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Un día en la tele

Damos las gracias a Toni de la Torre por patrocinar el artículo gratuito de este mes.Toni de la Torre es el crítico de series más veterano de nuestro país, y acaba de publicar un libro llamado Joyas Seriéfilas en el que reúne aquellas series menos conocidas pero igualmente magistrales que han alegrado su vida seriéfilo. […]

Damos las gracias a Toni de la Torre por patrocinar el artículo gratuito de este mes.Toni de la Torre es el crítico de series más veterano de nuestro país, y acaba de publicar un libro llamado Joyas Seriéfilas en el que reúne aquellas series menos conocidas pero igualmente magistrales que han alegrado su vida seriéfilo. Se trata de series como Bron/Broen, Les Revenants, Burning Bush, Utopia, Hijos del 3er Reich o The Shadow Line. Pequeñas, minoritarias, sensacionales.

Si compras su libro siguiendo las instrucciones en su página web (tonidelatorre.com), Toni te lo dedicará y te lo enviará a casa. Y si le dices que vienes de parte de Fuera de Series, los gastos de envío del libro te saldrán gratis.

Sentado en un avión camino de Barcelona, así estaba yo mientras me preguntaba una y otra vez qué narices hacía ahí. De esta manera comenzó un día increíble que sigo recordando de manera muy especial.

Desde pequeño, siempre me ha fascinado ese aparato con el que hemos crecido la mayoría de nosotros. Sobre todo, desde aquel maravilloso día en que mis padres decidieron ceder a mis innumerables peticiones y me instalaron una televisión en mi cuarto. Cualquier cosa que estuviera ocupando mi tiempo tenía como música de fondo el sonido de tan magistral invento. Dibujos, culebrones, fútbol, informativos, películas, series y, muy especialmente, concursos.

Los concursos son para mí algo emocionante ¿Quién no se ha alegrado cuando el concursante de turno se ha llevado el típico apartamento en Torrevieja? Todos nos hemos llevado la mano a la cabeza cuando, sin dar crédito a lo que veíamos, en el último instante se fallaba la preguntita tonta de rigor cuya respuesta conoce todo el mundo menos la personas que están frente el presentador jugándose los cuartos, y al cual los nervios le juegan una mala pasada. Nos resultaba increíble que no viera la respuesta correcta ni aunque se la pusieran con luces de neón del tamaño de un elefante a cinco metros de su cara. Siempre ha sido un divertimento para mí y, en cierta manera, un reto. El hecho de acertar pregunta tras pregunta, de elegir la puerta correcta, descubrir la frase oculta antes que nadie, o resolver cualquier prueba o acertijo que propongan, es lo que lo hace tan interesantes para mí.

Llegados a este punto es donde entra en juego una persona muy especial para mí: Rosalía, más conocida como Mi Abuela. Cada vez que veíamos juntos La Ruleta de la Suerte, me animaba a llamar para participar al ver que casi siempre resolvía los paneles con facilidad, y lo mismo ocurría con cualquier otro concurso. Yo siempre le respondía con un “algún día, abuela, algún día”, “Pues es una pena, porque seguro que te llevabas algo”, me replicaba con tono de decepción para ver si conseguía picarme, y viendo que no lo conseguía, continuaba con un “con la ilusión que me haría verte por la tele…”. Ese gracioso chantaje emocional y el encanto con el que lo decía es el que al cabo de mucho tiempo me llevó a tomar la decisión de llamar para participar… Bueno, eso y el pasar un tiempecillo en paro, que también ayudó lo suyo.

Así que un buen día, sentado frente al ordenador navegando por internet, me apunté para concursar en La Ruleta de la Suerte, Atrapa un millón y Ahora Caigo, que son los que a priori mejor se me dan y los que mi abuela solía ver. Y lo hice por varios motivos: conocer de primera mano lo que se cuece al otro lado de la tele, la posibilidad de ganar algún dinerillo y, por supuesto, contentar a mi abuela y poder decirle que ya había llamado cuando ella me dijera que debería ir a concursar. ¡Error! Fue pasando el tiempo y la pregunta cambió: “¿Y por qué no te llaman?”, “¿Seguro que has llamado?”, así día tras día.

