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Guionistas vendidos

“La noche del combate puede que sientas un pequeño picor. Es el orgullo, jodiéndote. Que le den al orgullo. El orgullo siempre te hace daño, nunca te ayuda.” Marcellus Wallace en “Pulp Fiction”. Yo me metí a escribir porque las matemáticas me parecían muy difíciles y ahora que ya soy mayor resulta que escribir tampoco […]

“La noche del combate puede que sientas un pequeño picor. Es el orgullo, jodiéndote. Que le den al orgullo. El orgullo siempre te hace daño, nunca te ayuda.”

Marcellus Wallace en “Pulp Fiction”.

Yo me metí a escribir porque las matemáticas me parecían muy difíciles y ahora que ya soy mayor resulta que escribir tampoco es fácil. No era fácil cuando empecé -hace unos cuantos años ya- y sigue sin serlo. Supongo que estaréis pensando, “oh no, otro texto de un guionista llorón” (no lo negaré, puede que tengáis razón), pero para ser justa, escribir me ha dado varias de las mejores cosas de mi vida. Me ha proporcionado autoestima, una profesión, amigos, dinero, y horas maravillosas. Pero como seguramente también sabréis, hablar de la felicidad no sostiene las historias. Es el conflicto lo que justifica abrir la boca. Cuando vas de viaje, lo que cuentas no es lo bonita que era la Torre Eiffel, sino cómo dormiste en albornoz porque te perdieron las maletas.

Además, hoy voy a hablar de algo que es consustancial a la profesión del guionista: las concesiones por dinero. Es Bruce Willis en Pulp Fiction, es el personaje de John Cusack asomándose a la ventana en Balas sobre Broadway y gritando “Soy una puta.” No en vano, uno de los libros más célebres de David Mamet se titula Una profesión de putas.

¿Por qué pasa esto? Viene de cruzar dos ocupaciones aparentemente antitéticas. La de escritor / artista / aspirante a artista y la del trabajador asalariado / oficinista comemoquetas / mecanográfo silente.

La gran mayoría de los guionistas que conozco nos metimos en esto porque nos gusta escribir y porque es lo que le da sentido a nuestras vidas. Lo malo es que para vivir necesitas dinero. Y entonces, si tienes suerte, entras en un engranaje laboral que te permite escribir, pero que en ocasiones le quita el sentido a lo que escribes. Porque no te gusta, porque no es lo que tú quieres, porque acabas formando parte de decisiones que no compartes y que en ocasiones te asquean. (Esto por supuesto no nos exime, ni por el forro, de escribir cosas horribles. Estoy hablando de nuestra subjetividad, de nuestra forma de entender la profesión y la escritura.)

Lo bueno de ser guionista es que es tu pasión. Y a veces es lo malo también. Que estás tan implicado personal y emocionalmente en tu tarea que pasarte la vida haciendo concesiones por dinero acaba generándote, como dice Marsellus Wallace, un picor continuo. Y, como a todo personaje bien construido, se te presenta un dilema. Pero de eso hablaremos más tarde.

Por fortuna, trabajar no siempre te genera este conflicto de integridad. Pero muy a menudo te ves obligado a hacer cosas que no quieres, de la forma que no quieres o ambas a la vez. Las consecuencias de estas concesiones van en dos sentidos. Uno, contra la obra. Dos, y casi siempre más difícil de manejar, contra tu valía de escritor, o dicho de otro modo, contra tu ego. Houston, tenemos un problema.

Contra la obra

Hace varios años escribí una película para una importante productora de este país. Era una comedia sobre el empleo precario, ya mucho antes de la crisis, en los tiempos del mileurismo y la reivindicación por la vivienda digna, pero con personajes cercanos y mucho sentido del humor. La respuesta del productor fue ésta: “Quiero algo más como Babel”. Babel, la peli de Iñárritu. Cualquier tipo de conexión con la película era pura chamba. Es más, no la había por ningún sitio. Y eso pasa a menudo. Da igual lo que tú tengas en mente, porque siempre va a haber mucha gente por encima de ti que te diga lo que tienes que hacer. A menudo no tiene nada que ver ni con lo que tú quieres ni con el planteamiento original que tú les propusiste y por el que en teoría te pagan. Tu corazón se acelera, tus manos sudan, las pupilas se dilatan. Te preparas para las dos reacciones básicas ante el peligro: ataque o huida. Y entonces llega esa frase temida, dicha por gente que en general no sabe lo que quiere, solo sabe lo que no quiere, es decir, lo que tú le has llevado: “Dale una vuelta.” Da igual lo que tú creas, da igual las horas que hayas trabajado, la cantidad de planteamientos desechados en el fondo de la papelera de reciclaje o las horas de insomnio intentando mejorar el guion. Porque en el 90% de los casos será como ellos quieran.

