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Júpiter y más allá del infinito

Imagina que tienes doce años y tus pasos te llevan de forma completamente inconsciente a una sección de libros con títulos y portadas muy llamativos en la biblioteca de tu barrio. Exploras las estanterías con la mirada y empiezas a descubrir palabras e ideas que no habías visto en ningún otro departamento del edificio. Tu […]

Imagina que tienes doce años y tus pasos te llevan de forma completamente inconsciente a una sección de libros con títulos y portadas muy llamativos en la biblioteca de tu barrio. Exploras las estanterías con la mirada y empiezas a descubrir palabras e ideas que no habías visto en ningún otro departamento del edificio. Tu mente comienza a generar potentes y coloridas imágenes que te alejan en un instante de la realidad, casi sin pensar. Para un niño con la suficiente curiosidad sobre el funcionamiento del mundo a su alrededor, la ciencia ficción es el catalizador más intenso que puede encontrar. El comienzo de la obsesión por este tipo de historias es como abrir una puerta a un nuevo universo, uno repleto de maravillas sin fin. Todo esto ha sucedido antes y volverá a suceder de nuevo.

Mi fascinación por el cine como medio narrativo y de expresión artística definitivo y mi afición personal por la ciencia ficción están irremediablemente unidas desde entonces. La exploración del universo, robots, inteligencia artificial, manipulación genética, el descubrimiento de civilizaciones extraterrestres, viajes en el tiempo, … ¿Quién quiere que le cuenten historias convencionales situadas en la tan convencional cotidianidad del presente cuando puedes escapar de ella con la imaginación a lugares y situaciones imposibles?

Se trata de un juego maravilloso que de principio te permite huir de lo cotidiano, mostrándote un futuro en apariencia brillante. Un futuro en el que los avances científicos y el descubrimiento de nuevas tecnologías hacen posible el progreso completamente desmesurado de los seres humanos como especie. Lo que queda es una mirada sencilla y optimista, una proyección de todas nuestras aspiraciones. Pero incluso dentro de ese planteamiento tan positivo y aspiracional que a uno le atrae de las primeras historias del género en las que se sumerge, se pueden vislumbrar ya problemas de un nivel filosófico y moral radicalmente trascendentes. Sólo es necesario madurar y revisionarlas con el tiempo para captar las sutilezas de su contenido.

Con el tiempo y la edad es inevitable buscar algo más, es hora de que nos muestren el verdadero rostro de la actualidad o nos avisen del peligroso rumbo que está tomando la sociedad. Porque la ciencia ficción puede servir para mucho más que disfrutar de fascinantes aventuras en planetas lejanos: puede mostrar los problemas que afectan directamente a la humanidad a través de escenarios terriblemente auténticos y realistas. Escenarios que aunque parezcan completamente ajenos a nuestro tiempo, expresan nuestros miedos más profundos como individuos y comunidad. Este tipo de historias se convierten en comentarios que pueden poner en duda los mismos cimientos de nuestra civilización, nuestra capacidad de libre albedrío o el desafío que supone la interacción con nuestros semejantes en entornos puramente digitales. Cualquier dilema, problema o conflicto político y social puede desarrollarse de forma didáctica usando los recursos narrativos de este género. Las posibilidades son virtualmente ilimitadas.

Pero fuera de abstracciones y generalidades, ¿qué es la ciencia ficción? Es un género de ficción que pretende contar historias que tienen lugar en situaciones inventadas pero más o menos factibles dentro de un planteamiento que se puede explicar en términos científicos, utilizando desde la física hasta las ciencias sociales. Se podría decir que la principal diferencia respecto a la fantasía es que su credibilidad se fundamenta en explicaciones racionales, aunque desde luego esto no implica la ausencia total de elementos puramente especulativos o imaginarios. Entre las premisas más típicas y reconocibles del género están las historias ambientadas en el futuro, los viajes en el tiempo, universos paralelos, el contacto con civilizaciones extraterrestres o las consecuencias del desarrollo avanzado de la ciencia y la tecnología en general sobre la humanidad. Todo esto son recursos usados por los autores para explorar cuestiones filosóficas, morales o sociales.

