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Críticas

Crítica: ’30 monedas’ 1×01 — ‘Telarañas’

La serie de HBO España supera todas las expectativas en su estreno

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Macarena Gómez y Miguel Ángel Silvestre en el primer episodio de ’30 monedas’. (Fuente: HBO España)

Este artículo se ha escrito tras ver el primer capítulo de ‘30 monedas’ y contiene spoilers.

Demoledor. Si tuviera que usar solo un calificativo para el primer capítulo de 30 monedas sería ese, sin duda. La espera ha merecido la pena y tengo la sensación de que seguirá siendo así. Durante poco más de una hora y cuarto, Álex de la Iglesia consigue que los fans del género (entre los que me incluyo) y aquellos que no lo son hayan visto superadas las expectativas. Y es que 30 monedas es Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría en estado puro. Sin ambages, sin medias tintas y sin peros.

Se trata de una ópera terrorífica que conjuga el costumbrismo y el satanismo en un país donde el catolicismo yace y subyace en nuestro ADN. Podemos ser creyentes o no, pero esa cercana, y a la par lejana, institución llamada Iglesia y todo lo que representa sigue viva en todos y cada uno de nosotros. Desconocerla da miedo, pero conocerla aterroriza aún más. El lienzo que diseña Alex de la Iglesia te atrapa desde la primera escena. Y es que el recorrido del “sectario” por las anodinas calles de Ginebra despierta interés desde que aparece en pantalla. Su atraco al banco, sin mediar palabra, inmune a las balas (memorable la escena del ascensor), el saqueo de la caja fuerte y el regreso al coche donde le espera un ¿cardenal? no tiene desperdicio. Más aún cuando este le arranca un extraño colgante, muriendo ipso facto el “sectario” y le quita la moneda que ha robado de la caja de seguridad.

Acto seguido, los créditos iniciales. Y sube la apuesta: un caleidoscopio a lo Miller sobre el origen del título y argumento de la serie en forma de créditos donde no puedes pestañear (y mala suerte si lo haces). Ahora, decides, llega un respiro, pero este dura poco. El realizador vasco cambia tercio y te lleva a un pueblo de Segovia, Pedraza, en la que una veterinaria, Elena (Megan Montaner) asiste a una vaca en un parto. La operación levanta expectación y hay congregados varios personajes esenciales en la trama de este episodio. Carmen (Carmen Machi), propietaria junto con su marido de la vaquería o Antonio (Javier Bódalo), el “tonto” del pueblo asisten anonadados al alumbramiento de un niño en vez de un ternero. El pueblo comienza a agitarse.

El suceso causa estupor y recurren a las otras dos fuerzas vivas del pueblo: el alcalde, Paco (Miguel Ángel Silvestre), un hombre torpe y bienintencionado, y el cura, el padre Vergara (Eduard Fernández), un sacerdote exorcista que lleva poco en el pueblo, extraño y atribulado por un pasado turbio. El parto de la vaca, grabado en vídeo, les invita a pensar que es un fake y ninguno de los dos le da demasiada importancia, pero Elena prosigue por su cuenta. Todo cambia cuando el recién nacido, acogido temporalmente por Carmen, es raptado por Antonio. Y más aún, cuando descubrimos, más adelante, que cuando tiene solo dos días de vida ya camina. Y hasta aquí puedo (y quiero, pero les dejo la invitación sobre la mesa) escribir.

La primera parte del capítulo nos muestra los personajes y nos brinda las pistas de una trama nutrida de intriga, inquietud y desasosiego. La segunda parte aborda terror y horror a partes iguales, trufada con un punto de aventura y conspiración que nace dos mil años atrás y que se reprodujo en el pasado de Vergara. Y es cuando el infierno (o lo que imaginamos de él) comienza a desatarse. Porque 30 monedas es exceso y desbocamiento (¿alguien se imagina un infierno que no lo sea?) y eso brindan ambos creadores al espectador. Entre ambos actos se forma la telaraña por la que espectadores y protagonistas transitarán con la esperanza de no ser engullidos por el monstruo ni devorados por el miedo. Y por si fuera poco, con dos “subidones” en la parte final del capítulo. Subiendo más aún la apuesta.

Megan Montaner en este episodio. (Fuente: HBO España)

Una historia atractiva y sugerente necesita un elenco igual de atractivo y sugerente. He aquí otro gran acierto. La capacidad que tiene Eduard Fernández para trasladarte, no solo al rol que interpreta, sino al mundo que su personaje vive es de difícil explicación. Al margen de su transformación física, ya de por sí reseñable, el actor catalán imparte clases magistrales en cada escena; me fascinan los planos donde eres capaz de atisbar su destino con una sola de sus miradas. Que Miguel Ángel Silvestre ha demostrado cierta versatilidad era de todos conocido, pero al punto que le lleva Álex de la Iglesia, creo que nadie lo esperaba. Su constante pose (y sumamente creíble) torpona, prudente y amedrentada por el pueblo y su mujer, donde lejos de ser héroe, es el damnificado, resulta gratificante y supone una prueba superada.

Megan Montaner abraza a un personaje lastrado por el pasado, sí, pero cuya valentía le obliga a continuar aun a riesgo de su propia vida; tal equilibrio es complicado de ejecutar, y lo hace francamente bien. Por último, y lo he dejado adrede para el final, Carmen Machi. Si alguien me hubiera dicho alguna vez que pasaría miedo gracias a esta actriz, no lo hubiera creído. ¿Carmen Machi? Jamás. Todos los amantes del género tenemos escenas que guardamos en la retina como oro en paño a las que ahora habrá que sumar las de Carmen. Esa escalera, ese rincón tras la cuna… La actriz madrileña está maravillosa, sin paliativos.

El primer capítulo alberga una mezcla seductora, un cóctel hecho a base de posesiones, historia, conspiraciones, héroes atribulados, el aroma cañí, terror y monstruos. Leído así, puede no decir nada, pero cuando esta retahíla es articulada en una liturgia dirigida por Álex de la Iglesia, donde la libertad creativa se mastica, nada puede salir mal. Y todo en Pedraza, Segovia, España. Y falta todavía ver a Manolo Solo.

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