Lo bueno es que eso te dará una excusa cuando el resultado final sea terrorífico. No le dirás a nadie cuándo se estrena o cuando se emite, y cuando te arrinconen y te hagan ver que tú la has escrito, o que al menos firmas los créditos, dirás otra frase igualmente socorrida para salir del atolladero: “Ya sabes cómo es esto”.

Contra tu ego

Ahí estás tú, en la reunión, oyendo una cascada de opiniones negativas vertidas por dos tipos de personas. Los que tienen algún criterio y argumentan sus críticas (loados sean) y los que no lo tienen y lo hacen para ganarse el sueldo. También hay combinaciones de estos dos y otras variantes. Y es frecuente que aparezcan en la reunión opiniones de gente bastante alejada del proyecto, como la pareja de alguien, el primo de no se quién, el portero de la finca o el conductor del productor. Como si entre productores, directores, actores y ejecutivos de las cadenas no hubiera suficiente animación ya.

Es muy fácil hacer la transición emocional de pensar que se están metiendo con tu obra hacia otro lugar. Estás entrenado para pillar el subtexto. Enseguida oyes esa voz que susurra, “se están metiendo contigo. Te están diciendo que no vales nada, que un mono podría hacer tu trabajo, que si ellos se sentaran quince minutos, podrían hacerlo mejor que tú después de haber invertido horas y horas”. Suele ser un goteo de notas que vas apuntando con una cara de póker que se va crispando progresivamente, mientras el picor de Marsellus Wallace sigue creciendo. Y si alguien encuentra tu límite, saltas como una rana. “Pues escríbelo tú” es una de las frases que los guionistas más usamos cuando estamos en modo pataleta. Por supuesto, nunca funciona. Siempre acabamos escribiéndolo nosotros.

Pataletas épicas

John Milius, cuando vio lo que Coppola había hecho con su guión Apocalypse Now, atravesó una puerta de un puñetazo.

Frederic Raphael, guionista de Dos en la Carretera y Eyes Wide Shut, se vio obligado por Kubrick a mandarle las 40 primeras páginas del guión de ésta última sin que el susodicho guión estuviera terminado. Tras leerlas, Kubrick le llamó y le dijo: “No están tan mal como yo me esperaba. ¿Cuánto ha tardado en escribirlas?” a lo que Raphael contestó algo así como: “El tiempo requerido desde que me contrataron y 60 años”.

Gore Vidal, guionista y novelista, estaba en una reunión con un productor y le dijo: “Mira, estoy hasta los huevos de tus quejas. No sabes de lo que estoy hablando. Sabes de márketing, sabes cómo hacer acuerdos, pero no sabes cómo se hacen las películas y te entrometes en el camino de las personas que tienen talento y sí saben.” El productor estalló. “¿Cómo puedes decirme eso?” Se levantó, estaba en la mitad de la habitación. “¡Te voy a pegar!”, dijo el productor, y Gore Vidal fue hacia él. Estaban a un par de metros el uno del otro y el productor echó a correr contra Vidal. Pero como el productor estaba muy gordo, no pudo frenar, hizo un giro a la izquierda y acabó estampandose de boca contra la pared. “Pude oír el sonido de su nariz al romperse”, recuerda Vidal.

El dilema

Robert McKee dice: “¿Preferirías cobrar 25.000 dólares por ver tu historia en la pantalla tal cual la escribiste o cobrar un millón de dólares por tu guión para que los ejecutivos de los estudios la despedacen? Nueve de cada diez guionistas quieren lo segundo. Esta gente no son artistas. No tienen integridad y tienen lo que se merecen: ver su nombre asociado a malas películas.