Pasaron seis meses y los astros parecieron alinearse. El cuatro de diciembre del dos mil trece, a las 15:55, me despedían de mi nuevo trabajo, y a las 16.00 sonaba mi teléfono; se trataba de la productora de Ahora Caigo, invitándome a participar en un casting que se realizaría varios días después en un hotel de Alicante a las 16.00. ¿Casualidad? Cualquiera de mis amigos os diría que tanto cuatro junto, seguro que es una señal (un poco frikis sí que somos, oiga). Por supuesto acepté, y al colgar… ¿Casting? ¡Horror!. Pese a que me considero una persona extrovertida, no soy amante de hablar en público y mucho menos delante de gente que te va a mirar con lupa. Efectivamente, empiezo a investigar por internet y mis temores se confirman, entre otras cosas, tenía que realizar una presentación de mí mismo ante una cámara y varios miembros de la productora. Yo, que me pongo nervioso a las primeras de cambio, que cuando veo la posibilidad de ganar jugando al Risk me empiezan a temblar las manos y se me escurren los dados, me dije: “lo llevo claro”.

Aún con esas, llega el día y como reestrenaba paro y no tenía nada mejor que hacer, me presento al casting con mis mejores galas (léase, camiseta heavy, pantalón militar, botas, pelo suelto hasta mitad de espalda y mi barba descuidada de siempre) y un buen saco de nervios. Entro en la sala correspondiente donde se encontraban unas veinte personas sentadas esperando y dos señoritas muy simpáticas que enseguida me hicieron rellenar un ficha con mis datos y una foto tamaño carnet. Hecho esto, a esperar toca; y mientras, estás simpáticas chicas de sonrisa perenne (y muy guapas, todo hay que decirlo), nos animan a conversar entre nosotros para ver cómo nos desenvolvemos con gente a la que acabamos de conocer y así poder pasar el primer informe a la dirección del casting, haciendo un gran esfuerzo para que el rato que estemos allí sea una experiencia de lo mas agradable posible, lo cual, es de agradecer, y mucho. Es ahí cuando te das cuenta de que existen verdaderos profesionales de los concursos; que si uno había participado en dos; pues otro en cuatro, que si uno ha hecho seis castings; pues otro diez. Gente haciendo esfuerzos titánicos, llegando por momentos al surrealismo, para parecer más simpático y más “guay” que la persona que tiene al lado. Yo observo y de vez en cuando suelto algún hachazo que otro al graciosillo de turno, colaborando en la semijuerga pero sin llamar demasiado la atención mientras sigue entrando gente. Durante la charla me entero de que el casting es para la provincia de Alicante y Albacete, y que llevan tres días de trasiego y alguno más que les queda, desde primera hora de la mañana. Entre la cantidad de gente que pasa por los castings, la de auténticos cracks que hay entre ellos y mis nervios, las posibilidades de pasar el casting me parecían muy reducidas.

