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Nosotros y ellos (y las supermodelos)

Obviedades, contradicciones y fantasías de un crítico televisivo

Quisiera pensar que más pronto que tarde los que escribimos sobre series de televisión veremos nuestros artículos en la sección de cultura de los periódicos y no en la de televisión. A veces da penita ver un artículo sobre Mad Men impreso al lado de la última metedura de pata de la presentadora matinal de turno. Y si el artículo en cuestión lo has escrito tú, ni te cuento.

Claro que para eso habría que separar las series de televisión, como género, como formato, del resto de la televisión. Y eso es más complicado. O distinguir entre información y opinión, que ya es de nota. Ser crítico de series de televisión generalmente es una faceta más de ser crítico de televisión, que a su vez se integra dentro de ser periodista televisivo. Es decir, que lo mismo te toca cubrir la rueda de prensa de un programa deportivo que escribir algo sobre el último cotilleo del rodaje de Juego de Tronos que opinar sobre si The Walking Dead es buenísima o un plomo. Por suerte, no es mi caso, pero es lo más frecuente. Y genera situaciones raras y feas, sobre todo cuando los papeles de crítico e informador se solapan. A veces dentro del mismo texto. Esta esquizofrenia se da más de lo que debería.

En el mejor de los casos, el periodista, crítico o bloguero de televisión (yo no sé ni en qué categoría estoy, para que os hagáis una idea de lo confuso que es todo), escribirá lo que le dé la gana y sobre lo que le dé la gana. Si es listo, ajustará sus artículos o sus posts a la actualidad televisiva o, como decimos aquí, “seriéfila”. Tendrá un criterio, bueno o malo, pero suyo propio, entenderá el funcionamiento del sistema de promoción y marketing de productoras y cadenas y sabrá ver la línea que separa el ELLOS (los que hacen las series) del NOSOTROS (los que las vemos). Sabrá también que “los que las venden” y “los que las compran” son definiciones mucho más realistas.

Ésa es la teoría. En la práctica hay más matices, meandros y ramificaciones. Los conflictos de intereses existen y las líneas de separación, consciente o inconscientemente, se pisan.

Para empezar, hay que tener muy claro que business is business. Con casi toda seguridad, el medio para el que escribes forma parte de un conglomerado empresarial que tiene divisiones dedicadas a la televisión, desde productoras hasta cadenas completas. Eso te hace ser uno de ELLOS, aunque tu orgullo (profesional y personal) te diga que eres uno de NOSOTROS. Escribir, y sobre todo escribir crítica, sobre un producto “hecho en casa” puede ser muy fácil cuando el producto es bueno… y muy incómodo cuando no lo es. ¿Qué haces en ese caso? ¿Te bajas los pantalones y mientes a tus lectores? ¿Miras hacia otro lado y escribes sobre otra cosa? Por si esto fuera poco, los entramados de intereses empresariales-laborales en los medios de comunicación pueden ser tan complejos que a veces ni siquiera los entiendes y terminas obviándolos. Luego, cuando te das cuenta de que pusiste a parir una serie que la paga el mismo que te paga a ti, no sabes si sentirte un profesional como la copa de un pino o un gilipollas… como la copa de una sequoya.

Segunda obviedad: una rosa es una rosa y un ramo de rosas… un pastón. Seducir al que escribe puede ser cortesía o directamente soborno. No es lo mismo una copa en un estreno que unas vacaciones de una semana para visisitar un rodaje en los trópicos. Esto último no es lo habitual, pero ocurre alguna vez. Entonces la proporción cortesía-soborno llega a desequilibrarse. No nos engañemos: a nadie le amarga un dulce. Y además, cuando te ofrecen un bombón de la caja y tú lo rechazas, educadamente, eso sí, es posible que, también muy educadamente, no te ofrezcan otro nunca más. Dijiste que no te gustaba el chocolate, ¿verdad? El problema surge cuando te has comido toda la caja de bombones sin pensar en las consecuencias.

