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Una camiseta de marca

Los expertos en branding, ésos que nos explican por qué amamos Apple, Prada o Coca-Cola, ésos que hacen que amemos Apple, Prada o Coca-Cola, se hartan de decir que para que una marca sea, no ya buena marca, sino marca a secas, tiene que contar ALGO. Tiene que haber una historia detrás, una historia que […]

Los expertos en branding, ésos que nos explican por qué amamos Apple, Prada o Coca-Cola, ésos que hacen que amemos Apple, Prada o Coca-Cola, se hartan de decir que para que una marca sea, no ya buena marca, sino marca a secas, tiene que contar ALGO. Tiene que haber una historia detrás, una historia que está en unos productos, tras ellos y bajo ellos, sosteniéndolos. Una historia que ES esos productos. Una marca es un relato y un mundo o, como diría un cursi, “un modo de vida”. Si no, la marca no es tal, sino un simple batiburrillo de identidad corporativa, logo, packaging y producto. Es lo que ves, nada más. La suma de sus partes.

HBO es quizá la marca más y mejor marca que existe en el universo de las series de televisión. “Es de FOX” o “es de Sony” no predefinen tanto una serie como “es de HBO”. Pocos son los que escriben de televisión que conocen y/o han visto todas las series de Fox o de BBC (dos marcas también potentes, sobre todo la segunda), pero menos aún los que no han visto como mínimo algún episodio de todas las series de HBO. Al menos de todas las creadas desde que las siglas de Home Box Ofice se convirtieron en el sello mágico que distinguía la televisión de, como decía el propio slogan de la cadena, algo que pretendía ser algo más, algo mejor. “It’s not TV, it’s HBO” era un slogan tan brillante como engañoso.

Claro que HBO es TV, cómo no va a serlo. Pero es que hubo una época en el que su televisión era tan distinta que podía incluso pensarse que era otra cosa. “Mejor, sí, otra cosa mejor”: ése era el mensaje. Un mensaje que caló y que aún ahora, con la cadena tratando de usted a competidores a los que antes ni miraba a la cara (hola, AMC), se niega a ser borrado. Por eso HBO es una gran marca. En el mundo de la televisión, podríamos decir que es LA marca.

Para los que nos dedicamos a escribir sobre televisión es casi obligatorio ahora, si no hablar mal, sí cuestionar a HBO. Por un lado es justo, pues la cadena ya no es aquella empresa intratable que iba donde no iba nadie y hacía lo que ninguno se atrevía a hacer. Por otro lado, hay cierta inquina, envidia incluso, en los ataques que HBO recibe con cada vez mayor frecuencia.

Es cierto que Hello Ladies o Family Tree, por hablar de dos de sus últimos productos, son comedias tan menores que podrían parecer indignas de compartir catálogo con Entourage o Curb Your Enthusiasm, pero también es verdad que Juego de Tronos, la última gran revolución televisiva (por favor, no os molestéis en refutar esto), nació en la misma casa. Y, sobre todo, lo que es indiscutible es que TODOS los que ahora nos autoproclamamos seriéfilos le debemos a HBO una proporción apabullante de nuestra cultura televisiva. Sin HBO esta revista, por ejemplo, no existiría.

Muchos ignoran que series como El Autoestopista o Fraggle Rock son también de HBO. O que la revolución realmente empezó con Oz. O que esa Sexo en Nueva York que ahora vemos con una mezcla imposible de nostalgia, indignación y asco fue igualmente revolucionaria. El gran público comienza el relato de la marca HBO en Los Soprano, The Wire y A Dos Metros Bajo Tierra, series tan sagradas que no hace falta que yo hable aquí de ellas. Pero lo haré de todos modos, porque hablar de HBO y no recrearse en su santísima trinidad es, nunca mejor dicho, pecado.