Tras un buen rato de confraternización, comienza lo serio. Nos dividen en grupos de quince y vamos pasando a otra sala. Tal y como me lo temía, lo primero que se ve al entrar es una mesa con una cámara y dos personas detrás de ella. Nos colocan en dos líneas y al lío: nos explican en qué consiste esto, que no es otra cosa que hacer una pequeña presentación a cámara comentando tus aficiones, qué harías si ganas el premio, etc… Como buen ateo, rezo a varios dioses para que no me toque ser el primero. Mis oraciones son escuchadas y varios se presentan antes que yo. Llega mi turno y, tras un breve colapso mental, hago mi presentación y paso el primer mal trago (no sé si bien o mal) porque no recuerdo absolutamente nada de lo que dije. Nos pasan a otra sala y a esperar unos minutos. Primera criba, nos llaman a varios y al resto los despiden amablemente. Llega el turno de un pequeño examen de cultura general (bueno, aquí por lo menos no hay una cámara delante, nervios fuera). Parece que nos corrigen el “examen” y llega la segunda criba. De un buen montón de gente, nos quedamos una docena de personas que pasamos otra vez a la sala de la dichosa camarita, esta vez se nos pide una presentación bastante mas extensa y se nos realiza un pequeño simulacro de concurso. En ese momento te das cuenta de que lo de quedarse en blanco y no ver la respuesta por sencilla que sea, no es tan complicado, y todos, absolutamente todos, al llegar nuestro turno fallamos alguna de ellas, entre las que se incluía una de acabar una canción (obligatorio entonar y, a ser posible, bailar… ¡Zas, ahí queda eso!). Tras esta última prueba, nos anuncian a los que hemos quedado que entramos en la base de datos de posibles futuros concursantes y que en cualquier momento nos podrían llamar para concursar. Una pequeña charla distendida con la gente del casting, y tras cinco horas y media después… ¡Logro desbloqueado! Una muy buena experiencia más para el buche. Y esto no había hecho mas que comenzar…

Pasan los días y la llamada no llega. Nos advirtieron que estuviéramos atentos, sobre todo las dos primera semanas tras el casting. A finales de enero, con trabajo recién estrenado, por fin llega la llamada. Cómo no, una chica que rebosaba simpatía me comentaba que me habían escogido para participar en un programa especial de Ahora Caigo. Es decir, que había que disfrazarse. Me comenta que el programa trataría sobre civilizaciones antiguas y que a mí me tocaba disfrazarme de vikingo, por lo que mis ciento noventa centímetros, los ciento diez kilos que peso y las pintas que llevé al casting sirvieron para algo. Tras unas risas, pedir permiso en el trabajo y hacerme un poco a la idea, me vuelven a llamar para darme los detalles del viaje. Era definitivo, iba a participar en un concurso de la tele.

En ese momento, ni tan siquiera se me pasaba por la cabeza la posibilidad de ganar algo de dinero, solo podía pensar que iba a vivir desde dentro algo que siempre había disfrutado desde el sofá de mi salón, iba a descubrir un mundo que para mí era una total incógnita: conocer los entresijos de un programa de televisión, cómo se preparaba toda aquella maquinaría y conocer a aquellos que la hacían funcionar. ¿Cómo será el plató?, ¿Cuánto durará la grabación?, ¿Estará Arturo Valls tan tronado como parece? En fin, un montón de interrogantes a los que por fin obtendría respuesta. Así que durante las dos semanas que restaban hasta el día de la grabación, aguardé con la ilusión de un niño pequeño la llegada de aquel día donde esperaba vivir una experiencia inolvidable

Y llegó el gran día: madrugón y al aeropuerto. Ahí estaba yo, con una maleta de mano con una muda y poco más por si había que hacer noche en Barcelona. El avión salía a las 8:00 de la mañana y en teoría el de vuelta despegaba a las 21:30. ¡Joder! Mal se tenía que dar la cosa si para grabar un programa de una hora no me daba tiempo a cogerlo.

Volvamos al inicio. Sentado en ese avión, con los motores encendidos y el cinturón ajustado, es cuando la ilusión se difumina y mis miedos empiezan a florecer. Me entran ganas de bajar, me pregunto una y otra vez que qué narices hago yo ahí, visualizaba en todo momento cómo iba a caer por la trampilla tras fallar de manera ridícula la primera pregunta, y cómo me quedaría en blanco y no sería capaz tan siquiera de balbucear mi nombre. Pero el avión ya levantaba el morro y no era plan de molestar a la tripulación. Ya no había vuelta atrás.