El dilema tal cual lo plantea McKee es absolutamente irreal en España. Por las cifras, pero no solo por ellas. Tampoco existe nadie, o casi nadie, que te pague, aunque sea poco, con ánimo de filmar tal cual tu guión, a menos de que tú seas el productor y busques darte una bonita sorpresa a ti mismo. Nuestro trabajo es una herramienta para un grupo de personas y la colaboración (digámoslo así en un día bueno) o la injerencia (en un día malo) con el resto de profesionales es nuestro pan de cada día. Por supuesto, hay guionistas estrellas, pero las penurias que pasaron genios de la literatura como Scott Fitzgerald o Raymond Chandler te hace darte cuenta de que la maquinaria audiovisual no respeta de forma sistemática el talento o la maestría. Escritores como Joe Esterzhas, Charlie Kauffman, David Chase o Aaron Sorkin pueden presumir de serlo- pero ellos también reciben notas, os lo aseguro. Y por supuesto, no todos los guionistas pueden (podemos) ser estrellas. En general, aunque nos encanta quejarnos, solemos darnos por satisfechos con poder vivir de esto. Dicho de otro modo, es muy complicado mantener la integridad a flote, porque cuando a uno le contratan, no quieren su integridad, sino su solvencia dramática. No es un mecenazgo, no es un patrocinio, es una relación parecida a la que tiene un empresario con los trabajadores de su fábrica: compra fuerza de trabajo para la elaboración de un producto. Y en general, en el mundo artístico, a más dinero, menos libertad y viceversa.

Evolución del negocio

Cuando yo comencé a trabajar, a principios de la década pasada, ya existía la sensación de que trabajar escribiendo para cine o televisión era algo difícil… Y ahora lo es todavía más. Recuerdo que se invertía en análisis de guiones, y que para los jóvenes que salíamos de las escuelas o facultades era moderamente sencillo conseguir trabajos analizando guiones o vendiendo proyectos, tanto de cine como de televisión.

Yo pasé varios años trabajando principalmente en cine y existía capital para invertir en sinopsis y tratamientos. Por lo que sé, ahora las productoras prefieren guiones terminados, y el dinero destinado al desarrollo de proyectos se ha reducido drásticamente, lo cual es bastante lógico dado el mal momento que atraviesan las industrias culturales (especialmente el cine).

Pero a mi entender, no todos son malas noticias: tras el parón ocasionado por el cerrojazo al dinero público de RTVE, cuya onda expansiva afectó a todas las cadenas, creo que el sector televisivo está dinamizándose y cosechando éxitos sonados que todos podemos ver (y hasta disfrutar).

En cualquier caso, ganarse la vida como guionista, como sucede en todas las profesiones creativas, sigue siendo difícil.

Disclaimer

Todo lo anterior no quiere decir que la colaboración entre guionistas, equipos de guionistas, productores y cadenas sea necesariamente mala. Asimismo, el trabajo codo a codo con un director suele ser una fórmula de éxito. En ocasiones el trabajo de un guionista asalariado mejora mucho al formar parte de un equipo, y sé por experiencia que ser una pluma a sueldo puede ser una experiencia laboral idilíca, ausente de tensión y donde el talento y el entendimiento mandan, y una de las mejores ocupaciones de esta vida. También es cierto que con unos cuantos desencuentros, unos pocos “escríbelo tú” acabas dándote cuenta de lo fundamental que es poder comunicarte y expresar tu opinión con una sonrisa y encajar las críticas con serenidad y talante positivo. Poco a poco vas madurando en la interacción con “los que deciden.” Pero como ya avisé… es el conflicto lo que le da fuelle a las historias.

Conclusión

¿Significa esto que los guionistas debemos tirar la toalla y hacer siempre lo que nos dicen? No. No hay que tratar el asunto en blanco y negro, sino en variantes de gris. La obra audiovisual es un trabajo en equipo y por tanto debemos acostumbrarnos a que nuestra visión sea continuamente cuestionada. Pero tenemos siempre la capacidad de intentar hacernos entender, con nuestros guiones y nuestra voz, y aunque no sea nada sencillo, intentar preservar nuestra forma de ver la obra.

La pregunta que cada uno debe responder, a título personal, es cómo debe manejar su picor, el picor en la nuca del que habla Marcellus Wallace. Si debe dejarse caer a la lona o pelear por su forma de entender la historia.

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