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Welcome to Japan

Las seis de la mañana no es una hora muy habitual para sentirse emocionado y enloquecido de alegría. Mucho menos tras pasar 12 horas en un avión que ha recorrido la mitad del globo terráqueo dejando tu hogar casi en las antípodas de tu posición actual. El cansancio hace mella siempre, pero cuando uno siente […]

Las seis de la mañana no es una hora muy habitual para sentirse emocionado y enloquecido de alegría. Mucho menos tras pasar 12 horas en un avión que ha recorrido la mitad del globo terráqueo dejando tu hogar casi en las antípodas de tu posición actual. El cansancio hace mella siempre, pero cuando uno siente que ha alcanzado un hito vital, que puede tachar una línea en esa clásica lista de “Cosas que hacer en la vida”, la mella se restaura en pocos segundos, por lo menos hasta que el jetlag haga su triunfal aparición. Pero de momento eso puede esperar. Caminar por los pasillos casi desiertos de un aeropuerto internacional cuando el sol apenas asoma entre la capa de grisáceas nubes es toda una experiencia, una deseada aunque no buscada, es algo que va de extra en ese paquete que es realizar el viaje de tu vida, uno para el que llevas ahorrando durante años tanto dinero como esperanzas, que has alimentado buscando información durante horas creyendo, más que nunca, eso de que el saber no ocupa lugar. Un viaje que supe que quería realizar hace muchos lustros y que no creí que estaba comenzando hasta que pasé arrastrando mi maleta por debajo de un colorido cartel que rezaba un mensaje tan simple como importante: “.

Como muchos de los hijos de los años 80 descubrí el manga y el anime antes de saber qué eran el manga y el anime. Sentarse frente al televisor sintonizando las televisión autonómica de turno o la fresca ola que aportaba en su momento Telecinco, suponía unas buenas horas disfrutando de series como Dragonball, Dr. Slump, Caballeros del Zodiaco, Johnny y sus amigos (Kimagure Orange Road), Sailor Moon, Lupin, Chicho Terrstrongoto, Campeones: Oliver y Benji, Bésame Licia (Ai Shite Night), Dos fuera de serie (Attacker You!) y otros productos que conseguían algo que hoy parece complicado: no disgregar por sexo a la chavalada que había sobrepasado los diez años. Se trataban de series distintas a lo visto hasta el momento, con una animación que daba bastante risa debido a la escasez de la misma, que presentaba situaciones picantes, sangrientas peleas, problstrongas dignos de la edad del pavo, dramas familiares, aventuras increíbles y mucho más en pleno horario infantil. Tardamos un poco en descubrir que todas estas series tenían como nexo de origen Japón, un país que nos sonaba a sinónimo de ninja, samurai o Godzilla y poco más, un absoluto misterio para nuestras imberbes mentes.

El siguiente asalto se produjo en los kioscos. Cuando estos establecimientos tan vapuleados en la actualidad eran pequeñas tiendas especializadas en cómic, era común vernos paseando por sus escuetos pasillos hojeando el último número de Spawn o X-Men bajo la asesina mirada del encargado de turno. La irrupción del manga en España no ayudó a paliar la situación. Las mismas series que veíamos en televisión tenían una versión impresa y sin color, algo inaudito y que personalmente me revolvió la cabeza hasta descubrir que esos cómics japoneses (de nuevo, no había ni idea de lo que era un manga) eran el origen de muchas de las series que llevaban emitiéndose desde unos pocos años atrás. Se abrió un nuevo camino para un servidor y muchos más prepúberes, y ese camino acababa en Japón.

Las siete y media de la mañana

Me encuentro en un autobús que recorre los 50 kilómetros que separan el aeropuerto de Narita de Tokio. Mientras observo los campos de arroz y las ocasionales viviendas que se deslizan a mi paso, asimilo los años que llevaba ansiando estar donde estoy. A medida que observo como el majestuoso verde del campo japonés va dando paso al fascinante gris de la capital sonrío como el crío que se plantaba frente al televisor para ver cómo Goku le destrozaba la cara a Piccolo. Justo cuando veo de pasada un centro Carrefour, el único de todo Japón según informa nuestra guía, caigo con la mayor de las dulzuras en la total aceptación de que estoy ahí, en un país que imaginaba a través de series de animación y cómics casi sin color. El hecho de que, diez minutos más tarde, esté circulando por una autopista que esquiva un bosque de edificios me asegura la máxima que reinará en mi viaje: la realidad supera a la ficción.