Tras una media hora de vuelo en la que mi mente no descansó ni un segundo, llegamos a Barcelona. Comienzo a caminar por la terminal hacía el punto donde acordamos que me esperaría el chófer para llevarme al plató. Allí estaba, puntual, con su carpeta del programa, esperándome junto a la Botiga del Barça. Nos saludamos y me comunica que tenemos que esperar a una concursante que venía en mi mismo vuelo y a otra concursante que llegaría desde Bilbao quince minutos después. Al fin nos reunimos y nos dirigimos a plató. Son las 10:00 de la mañana y llegamos a una enorme nave industrial en un desolador polígono de las afueras; eso le restó puntos de glamour a la experiencia, pues yo me imaginaba algo parecido a Hollywood, con muchas luces y alfombras rojas y todo eso. Ahí comenzó la fiesta…

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En la puerta de la nave industrial donde se graba el programa

En la puerta nos recibe la chica con la que había conversado por teléfono, y entre risas y bromas entramos en la nave industrial. Al entrar, toda esperanza de glamour se viene abajo: es una nave industrial inmensa y vacía, excepto todo el lateral izquierdo en el que se encuentran las oficinas de producción, estilismo, vestuarios, camerinos, maquillaje y varias salas de espera (todo decorado de un bonito hormigón); es en el fondo de la nave donde se encuentra el plató. Envuelto en telas negras, lo rodean unas pequeñas gradas desmontables de hierro. Esta chica (Esther, creo recordar que se llamaba) nos va presentando a varios componentes del equipo que van a trabajar con nosotros. Nos comentan que en breve comienza la grabación del primer programa del día. Se graban cinco programas al día, dos días a la semana, empezando a las 10:00 y acabando a las 22:00, por lo que se pegan doce horas trabajando sin descanso.

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Dentro de la nave industrial. Al fondo se ve el plató

Lo primero que nos llama la atención es el buen rollo que tiene toda la gente del equipo de la productora. Todo son sonrisas, abrazos, consejos para que no estemos nerviosos y nos sintamos como en casa. Nos brindan atenciones por todos lados y se preocupan de que en ningún momento nos falte de nada. Anne (la chica que venía de Bilbao) y yo participaríamos en la cuarta grabación, la segunda del turno de tarde. Son las 11:00 y nos acompañan a una especie de sala de espera donde nos encontramos con mas concursantes de otras grabaciones. Ahí tenemos un televisor donde podemos ver el programa que están grabando en ese momento mientras tenemos todo tipo de bollería, bocatas y agua en una mesa por si nos apetece comer algo. Hay que decir que todos los que nos encontramos en esa sala íbamos a ser concursantes del círculo exterior, ya que según me comentaron los concursantes centrales están totalmente aislados en otros camerinos para que no puedan tener contacto con nosotros para así evitar posibles amaños. De hecho, si por motivos logísticos tienen que pasar la noche anterior en Barcelona, son alojados en hoteles diferentes a los de los concursantes del círculo exterior. Cómo no, todos los que estamos en esa sala queremos que el concursante central caiga y gane alguno de los que estamos ahí, es una sensación súper extraña estar viendo el programa por la televisión y, cuando cae uno de los concursantes, entrar segundos más tarde por la puerta de la sala donde estamos entre risas y aplausos.

No llevamos ni veinte minutos allí y nos llaman para ir a ver al estilista, ya que en nuestro caso teníamos que probarnos los disfraces. Risas y más risas con el estilista y gente de producción, todo ello aderezado con sus comentarios: que si “ese vikingo ha caído del cielo”, “que no, que es celta”, “bueno y qué, siempre será mi vikingo” o “esta egipcia sí que es una diosa y no la tonta de Cleopatra”. En fin, aguantando mecha. Yo empiezo a olisquear el aire, intentando detectar algo extraño en el ambiente (sin éxito), ya que me parece imposible pensar que toda esta gente esté tan de buen rollo todo el tiempo sin recurrir a alguna tipo de sustancia no del todo legal… Pero en todo momento es así: un no parar de bromas, risas y cachondeo… Y todo esto mientras los ves trabajar a una velocidad endiablada, corriendo de un lado para otro, ya sea al estilista con sus alfileres, a los de producción con sus papeles y listas o al de sonido con sus micros y cables. Es todo un espectáculo.