¿Las consecuencias? ¿qué consecuencias? Realmente no debería haberlas, pero entonces estaríamos hablando de un mundo perfecto y todos sabemos que éste no lo es. En esto de escribir sobre televisión, no “tratar bien” a alguien o a su trabajo no cierra las puertas a cal y canto, pero para los que viven de tener acceso a actores, productores o directores (ya saben, esa gente da entrevistas, esas entrevistas se venden bien), la posibilidad de ver ese acceso dificultado es poco agradable. “O haces críticas o haces entrevistas” es una política muy recomendable y, en general, el decidir de antemano si uno informa u opina. En los dos campos a la vez sólo juegan bien los mejores y los más grandes. Genios de la escritura que están por encima de casi todo lo que cuento en este artículo. Estos seres valientes y admirables se cuentan con los dedos de una mano.

Igual que tus amigos. Espero que ninguno de ellos sea actor. O director. O la secretaria del presidente de una cadena. Si tu amigo es actor en una serie de la que tú tienes que hablar, director de una serie de la que tú tienes que hablar o la secretaria del presidente de una cadena que emite una serie de la que tú tienes que hablar, mal asunto. Te garantizo que será el primero en leer lo que escribas. Si hay algo de crítica negativa en tu texto, detectará mucha. Y si hay mucha, toda.

Y es que si escribes opinión o crítica televisiva una gran proporción de tus lectores y seguidores en redes sociales pertenecen “al sector” . Tu ego disfruta de ello. Saber que “el sector” te lee es sexy. Que en la calle nadie sabe quién eres, pero en el set de rodaje de la última serie que pusiste a caer de un burro sí lo saben. Tampoco te des aires, campeón, porque lo que realmente eres es una especie de Mario Vaquerizo “del sector”. Es decir, en un microcosmos muy concreto y reducido, en “el sector”, eres ALGUIEN, pero en cuanto te alejas de ese mundillo, no eres NADIE. Y eso jode, para qué negarlo. No es nada sexy.

Tu influencia es, por tanto, máxima donde no debería serlo y mínima donde a ti te gustaría: en el público. Los telespectadores se mueven por muchos estímulos, y la opinión de los críticos de televisión es de los menos potentes. En algunos casos, cuando el “opinador profesional” y los lectores están pendientes del mismo tema, de la misma serie, es cierto que puede haber una conexión mayor de lo habitual. Y entonces, inseguro, te preguntas si se trata de una sinergia afortunada o has caído en las redes de las campañas de marketing. ¿Has conectado, has influido realmente, o te has fijado en lo que alguien (una productora, una cadena) ha querido que te fijes? ¿Quién ha ganado la partida, tú o ELLOS?

¿Ganar? ¿He dicho “ganar”? ¡Pero si esto no es una batalla! No, no lo es, pero a veces lo parece. Como si no hubiera posiciones intermedias entre ser un perrito faldero fotocopiador de notas de prensa y un gruñón profesional que sólo sabe hacer críticas destructivas en las que tras la ironía sólo hay crueldad y ganas de hacer daño.

Consciente o inconscientemente (y no es fácil saber cuando es lo uno y cuando lo otro) puedes estar utilizando a alguien como piñata. O al contrario, lo que es casi peor, poniendo a determinados sujetos en un altar y utilizando tus escritos para adorarlos como si fuesen iconos religiosos. Esto pasa mucho con los actores mayores, las grandes divas de la escena y los eternos galanes (vivan estos conceptos rancios) que nunca reciben malas críticas. Es más fácil destrozar el trabajo de un intérprete jóven que el de una vaca sagrada del cine y el teatro. Pero a veces las cosas no son tan obvias. A veces la Velasco está pasadísima de rosca en una serie grotesca, y la Jenner, estupenda en una comedia sencillamente perfecta. Y a veces un crítico de televisión tiene que decirlo alto y claro. Aunque la serie de Concha esté producida por tu jefe y escrita por tu amigo, que te ha llevado a la première en Sudáfrica, donde te ha presentado a un par de supermodelos que te abanican con sus pechos mientras escribes la crítica en la suite del Mandarin Oriental. Una crítica negativa que, sin embargo, crees justa. La publicas online y, justo después, te das un largo baño en el jacuzzi con vistas a la bahía. Y piensas que quizá ésta sea la última vez que disfrutas de una habitación así, pero que has hecho lo que tenías que hacer y has escrito lo que tenías que escribir, porque la serie es mala, mala de cojones. Y además, a las supermodelos tampoco parecías gustarles demasiado. Algo te dice que eran de esas chicas que, por dinero, hacen y dicen lo que les pide el que les paga.

¿Y tú querías escribir en la sección de cultura del periódico? Pues lo llevas claro.

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