Decir que Tokio es grande es como decir que la Luna está lejos. Hasta que uno no lo comprueba por si mismo no descubre lo cortas que son sus palabras. Dudo que algún día pueda estar de camino a nuestro satélite, pero creedme cuando os digo que vislumbrar una ciudad que acaba mucho más allá del brumoso horizonte hace que uno se sienta mucho más que perdido entre los 12 millones de habitantes que la habitan. Pero para todo aquel que sembró su obsesión por Japón con el anime y la regó leyendo páginas y páginas de manga, el primer objetivo está más que claro.

Akihabara

Los japoneses consideran Akihabara el barrio de los raritos, donde oleadas de chavales y hombres solitarios acuden con sus mochilas en la espalda para abastecerse de kilos (y me refiero literalmente) de mangas, DVDs, Blu-Rays, videojuegos, figuras y más merchandising que no podemos ni imaginar hasta que no lo vemos con nuestros propios ojos. Fueron mis primeras horas en Akihabara las que me descubrieron que el mercado de manga y anime en nuestro país, no sólo es ridículo en comparación con el nipón, sino que la oferta en este último es simplemente inabarcable. Con cada nueva temporada de anime, la cual coincide aproximadamente con cada estación climatológica, Akihabara parece cambiar su “decoración” a fin de promocionar los animes estrellas del momento. Pocas son los que consiguen un éxito tan titánico como para seguir siendo rentables pasados los años. Por si os lo estáis preguntando, sí, Dragonball sigue siendo un referente en Japón, pero en lo que respecta a ventas y éxito en general, One Piece es el manga y el anime que lleva la voz cantantes desde hace ya varios años. Aunque no podría discernir si Gundam, una franquicia de “mechas” (robots gigantes) que lleva más de 30 años funcionando, genera más dinero gracias a la venta de figuras y maquetas. Es simplemente imposible asimilar Akihabara en si mismo. En un momento uno está intentando recorrer estrechos pasillos delimitados con estanterías repletas de manga para después hacer lo mismo en establecimientos dedicados al videojuego retro o en Don Quijote, el concepto japonés de nuestra tienda china pero elevado a la potencia de un edificio de 9 plantas. Así se hacen las cosas en Japón.

Los japoneses

No es hasta superar el jetlag cuando uno se da cuenta de los japoneses. No toméis de forma ofensiva mis palabras, más bien al contrario. Una de las cosas que más valoran en Japón es el silencio, es algo que uno descubre cuando está en una de las ciudades más grandes del planeta y lo que oye es un inusual y relativo silencio. No hay casi bocinas, no hay gente hablando a gritos más allá de las zonas comerciales en hora punta, simplemente uno observa como la gente pasa por su lado como si deseara no ser notado camino de su trabajo, el lugar donde reside la verdadera religión de Japón.

La verdadera moraleja que nos enseñó Dragonball es que, con esfuerzo, uno puede conseguirlo todo. Es algo que aparece no sólo en la obra cumbre de Akira Toriyama, sino en otras muy conocidas como la mencionada One Piece, Naruto o Bleach, todas ellos mangas y anime de gran éxito entre el público joven. La doctrina del esfuerzo se aplica en Japón desde la escuela, es por eso que gran parte de la sociedad nipona está acostumbrada a vivir para su trabajo, regalando su tiempo y prácticamente su vida por el bien común empresarial y social. Es un concepto que, como español, me cuesta mucho entender, pero es simplemente porque en nuestro país funcionamos de otra forma.