Volvemos a la sala y siguen llegando concursantes. Ya estamos casi todos los que participaremos en el especial de civilizaciones antiguas. Termina el primer programa, y entre grabación y grabación entra en juego el regidor o animador, como yo lo definiría. Él se encarga de entretener al público y, entre bromas, decirles cuándo tienen que aplaudir, reír, etc… Es un show digno del club de la comedia que hace que el ambiente entre el público no decaiga ni un instante.

Son las 12:30 y en la sala entra gente de producción que, como siempre, entre risas y bromas (siento insistir tanto en esto, pero es que me llamó increíblemente la atención) nos explican el funcionamiento y reglas del concurso: nos dan a leer y firmar el contrato pertinente y mientras nos comentan lo que necesitan de nosotros dándonos múltiples consejos (nada de nervios, habéis venido a pasarlo en grande y a hacerle pasar un buen rato a la gente que os vea). Exponen y, con razón, que nosotros al ir disfrazados tenemos menos motivos para estar tensos y nerviosos. Nos sacan unas bolitas para sortear la posición que ocuparíamos en el plató, y vuelta con los números, saco el 7, buen rollito, otra señal, ese número es muy especial para mí y mis amigos, mola.

Llega la hora de comer, y pese a que en la nave hay un comedor con buffet, nos invitan a comer en un restaurante de la zona. La verdad es que es alucinante el trato que nos dan a mí y a mis compañeros. Después de la comida toca prueba de sonido y probar las trampillas. Nos colocamos en nuestras posiciones, ajustan micros, nos explican cómo posicionarnos para caer por la trampilla y tres, dos, uno… ¡Para abajo! La caída nos es tan grande como puede parecer por televisión, pero impone un poquito. Habrá algo menos de dos metros de altura y el fondo esta cubierto de infinidad de cubos de gomaespuma… Y ni rastro del tal Vicente que se supone se come a los concursantes :). De ahí, directos a vestuario y maquillaje mientras comienza la grabación del tercer programa.

Ni que decir tiene que fue muy divertido ver cómo te vestían y cómo la gente de maquillaje y peluquería hacía todo lo posible para que aparecieras en la tele lo más digno posible. Todo eran risas y caras de sorpresa cada vez que nos mirábamos entre nosotros o frente al espejo. La verdad es que se lo curraron mucho. Se acercaba el momento y los nervios empezaban a salir por todos lados. Entre nosotros intentábamos tranquilizarnos contando chistes y liberando tensión entre risas (mención especial a Miguel, eres un crack).

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Algunos de mis compañeros aquel día

Y llegó el ansiado y temido momento. Son las 19.00 y comienza la grabación. El chaval de sonido ajustando micros, el estilista dando los últimos retoques a los disfraces… Y ¡Zas! Subes las escaleras, las luces, el público, las cámaras, cada uno en su posición y que comience el espectáculo. Arturo Valls entra disfrazado de Rey Arturo (o eso intentaron) y por fin conocemos al concursante central: un samurái con unas rastas largas y una larga y espesa barba. Nada más entrar se fijo en mí y, supongo que por ser compadre de barba y pelo largo, me hizo un gesto de aprobación con su pulgar. Empezaron las preguntas y la gente a caer. Una de las veces que el samurái tenía que elegir a quien enfrentarse, me miró y me dijo: “Tú, para luego”. Yo estaba más que contento sólo por estar ahí viviendo eso, y cruzaba los dedos para que no me eligiera y así evitar hacer el ridículo.