No niego que se hace raro hacerlo en un medio como éste, que presupone (sí, lo presupone) que sus lectores no sólo han visto las tres series, sino que las veneran, que juran por ellas y que las tienen en la estantería al lado de Proust y Franzen. Tampoco me equivoco si afirmo que si hay algo que a los fanáticos de las series les gusta hacer es hablar de ellas. De SUS series. Dudo que haya ningún autoproclamado seriéfilo que no considere que, al menos una de las tres grandes de HBO es suya. La mía es A Dos Metros Bajo Tierra. Quizá Los Soprano sea la serie perfecta y The Wire algo parecido a una serie (otro día hablaré sobre esto) pero también perfecto. Al contrario, A Dos Metros Bajo Tierra si algo es es imperfecta. O, volviendo a recurrir a la cursilería, “imperfectamente perfecta”. Y lo es gracias a HBO.

Cuenta Brett Martin en el interesantísimo Difficult Men que a Alan Ball le pidieron desde la cadena que los personajes de la serie estuviesen “más jodidos aun” que en el proyecto que el guionista presentó inicialmente. Y así se hizo. El resultado fue siniestro y a la vez maravilloso: aquellos personajes tan jodidos eran tú y yo, tu madre y tu padre, tu hermana, tu amante y tu ex. Aquella gente, tan aparentemente lejana a tu mundo, era tu gente. Identificarse con Tony Soprano o con McNulty entraba dentro de lo posible. No sentirse parte de la familia Fisher era prácticamente imposible. A Dos Metros Bajo Tierra era el espejo en el que cualquier familia encontraba un reflejo. Aunque fuese uno doloroso, grotesco, exagerado y (cuidado que mancha) minimalistamente certero. Es increíble cómo se logró que las peripecias, algunas bastante culebronescas, de una familia desquiciada conectasen tanto con los espectadores. Sin aviso previo, descubrimos que aquello de la “familia disfuncional” no era sino un eufemismo. Que los Fisher eran freaks. Y tu familia también.

Alan Ball, como hizo también en American Beauty, diseccionó uno a uno a sus personajes y mostró el monstruo que habitaba en ellos. Luego diseccionó al monstruo hasta hallar su corazón, lo sacó a la luz y nos lo mostró a todos. Perdón por el empalago, pero si A Dos Metros Bajo Tierra tiene un mensaje (uy, qué palabra-concepto más peligrosa), ése es que todos llevamos dentro un monstruo y, dentro de él, un corazón. Que todos somos buenos y que todos estamos perdidos. A mí esta serie y HBO no me ayudaron a encontrarme (en ello sigo), pero sí me enseñaron a tomarme la búsqueda con calma y, por qué no decirlo, resignación. La eficacia narrativa de Los Soprano y la sabia frialdad de The Wire contrastan enormemente con los altibajos y los vaivenes de A Dos Metros Bajo Tierra. También con el glamour y la sofisticación plastificados de Sexo en Nueva York y con las estilizaciones de Deadwood y Carnivàle. Pero todas, y las que hubo antes, y las que llegaron después, forman un corpus coherente y poderoso: el universo HBO. LA marca.

Lo de aquellos años no se repetirá. Tenedlo claro. Si hubo una Edad de Oro de las series de televisión, fue aquella. Y fue en HBO, de HBO. ¿Que luego, nadando en dinero, prestigio y merchandising, la cadena se durmió en los laureles? Puede ser. Aunque no creo yo que Girls, Boadwalk Empire, In Treatment, Enlightened, Bored to Death o Treme puedan ser consideradas parte de una siesta corporativa tras un atracón de reconocimientos y dólares. Si seguimos poniéndonos nerviosos cada vez que una nueva serie empieza con esas tres inconfundibles letras en la pantalla, por algo será. Esa H, esa B y esa O, disparan resortes en nuestra memoria que nos llevan a Tony Soprano en batín, a Ruth Fisher probando por error la droga de su hijo o a McNulty empinando el codo una vez más. Nos devuelven a algunos de los mejores momentos que hemos pasado delante de una pantalla. Y nos justifican a la hora de comprar y ponernos una camiseta negra cuyo único adorno es un “HBO” gris claro en el pecho. Es una camiseta de marca y uno la luce con orgullo.

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