El origen de su nacimiento como género literario puede remontarse al siglo XVI, aunque los precursores del género como tal se encuentran en la literatura fantástica del siglo XIX, tomando como punto de partida el Frankenstein de Mary Shelley. Las revistas pulp de los inicios del siglo XX lograron que llegara al gran público y con el tiempo ser considerado literatura seria. Todo esto llevó a la monumental explosión de autores de inmenso talento y obras de gran calidad en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, que constituyen lo que se llama La Edad de oro de la ciencia ficción. Este período elevó el nivel de la calidad literaria y de las historias que el público podría esperar. Además, definieron los temas, el tipo de personajes, argumentos y recursos narrativos que han seguido influenciando a generación tras generación de escritores hasta nuestros días.

La ciencia ficción en el Séptimo Arte como fenómeno mainstream puede ser considerado algo relativamente reciente, pero está presente en el mismo desde la época del cine mudo. Méliès ya adaptaba en 1902 a Jules Verne y H. G. Wells en Le voyage dans la lune (Viaje a la Luna) para contar como un equipo de astrónomos viajaba a nuestro amado satélite dentro de una cápsula espacial disparada por un cañón gigante. Curiosamente, de una idea tan loca como esta surgió una de las imágenes más icónicas de los albores del cine. Muy probablemente, la que se puede considerar como primera película de ciencia ficción definió el tipo de relatos que la mayoría de cineastas y espectadores esperan de este género desde su debut en la pantalla grande, con todas las consecuencias. Las naves espaciales, extraterrestres, robots, viajes en el tiempo y mundos postapocalípticos no parece que dejen de satisfacer nunca la necesidad de vivir emocionantes aventuras de unos y otros. Mientras tanto se aleja al público más amplio al perpetuar los prejuicios que puede llegar a provocar esa visión vergonzosamente simplista de este género cinematográfico que durante tanto tiempo ha sido tan denostado.

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Le voyage dans la lune (1902), de Georges Méliès

Son prácticamente inexistentes los títulos de ciencia ficción pura que llegan a estrenarse y que atraigan al gran público incluso en nuestro días. Los grandes estudios apuestan por superproducciones orientadas al espectador medio en las que se prioriza la acción y la aventura por encima de propuestas más intelectuales. Es el tipo de producciones que pagan las facturas y los yates de los ejecutivos de Hollywood y que la mayor parte de los aficionados al cine como entretenimiento quiere ver. Estas producciones enfocadas a la acción son también un ejemplo de como la ciencia ficción es un metagénero que permite contar una gran diversidad de historias diferentes en función de la intención del proyecto o guionista o del interés del director. Al final la ciencia ficción sirve como recurso narrativo o ambientación. Se configura como unos cimientos para construir un argumento con elementos de muchos otros géneros como el terror, comedia, romance, suspense, aventura o acción.

Igual que la sociedad de la que surge toda expresión cultural, el cine ha evolucionado en los últimos cien años de forma notable. La ciencia ficción cinematográfica en particular siempre ha mantenido en sus historias y formas un reflejo de los temores y problemas de la época a la que pertenecen. Esto se puede comprobar ya en el primer y monumental largometraje del género, Metropolis (1927) de Fritz Lang. La producción más cara del momento constituye todo un retrato de la explotación obrera en un futuro no muy lejano extremadamente industrializado. La élite gobernante rige los destinos de todos pero toma decisiones únicamente en favor de su propio beneficio y con el objetivo claro de mantener a los más desfavorecidos en los niveles inferiores de la ciudad, esclavizados al ritmo del funcionamiento de las máquinas.

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Metropolis (1927), de Fritz Lang

El poder establecido no teme a nada, salvo cuando uno de sus propios hijos descubre las condiciones infrahumanas de sus hermanos trabajadores, de los que él ya considera sus semejantes. Entre los obreros las condiciones de vida son insoportables y en su seno se escuchan las quejas del pueblo. La voz de Maria da forma a las protestas de los habitantes del subsuelo de la ciudad de Metropolis, de quienes hacen posible que la vida en la superficie sea cómoda, fácil y repleta de lujos. El paso natural por parte del gobernador de la ciudad es utilizar en su favor el culmen del desarrollo tecnológico para justificar cualquier acción contra los insurgentes y perpetuar el status quo. Corromper el discurso de protesta de Maria, transformarlo en algo violento e irracional es la jugada maestra de Fredersen, totalmente alienado de su propia humanidad.