Pero no fue así. Otra señal se avecinaba, ya que me escogió en la 7ª ronda. Una vez más, el dichoso número 7 otra vez, ¡y encima se repite tres veces! Posición de concursante 7, las 7 de la tarde., la 7ª ronda. Esto no puede salir mal.

Hice mi presentación, acerté la primera pregunta pese a los nervios (por un momento me quedé completamente en blanco) y él acertó la suya. Volví a acertar otra pregunta y cuando llegó su turno nuevamente, los nervios le jugaron una mala pasada (se jugaba once mil euros) y se quedó en blanco con una pregunta bastante sencilla. De hecho, yo creía que me estaba vacilando y respondería en el último momento, pero no lo hizo. Y cayó. No me lo podía creer, había ganado. Había ido a pasármelo en grande, a conocer ese mundo por dentro, y no sólo lo había hecho, sino que además me iba a llevar un piquito. ¿Recordáis? Todo empezó un día 4, a las 4 de la tarde, se tenía que repetir 3 veces, pues en efecto: ¡Cuatro mil euros! Y pálasaca. Estaba viviendo un sueño, y así me parece hoy en día. Así lo recuerdo.

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Aquí estoy yo, disfrazado de vikingo, en la posición de concursante 7

Acaba la grabación y todo eran abrazos y felicitaciones de mis compañeros y del equipo de la productora. Incluso me salieron fans entre el público que me pedían hacerse fotos conmigo y todo (por un minuto me sentí como Justin Bieber). Un rato después, a firmar el premio y esperar. Esperar a que se emita el programa, y una vez emitido, 90 días para cobrar.

Se hizo tarde y era imposible coger el vuelo de vuelta, así que la productora, en menos de cinco minutos, me reservó una habitación de hotel y un vuelo a primerísima hora de la mañana. Me trasladan al hotel en una furgoneta con varios miembros del equipo de la producción del programa, que tras más de doce horas de trabajo seguían de buen rollo, con una sonrisa increíble dibujada en sus rostros y con la sensación de que habían disfrutado haciendo su trabajo tanto como yo viviendo esa experiencia. Llego al hotel y allí me estaban esperando varios compañeros, incluido el concursante central, para cenar (cómo no, a cuenta de la productora). Una buena cena, en buena compañía, una charla muy agradable y a intentar dormir, que en seis horas nos esperaba un taxi a Inés (la china) y a mí para llevarnos al aeropuerto.

Ya en la habitación, aún alucinando, llamada a mi mujer y a mi madre para comunicarles el notición. No se lo dije a nadie más, quería que se llevaran la sorpresa cuando emitieran el programa. Y así, con ese subidón, me acosté. Al día siguiente, vuelo a Alicante, duchita rápida y a trabajar.

De ese día me llevo una experiencia inolvidable y totalmente recomendable. Conocer lo que se cuece detrás de las cámaras, confirmar que Arturo Valls está completamente chalado (¡es un FENÓMENO!), conocer a ese fantástico equipo de Gestmusic que hizo y hace que toda persona que participe en ese concurso pase un día fantástico rodeado de risas y buen rollo y, sobre todo, conocer a unos compañeros que ya considero amigos después de haber vivido una experiencia de ese calibre. Gracias por haber compartido conmigo este viaje tan especial.

Dos meses después, por fin llega el día y se emite el programa. Reunión familiar para verlo, todos mis amigos pendientes del programa, pero lo que me hacía más ilusión era que Mi Abuela, la principal responsable de que hubiera participado, pudiera verlo. Sé que le hizo una ilusión especial el verme aparecer en televisión participando en el concurso.

Menos de un mes después, mi abuela falleció. Allá donde estés, va por ti Abuela.

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Foto de grupo de todos los que participamos en el programa

Anexo

Por si os apetece ver el programa, aquí podéis ver la repetición por streaming (requiere darse de alta como usuario en Atresplayer.com, lo cual es gratis): http://www.atresplayer.com/television/programas/ahora-caigo/temporada-1/capitulo-613-10-04-14_2014041000364.html

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