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¿Seré yo una seriéfila?

La pregunta que da título al artículo comenzó a rondarme por la cabeza aquel 24 de mayo de 2010, cuando me levanté a las 6:00 de la mañana, sin apenas haber dormido, para ver el tan deseado y ansiado último capítulo de Lost. Hasta gente que se proclamaba fan-fan-fan (¡Sí! ¡Hasta 3 fan seguidos!) había […]

La pregunta que da título al artículo comenzó a rondarme por la cabeza aquel 24 de mayo de 2010, cuando me levanté a las 6:00 de la mañana, sin apenas haber dormido, para ver el tan deseado y ansiado último capítulo de Lost. Hasta gente que se proclamaba fan-fan-fan (¡Sí! ¡Hasta 3 fan seguidos!) había grabado el capítulo… pero yo no. Yo me desperté y me senté en el sofá llena de nervios, no solo por el final, sino por el temor de llegar tarde a mi trabajo si el capítulo se alargaba más de lo previsto, con el propósito de vivir algo único en la historia de las series: ver un final en vivo y en directo. Por suerte, no llegué tarde y después de verlo, y aún preguntándome si lo había entendido (cosa que no he dejado de preguntarme 3 años después), salí al mundo real con aquella pregunta en mi mente:

Antes ya había seguido algunas series a través de una amiga que me las pasaba en DVDs en plan contrabando: Big Love y Medium. Y en aquella época de mi vida, en las que me sentía un tanto perdida, estas series hacían que me encontrara un poco mejor. Pero si realmente me remonto a mi niñez, veía (mejor dicho, vislumbraba) entre las rendijas de los cojines que me protegían del terror exterior, algunas cosas viejunas como Historias para no dormir. Aunque son recuerdos borrosos, en mi mente todavía permanecen con el paso del tiempo.

Pero volvamos al final de Lost. Después de verlo se generaron multitud de debates sobre lo que realmente había pasado y la gente hablaba y hablaba… y yo también podía hablar y parecía hasta entendida y todo. ¿Entonces realmente era una seriéfila? Había visto una de las series que más espectación había causado y estaba dentro de toda la voragine que se estaba produciendo… y además tenía ya tres series a mis espaldas… ¡pedazo curriculum seriófilo! Me sentía henchida de gozo de formar parte del todo que en ese momento era Lost.

Después de aquel final se generó un vacio en mi interior. Ese vacío lo he vivido más veces, cuando acaba una serie que me encanta y se presenta LA NADA, la incertidumbre absoluta de si otra serie volverá a llenar mi vida como la que se acaba. Es como los novios, siempre piensas que nunca volveras a encontrar el amor de nuevo pero la experiencia te demuestra que si… pues lo mismo… Aparece una serie especial que ocupa el lugar de aquella que tanto querías… Es verdad que tu primer amor es diferente y único, Lost siempre lo será pero he vivido otros “amores” que han sido tan especiales como Lost. Total que tras ese momento, final de Lost, me sentí perdida durante bastante tiempo buscando nuevas series que pudieran llenarme de nuevo. Y no había ninguna.

Hasta que un día, así como quien no quiere la cosa, echaban en Cuatro algo sobre Zombies. Zombies!!! Los Zombies molan, los Zombies son guays, los Zombies están infravalorados… y vi aquellos dos capítulos seguidos de esa sería llamada The Walking Dead y me enamoré de Rick… aquel alma perdida en ese mundo zombie… La experiencia fue muy breve pues fueron seis capítulos que la cadena se ventilo en tres semanas. Pero allí quedó la semilla. Si, eso casi lo confirmaba, yo era una seriéfila perdida, pero seriéfila al fin y al cabo… ¿Podía ser posible?

Pasó el tiempo y de repente un día todo el mundo hablaba de una serie: Juego de Tronos y yo recordaba vagamente a un amigo que había estado enganchado a los libros. “¡Pues habrá que verla!”, me dije… ¿De verdad que algo que parecía una película podía ser una serie? ¿Qué estaba pasando? Ahora ya tenía The Walking Dead y Juego de Tronos, ¡estaba viendo dos series a la vez! ¡Sí, sí, sí! ¡Prueba irrefutable de que debía ser seriéfila!

