminara convirtiéndose en maestro de la ciencia ficción Isaac Asimov, demostrando que las fronteras entre el fan y el autor pueden ser permeables.

La llegada de la televisión también hizo que interrumpieran en las ficciones de fans los de series, en los que se retomaban sus universos y personajes. El mayor número de derivados lo acumuló Star Trek, publicados en fanzines como Spokanalia. Uno de ellos se convirtió en novela, The ring of Soshern, de Jennifer Guttridge (1968), una historia treki de temática gay en la que Kirk y Spock exploraban un planeta y, ya de paso, sus cuerpos. A día de hoy, Star Trek es una de las series que más fanfic genera. Algunos incluso en forma de película para YouTube, con crossovers de batallas de naves de series como Battlestar Galactica, Star Trek y Star Wars.

El abaratamiento de los costos de impresión y, sobre todo, la aparición de Internet, supusieron el gran avance para la fanfiction. La que rodeaba a las series de televisión alcanzó su cenit con los derivados del universo de Expediente X. La serie de ciencia ficción que seguía los pasos por el “ahí fuera” de Mulder y Scully, marcó las pautas en la interacción con los fans a través de un foro oficial de Internet. Sus guionistas hicieron guiños a los foreros en la serie incluyendo sus nombres en una lista de “testigos y contactos del FBI” que podía verse en pantalla durante unos segundos.Incluso una de las protagonistas de la serie se llevó el nombre de una de esas escrituras de los fanfics que se publicaban en el foro, Leyla Harrison (Jolie Jenkins) como homenaje al perder la vida víctima de un cáncer.Expediente X acumuló miles de fanfics durante su emisión, que el tiempo ha convertido en cientos de miles. Una gran parte de ellos giran en torno a la relación entre Mulder y Scully, sobre todo en el cuerpo a cuerpo. Aunque también han aparecido genialidaes como la adapatación a viñetas de humor de toda la serie de la dibujante Shaenon K. Garrity, The complete cartoon X-Files.

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En la última década, coincidiendo con la llamada edad de oro de la ficción televisiva, la lista de series revisitadas por los fans es incontable. En el portal .net la categoría series aumula más de ciento sesenta mil relatos. Las citadas Glee, Supernatural y Doctor Who ocupan el podio, aunque les siguen de cerca Bones, Smalville, Embrujadas, Lost, Las chicas Gilmore o Stargate. Los blogs y las redes sociales han hecho que los relatos de fandoms lleguen a viralizarse, saliendo de su nicho de consumo y alcanzando incluso los grandes medios de comunicación. El formato del vídeo es el que más lo facilita, como el de las falsas cabeceras de series (Perdidos con estética de Friends o The Walking Dead al estilo de Los problemas crecen), Mashups que en realidad son fanfics de tipo croosover reconvertidos en virales de YouTube.

Al contrario de lo que ocurre con ciertos autores de novelas fanficicadas, los responsables de las series de televisión son mucho más conscientes de que esos vídeos elaborados por los seguidores en realidad son publicidad gratuita de sus originales. Conscientes del poder del fandom, los directivos de las cadenas y responsables de las series han potencido el fenómeno a través de las campañas promocionales denominadas fanadvertising. Por ejemplo, la de la cadena ABC para Perdidos, al poner en marcha un concurso en el que retaba a los seguidores a concebir y subir a Internet un vídeo promocional para el episocio final. También se apuntaron al fandvertising los responsables de Mad Men en la campaña en la que se invitaba a los seguidores a continuar o redibujar el cartel promocional de la serie.

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En ambos casos fueron campañas promocionales con contenido fuera de lo común, dirigidas al público objetivo y realizadas por el público objetivo, al que se le incentivó su creatividad. También fue el público objetivo el primero en distribuirlo, viralizándola. La cadena, responsable del contenido original de la serie, tan sólo puso la marca. Da la sensación de que el fanadvertising es el gol por la escuadra definitivo.

Aunque la fanfiction pura es aquella en la que los continuadores de las historias originales carecen de pretensiones económicas. Su realización tienen que ver con deseos y satisfacciones de índole personal para sus autores, quizá de regodeo narcisista. Vivimos en la era del yo, en la que creemos que todo nos pertenece o puede llegar a pertenecernos; las series, las películas y los libros también pueden ser nuestras. La fanfiction funciona de la misma manera que cuando nos apropiamos de un artículo al compartirlo en nuestro muro de Facebook. Le añadimos una ocurrencia en el estado a modo de firma y conseguimos “me gustas” en la publicación, siempre a título personal.

En realidad un fenómeno de apropiación de found footage como el de la fanfiction tiene sentido dentro de la industria audiovisual televisiva; lo que hacen los fans al continuar las historias no es tan diferente al trabajo de sus verdaderos guionistas… En ocasiones, los guionistas no son los creadores de los universos y personajes, sólo escritores capitulares que los amplían por encargo bajo la batuta del showrunner. Ese trabajo de multiescritura propio de la industria televisiva hace que muchos relatos de fanfiction lleguen a casar con el resto de la serie. Aunque la gran mayoría de ellos carecen de la categoría profesional que acompaña a los que escriben los verdaderos guionistas, sí se puede asemejar la fanfiction a lo que hace un grupo de adolescentes aspirantes a banda de rock al juntarse para tocar las canciones de Nirvana. En ambos casos, se trata de gente aprendiendo a través de lo que han hecho otros.