El pánico a ser sometidos al servicio de las máquinas y que no sean ellas las que nos faciliten la existencia, la conciencia de clase, la manipulación de las masas y la corrupción y radicalización ideológica son algunos de los temas fundamentales de Metropolis. Todos ellos están presentes y muy justificados en la vida política y la realidad social de principios de siglo entre guerras mundiales, revoluciones obreras y estados totalitarios.

Años después, en pleno momento de intensificación de la Guerra Fría, la carrera espacial sería el foco de atención para todos. Los primeros pasos de la exploración espacial estuvieron marcados por la necesidad política de legitimar tecnológicamente la superioridad moral de ambos bandos frente al otro con el mundo entero de testigo. Estados Unidos y la URSS se embarcaron en una competición sin más premio real que la ciencia por la ciencia, aunque en parte se pudiera aplicar al desarrollo de misiles balísticos intercontinentales. Para cuando el primer hombre puso su pie en la Luna, la tecnología aeroespacial había experimentado un avance que nadie había previsto tan sólo una década antes.

En ese contexto de ferviente impulso tecnológico de la humanidad hacia las estrellas, Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke lograron sacar la ciencia ficción de ese agujero infestado de producciones de bajo presupuesto con nula ambición artística en que se había convertido en las anteriores décadas. 2001: A Space Odyssey (2001: Una odisea del espacio, 1968) representa en si misma todo un hito tecnológico y narrativo. Tan sólo unos meses después de su estreno, el éxito de la misión Apollo 11 supuso para la humanidad el salto más importante en su evolución desde el momento en que el primer Homo sapiens fijó su vista en las estrellas. Eso es exactamente lo que trataba este film: la naturaleza y el significado de los saltos evolutivos de la especie humana. Guiados en este caso por la presencia de una inteligencia extraterrestre de origen desconocido, nos vemos empujados al progreso y el desarrollo científico para alcanzar la próxima meta de nuestros descubrimientos.

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2001: A Space Odyssey (1968), de Stanley Kubrick

Con ese regocijo existente en la época ante unos avances tecnológicos que aparentemente nos llevaban más cerca de las estrellas, parece que todos esperaban dar con las respuestas a las grandes preguntas que siempre nos hemos hecho desde el principio de los tiempos. 2001: A Space Odyssey sintetiza de forma certera ese sentimiento de eterna búsqueda de significado en el universo por parte de los habitantes de la Tierra. Las mismas preguntas que el propio HAL 9000 muy bien podría hacerse como ser consciente, resultado final del desarrollo de la inteligencia artificial.

Ese deseo de satisfacer nuestra necesidad de trascendencia a través de la tecnología era totalmente utópico. Sin embargo, las grandes corporaciones sí supieron qué hacer con el salvaje progreso científico de la segunda mitad del siglo XX. La electrónica, la informática y la comunicación digital fueron la plataforma de lanzamiento de numerosos nuevos mercados que reactivaron la economía mundial en los años ochenta. Todo podía aprovecharse para generar dinero. La aparente falta de escrúpulos en ese proceso fue el caldo de cultivo ideal para que hiciera acto de presencia el miedo al abuso de cualquier avance científico para su explotación comercial.

Este escenario pesimista es el que lograba capturar perfectamente Blade Runner (Ridley Scott, 1982) con su visión extremadamente decadente del futuro. La homogeneización cultural provocada por la globalización, el desastroso impacto para el medio ambiente del crecimiento desbocado y la mercantilización de seres artificiales creados a nuestra imagen y semejanza componen una visión terrorífica. Los replicantes son considerados meras herramientas de trabajo, mano de obra sin alma que sirve para un propósito determinado. Si pierden su utilidad o conveniencia, son totalmente prescindibles. Sin embargo, en esta distopía cyberpunk neo noir son ellos los que conservan un destello de humanidad. Son más conscientes que nadie del valor que posee el breve tiempo del que disponen antes de morir.