Es esta cultura del esfuerzo y el desvivirse por el bien ajeno la cara y la cruz de la sociedad japonesa, algo que uno también vive de forma directa una vez está allí. No puedo hablar como si hubiera trabajado para una empresa japonesa, pero sí puedo hablar como alguien que se ha beneficiado del trabajo ajeno, es por ello que cuando uno habla de querer mudarse a Japón, debe tener muy claro que, al igual que en cualquier otro país, no es lo mismo ser turista que residente. Como turista uno descubre la famosa y cierta amabilidad japonesa, la cual me sigue sorprendiendo cada vez que pienso en las las experiencias que me proporcionó en mis viajes, pero también descubre otros aspectos que entristecerían a mucha gente que cree que Japón es así las 24 horas del día. Es lo que me gusta llamar “pasar del Japón otaku al Japón real”.

Podemos tener muchas ideas preconcebidas y muy variadas antes de viajar a Japón, ideas nacidas gracias a todas las obras de ficción que hemos leído. Puede no parecer un buen referente sobre el que cimentar nuestros prejuicios, pero es muy cierto que en muchos mangas y animes hay instantes de las sociedad real japonesa. Yo no descubrí por qué los personajes de un anime cruzan los brazos en forma de cruz para negarse a hacer algo hasta que no ví como el dependiente de una tienda corría hacía mi con la misma postura para decirme que estaba prohibído hacer fotos. No descubrí la realidad de las reverencias hasta que no comprobé que se usan de la misma forma en la que nosotros nos damos la mano o besos en las mejillas. Y sobretodo me quedé sin descubrir otros muchos aspectos de una sociedad que fascina por las enormes diferencias que plantea frente a la española.

Aceptando de la mejor manera posible estas diferencias, pude disfrutar de una manera especial mis estancias en Japón, como alguien que simplemente debe preocuparse en observar y cuidar lo mejor posible la salud de sus piernas tras enormes caminatas. El objetivo ya no era comprender la sociedad japonesa, era simplemente estudiarla, porque a cada minuto de estudio uno no puede sino maravillarse, incluso de las cosas más sórdidas y potencialmente peligrosas.

Kabukichö, Yoyogi y Book Off

Recuerdo con un peculiar cariño mi paseo por Kabukichö, el conocido como barrio rojo de Tokio, unas pocas calles llenas de clubs de alterne tanto para hombres como para mujeres, bares, locales de apuesta y restaurantes. Kabukichö es también el punto de encuentro recomendado para todo turista que quiera saber lo que es la Yakuza, la mafia japonesa. Podéis catalogarme como rarito, pero me pareció simplemente fascinante pasear por calles en las que uno compartía asfalto con unos personajes que han alimentado un imaginario tan famoso. Lo único que debe tener en cuenta el turista antes de cruzar el luminoso neón que delimita la entrada a Kabukichö es que ahí es mucho mejor guardar la cámara. Si uno camina con la simple ambición de observar de lejos, será recompensado con la indiferencia de la Yakuza. Quién sabe, incluso puede que alguno se acerque a ofrecer los servicios de sus “chicas de compañía”.

El ambiente de Kabukichö choca completamente con el de lugares como Yoyogi, uno de los pulmones de Tokio y el mejor lugar para descubrir en domingo cómo es el ocio más simple, más allá de las visitas a las cafeterías y a los salones recreativos que se pueden ver en infinidad de mangas. Los domingos en Yoyogi son un variopinto escenario de gente practicando yoga, tai-chi, malabares o deporte y de público disfrutando de un concierto en directo o de los numerosos puestos de un bullicioso mercadillo. Es el lugar idóneo en el que descubrir cómo se realiza una boda sintoísta y preguntarse por qué ninguno de los asistentes a la misma sonríe en la foto de familia. Contrastes, muchos más contrastes que dificultan más la posibilidad de comprender la sociedad japonesa como turista. Pero ya he aclarado mis pensamientos días atrás y simplemente soy un observador que quiere disfrutar de lo que ve como un lector disfruta de lo que lee. Y curiosamente, no se me ocurre mejor lugar para ser lector que Japón.