Pero aprendizaje se asocia a amateur, y amateur a baja calidad (sea justa o no la asociación). A pesar del número de relatos que invaden las redes, a pesar de sus múltiples mutaciones, el fenómeno de la fanfiction está lejos de ser algo conocido por la mayoría. Los que la conocen y no participan de ella, suelen considerarla una manifestación literaria menor, tanto por las obras de las que beben como por la calidad de los derivados. Los que sí nadan en sus aguas se defienden argumentando que sus pretensiones no son literarias, sino principalmente sociales y lúdicas, y que todos los escritores se desarrollan copiando el estilo de aquellos a los que quieren parecerse.

Se dice que el buen alumno siempre acaba superando al maestro, y algo así ocurrió cuando un fanfic se comió a la obra original. En series de televisión, aún no ha ocurrido, pero en cualquier momento se puede dar un fenómenos como el que protagonizaron dos de los libros que más ejemplares han vendido en los últimos años: Crepúsculo (la obra germen) y 50 sombras de Grey (su derivado). La autora del best seller mundial que narra las tórridas aventuras sexuales de Anastasia y Christian Grey, E. L. James, empezó su andadura en una página de ficción de fans de la saga Crepúsculo. Tomó prestados a sus personajes, los adolescentes enamorados Edward y Bella, les puso unos cuantos años y les cambió de entorno; recogió los mimbres de su relación, basada en un deseo peligroso y culpógeno, y subió las dosis de erotismo. Lo que salió de la coctelera se convirtió en el mayor éxito editorial de la década. Una trilogía literaria que ya va camino de la gran pantalla y que, independientemente de su calidad, ha salvado de la quiebra al sector editorial gravemente enfermo por la crisis.

Aunque se rumorea que 50 sombras de Grey pasó por un proceso de chapa y pintura editorial para saltar al gran mercado desde la red, en su germen tenía ya algo que arrastraba a hordas de lectoras: el sexo. En una parte considerable de los fanfics se desarrollan las escenas de cama que en los libros, series de televisión o películas originales funden a negro. A menudo lo hacen de forma explícita, con detalles que lo convierten en material pornográfico. Resulta llamativo que la gran mayoría de los fanfics los firman mujeres jóvenes; también son ellas sus mayores lectoras. Da la sensación de que la pornografía en la palabra escrita funciona como una expresión del deseo mayoritariamente femenino. Son las mujeres las que lo promulgan a través de la escritura y lectura de relatos en los que la realización del deseo nunca tiene lugar entre dos personajes extraños. Tampoco se reduce a la repetición de movimientos mecanizados (el clásico te toco aquí, te chupo esto, me muevo así y ¡Jackpot! del cine porno tradicional). Si bien es cierto que el nivel de perversión que se puede encontrar en un relato de fanfiction pornográfico puede llegar a escandalizar (historias que meten en la cama a Carrie Bradshow con Steve Urkel, con Laura Winslow mirándolo todo, por ejemplo), el encuentro sexual que relatan nunca resulta indiferente, ni al autor ni al lector. Son historias de cama entre dos personas que al que lo está leyendo y, sobre todo, al que lo escribe, le importan. Y es así porque son personajes a los que conoce de sus aventuras anteriores, las originales, con atracciones y deseos gestados en el tiempo. Ese conocimiento marca la diferencia con la sensación que provoca encontrarse con los dos extraños de una película pornográfica, que sólo tienen capacidad de excitar por la atracción que despiertan sus cuerpos. El sexo del fanfic recupera todo lo que se ha perdido en el porno mainstream, reducido a clips de excasos minutos sin preámbulos desde la irrupción de Internet. La pornografía del fanfic la protagonizan personajes por los que se siente un fuerte vínculo emocional, tal vez una de las claves para despertar y expresar el deseo de las mujeres, sobre todo el de las más jóvenes.

Internet también es el culpable de la popularización del tramposo concepto de la cultura libre. Además, los sistemas tecnológicos actuales, con libros en formato epub y series online que ofrecen infinitas posibilidades de duplicación, han reabierto el debate sobre la originalidad que suscitó la irrupción de los vaciados de Rodin. En palabras del adalid de la comunicación transmedia Henry Jenkis, la fanfiction es “un modo de conectar la tradición oral clásica con los “mitos” actuales procedentes de otros soportes”. Exactamente lo mismo que ocurrió con las posibilidades de reproducción del arte escultórico. Y, de la misma manera que entonces, la originalidad de las obras está en entredicho.

Nos encontramos en un punto de la historia en el que hemos acumulado el suficiente material cultural del pasado para que los fans lo remixeen indefinidamente. Con destreza, pueden llegar a convertirlo en un material nuevo que entre en el circuito de la cultura y haga olvidar al anterior, como ocurrió con 50 sombras de Grey (la editorial se ha encargado de que el pasado fanfic de la historia quede ensombrecido). Entonces los fans se convierten en los creadores, y el material derivado en el nuevo original. Esto puede acarrear el peligro de que la industria cultural dejar de necesitar crear nada nuevo. También el de que la industria deje de requerir una firma para sus contenidos.

Durante siglos, las historias no pertenecieron a nadie. La evolución hizo que a los autores se les consideraran sus dueños, y el capitalismo le otorgó la autoría a las corporaciones que los distribuyen. La fanfiction puede ser la herramienta que facilite esa vuelta atrás hacia el concepto de cultura popular. Las historias, los mitos, volverían al lugar del que salieron: el pueblo anónimo.

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