Con el ambiente enrarecido anteriormente descrito se forjó poco a poco el cinismo de una sociedad desencantada. En ausencia de referencias morales claras llegó la desconfianza y la paranoia dirigidos hacia el poder establecido. El recelo generalizado de la opinión pública ante los estamentos políticos, económicos y religiosos estaba bien justificado. Los conglomerados de medios de comunicación habían expandido su esfera de influencia más allá de lo que nadie nunca pudo imaginar en un mundo que por primera vez estaba globalmente interconectado. Sin embargo, la información estaba al servicio de los intereses de unos pocos y no de los ciudadanos. La mentira y la desinformación como instrumentos del poder, la manipulación mediática y la teoría de la conspiración unidas al colosal desarrollo de la informática en el último cuarto del siglo XX dieron como resultado The Matrix (1999).

Los hermanos Wachowski formulan una hipótesis tan interesante como espeluznante: ya no es necesario que se nos arrebaten nuestras libertades para controlarnos. Basta con otorgarnos la ilusión de libre albedrío para que cumplamos con el propósito que se nos ha impuesto sin cuestionarlo ni advertirlo. Las máquinas que esclavizan la humanidad en esta cinta nos necesitan de igual forma que las cosechas de humanos que viven dentro de Matrix necesitan esa simulación de finales del siglo pasado para sobrevivir al colapso de nuestra civilización. La mayoría no están preparados para conocer la verdad y que su concepción de la realidad se desmorone. Un grupo reducido de adalides de la libertad, revolucionarios que son una evidente proyección de los movimientos sociales antiglobalización de la época, se dedica a luchar contra el sistema. En este brillante reflejo de la sociedad moderna, todos aquellos que están esclavizados por el sistema enchufados a Matrix pueden ser usados en cualquier momento por las máquinas para destruir a cualquiera que se interponga en sus planes.

Y de repente el mundo cambió de un día para otro. Después del 11-S el terrorismo internacional dejaba de ser algo abstracto para convertirse en una amenaza global y cercana con un rostro identificable. Lo que ponía en riesgo nuestro bienestar ya no era algo conceptual e indeterminado. Ahora los gobiernos se veían legitimados a tomar cualquier medida en pos de la seguridad de sus ciudadanos, aunque eso supusiera sacrificar cualquier otro derecho. Con ese presente inestable y futuro incierto las relaciones humanas tomaron una nueva dimensión. El desasosiego y la incertidumbre constantes nos hizo más conscientes de la importancia de contribuir al bien común y de la forma de relacionarnos con quienes nos rodean. El horror consigue crear siempre un ineludible sentimiento de unión entre quienes lo experimentan. El mismo inexplicable sentimiento que arrastra a cada uno de los dos protagonistas de Upstream Color (2013) mutuamente.

Son dos personas que se sienten incompletas después de sufrir un proceso que les ha transformado sustancialmente. Para sentirse mejor requieren estar juntos y así hacer frente a las fuerzas externas que están alterando su percepción de si mismos, de sus emociones y de lo que les rodea. No podría ser más preciso el retrato de Shane Carruth de la relación absolutamente codependiente de los dos personajes centrales, una extraordinaria y enigmática historia de amor que trasciende su sentido romántico e íntimo para alcanzar uno metafóricamente universal. Porque ellos no son los únicos que han pasado por la misma experiencia traumática y sin saberlo están vinculados con otros en su misma situación. Esta representación de crisis de identidad y desorientación refleja perfectamente el estado de shock social de este nuevo orden en que nos vimos inmersos súbitamente a comienzos del siglo XXI y que todavía perdura. Un nuevo orden que ha puesto a prueba la validez de todas nuestras ideas y modo de vida y nos ha empujado a confiar en los demás para poder sentirnos seguros y mirar al futuro con cierta dosis de optimismo.

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