Resulta extremadamente curioso que, según un estudio reciente, Japón sea uno de los países que dedica menos horas a la semana a la lectura. Y resalto lo de extremadamente porque las librerías son unos de los comercios más profusos en cada ciudad. No es nada difícil encontrar un establecimiento de la cadena Book Off mientras camino por las calles de Tokio e incluso cuando circulo por alguna carretera secundaria. Esta cadena de librerias de segunda mano es toda una institución en Japón. Sus elevadas estanterías resultan la envidia de cualquier aficionado a la lectura, ya sea de libros convencionales como de mangas. Los irrisorios precios que marcan cada uno de los ejemplares incitan a comprar alguno incluso sin saber leer ninguno de los silabarios japoneses. Simplemente uno considera una ofensa no comprar un manga de 300 páginas cuando el precio de este no supera el euro. Por esto Japón es el paraíso del aficionado al manga. No se trata sólamente de que sea la cuna del género, del formato y de la industria (que ya es suficiente), también es la impresionante accesibilidad al mismo, la cual ofrece literalmente una oferta inabarcable para una vida humana. Es en los pasillos de cualquier Book Off cuando uno suele hacer la promesa que sigue al viaje a Japón: debo aprender japonés. Pero esa es otra historia.

Japón es más que Tokio

Los días en Tokio avanzan y cierto tedio hace mella en conjunción con el cansancio. Es entonces cuando se agradece salir de la gigantesca metrópolis para visitar, nunca mejor dicho, prados más verdes. Tokio es Japón, pero Japón no es Tokio, y a cientos de kilómetros en tren me planto en la que ya considero mi ciudad japonesa preferida, Kioto. Siempre se usa Kioto como ejemplo del Japón más tradicional, en contraste con el mundo futurista que plantea la capital japonesa, pero lo cierto es que, si bien esto es cierto, Kioto es más bien una perfecta conjunción entre los dos mundos. En muchos mangas y animes, por alguna razón u otra, los personajes acuden de visita a Kioto para realizar casi siempre las mismas actividades, que se reparten en las visitas a los numerosos e impresionantes templos que pueblan la ciudad. Así que no me sorprende pasar el día haciendo lo mismo y cual Scarlett Johansson en Lost in translation perderme entre la paz que airean los templos y las calles de la antigua capital mientras me cruzo con algunas Maikos, las conocidas como aprendices de Geisha.

En en esos días cuando me descubro pensando cada vez menos en mangas y animes y más en el Japón real, el que está bajo mis pies y que me ha regalado una cariñosa y efectiva bofetada para cambiar todo los puntos de vista posibles que tenía como aficionado a las obras de origen nipón. Tal vez consideréis con mis palabras que unas visitas a Tokio y Kioto son suficientes para ello, pero no es así. Japón tiene mucho más que ofrecer en cada uno de sus territorios y rincones, los cuales embelesan con sus propios encantos de una manera más que efectiva.

Un aficionado al manga y el anime puede sentirse satisfecho tras visitar Akihabara pero no debe obviar su equivalente en Osaka, Den-Den Town. Un amante de la naturaleza puede ver, con mucha suerte, el monte Fuji desde la Torre de Tokio pero no descubrirá su majestuosidad hasta que no ponga sus pies en el inicio de la ruta a pie para ascender hasta su cumbre. Y, sobre todo, un aficionado a la historia puede leer textos kilométricos sobre la bomba de Hiroshima pero jamás comprenderá la envergadura de tal hecho hasta que no se encuentre en el Parque de la Paz contemplando la Cúpula de Genbaku.

Lo malo de todas estas experiencias es notar como van llegando a su fin, como un sueño que ha tardado demasiados años en llegar va dejando paso a la cotidianidad que espera tras un nuevo viaje en avión de más de 12 horas. Pero lo peor de todo es embarcar con la sensación latente de que han habido muchos más lugares y experiencias que han faltado para llegar mi visita a Japón. El tiempo que pasé en el lugar conocido con el cliché de “El país del sol naciente” supuso un cambio en mis entrañas como ningún viaje antes me había provocado. Me voy dando cuenta de que será así a medida que avanzo de nuevo por la terminal del aeropuerto de Narita, camino del avión que iniciará mi regreso a casa, y mientras recuerdo aquel cartel que me daba la bienvenida a Japón. Acto seguido empiezo a contar los días hasta que vuelva a ver ese cartel con mis propios ojos.

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