Y de ahí comence a ver una larga lista, en plan deboradora porque todo era poco para mí insaciable sed como expectadora: Homeland, Elementary, Sherlock, Battlestar Galactica, Fringe, The Killing, The Bridge, Once upon a Time, The Following

Ahora sí que sí, estaba casi segura de que yo podía denominarme seriéfila. Cumplía lo que yo consideraba que era un reputado seriéfilo: había visto más de 5 series, algunas de ellas con todas las temporadas, incluidos finales y podía hablar largo y tendido sobre ellas. De hecho, quedábamos con amigos y yo conocía muchas más series que ellos. Podía incluso recomendarles algunas sin miedo a equivocarme. Estaba en la onda. ¡Yeah!

Entonces ocurrió, como suele ocurrir, que cuanto más alto estás mayor es la caída, y una ola de oscuridad se cirnió sobre mí…

¡Llegaron los podcast y los blogs!… y todo cambió. Como no me puedo estar quieta, un día descubrí que había blogs que hablaban de series. Y, todavía mejor, había podcast (que eran algo así como programas de radio) que también. Y para allá que me fui yo rodando. ¡Ojalá nunca lo hubiese hecho! ¡Muerte y destrucción!

La primera vez que escuche uno, se me cayó en alma a los pies:

  • En primer lugar, si habían hablado de diez series, yo sólo conocía dos. Pensé: “vale, no pasa nada, que es que puede que no tengan tus mismos gustos…”.
  • En segundo lugar, cuando nombraban el título de alguna serie que yo pensaba que no conocía, a los 5 minutos de me daba cuenta de que esa serie sí la había visto, pero que con mi inglés del vallecas profundo no había sido capaz de entender el título. “Vale, que no domino el inglés, no pasa nada…” me decía a mí misma.
  • Y en tercer lugar, la gente conocía los nombres de todos los actores: de que series venían, en que películas habían trabajado, en que escuela habían estudiado y, si me apuras, cuál había sido su novia de la infancia. Alucinada me hallaba, porque para mí ese tío no tenía nombre, era el amigo de la prota (sí, ese con pelo rubio y que hablaba raro, vamos) o, simplemente, el tío que lleva siempre pantalones de cuadros hasta los sobacos. Me autoengañaba diciendo “Bueno, no sé… es que mi memoria es muy mala…”.

Pero lo que de verdad me remató fue descubrir que las series que me gustaban eran malas y las series que odiaba eran buenas. Los protagonistas de aquellos podcasts y blogs criticaban ferozmente mis series preferidas y alababan aquellas de las que yo no podía siquiera haber superado el piloto. ¿Yo era tonta? ¿No tenía criterío? ¿Vivía en un mundo paralelo? Así que borré los podcasts y dejé de seguir los blogs con un odio infinito y me respondí a mi misma: “No, MJ, no, no eres una seriéfila… olvídate ya del tema! Esta gente controla mogollón y tu eres una simple mortal a la que le gustan las series

Sí, esa fue mi particular Boda Roja, y en aquel momento murió una parte de mi alma (y yo diría que un gatito también)… Y supe con absoluta certeza que yo no era una seriéfila. Tal vez una aprendíz de tal, pero no me acercaba ni de lejos al “ayudante del ayudante del ayudante de seriéfilo

Cuando superé el mosqueo (que me costó semanas), decidí volver a subscribirme a los blogs y podcast que había abandonado y decidí dejarme guiar y aconsejar. En el fondo, esa gente paracía maja y, de vez en cuando, hablaban de alguna seríe que me gustaba y no eran tan duros.

Sé que jamás aprenderé los nombres de los actores, sé que jamás me gustará Breaking Bad (¡Sí! !Lo he dicho por fin!), sé que no veré comedias porque no me hacen gracia y que nunca usaré ni la mitad de la jerga que utilizáis frecuentemente, sé que nunca me invitarán a estrenos y eventos varios y que mis críticas siempre serán al contrario que las de los entendidos… Pero aún así, me gustan las series: me angustio viendo a Rick siendo perseguido por los zombies, sufro cuando Carrie tiene un brote psicótico, me río cuando veo los fondos de Once Upon a Time o disfruto de las cuchilladas irreales a diestro y siniestro de The Following y espero, algún día, dejar de ser una no-seriéfila y convertirme en una seriéfila.

Pero, mientras tanto, no voy a dejar de seguir viendo series. ¿Me acompañáis?

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