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Crítica: ‘Arenas movedizas’ lo intenta, pero le falta nervio

La propuesta sueca adolescente de Netflix se esfuerza por tratar temas relevantes, pero se queda a las puertas de lo emocionante

El lujo y el glamour no lograrán detener este drama sueco. (Fuente: Netflix)

Esta crítica se ha escrito tras ver la temporada completa de ‘Arenas movedizas’ y no contiene spoilers.

La semana pasada Netflix nos traía el título Arenas movedizas. Con un tráiler interesante, presentaba un panorama de desenfreno fiestero adolescente que acaba mal. Se llegó incluso a citar a Élite como referencia, pero lo cierto es que en muy poco se le parece; tiene una cercanía más ajustada con la primera temporada de The Sinner.

La premisa resulta interesante. En un colegio público sueco de una zona bien, ocurre un tiroteo. Una alumna llamada Maja es encontrada rodeada de balas y de varios cuerpos. Sus manos están llenas de sangre y se encuentra en estado de shock. Lejos de ser tratada como una víctima más, se le acusa del asesinato de varios compañeros, entre ellos del de su novio. No hablamos de una madre pelando una pera y matando con la navajilla, pero casi.

Los capítulos que suceden serán la explicación tras ese crimen, del que desde el inicio ella reconoce haber tomado parte, y el desarrollo del posterior juicio. Como es de esperar, nada es tan elemental como parece y lo que vamos descubriendo es una historia de abuso de drogas, pérdida de control y de cómo intentar afrontar una relación tormentosa desde la visión de una joven. El tema es sugerente y enmarcado en la sociedad nórdica evita ciertos clichés estadounidenses a los que estamos demasiado acostumbrados.

Sebastian (Feliz Sandman) y Maja (Hanna Árdehn), protagonistas de la serie. (Fuente: Netflix)

A favor de ‘Arenas movedizas’

Tiene a su favor un gran punto: refleja las relaciones tóxicas de una forma acertada. Ese transformar el carácter poco a poco, viéndose fagocitada por una pareja que no aporta casi nada bueno. De alguna forma él no es del todo culpable de lo que le sucede, pero sabe hacer ver claramente cómo eso tiene poca importancia cuando el resultado es que, lejos de hundirse solo, aísla completamente a su pareja, desconectándola de su entorno, de sus amigos, de su familia.

Él es todo lo que aparentemente se puede desear en alguien que esté con tu hija. Guapo, con dinero, con educación, con futuro. Ella no sabe cómo transmitir a su entorno que las cosas cada vez van peor, dudo que sea consciente de cuándo se le comienza a escapar de las manos. Y cuando esto sucede definitivamente es demasiado tarde para empezar a contarlo todo desde el comienzo; su novio inestable ha pasado a ser su responsabilidad.

Arenas movedizas resulta interesante, entre otras cosas, por el reflejo que hace de la inmigración en buena parte del primer mundo europeo. A raíz de un compañero de clase, vemos una muestra de la inmigración de segunda generación mucho más confortable del habitual, y aún así dura. Las diferencias entre el blanco acomodado y el que llega de fuera siguen estando presentes décadas después. Y lo hace desde una perspectiva poco pornográfica. Es un retrato sobrio, sin explotar el morbo ni llevar al extremo la situación. Pero está ahí. En un centro donde el estudiante medio se puede permitir plantearse ir a estudiar sus años universitario a Estados Unidos, y el rico vive entre yates y personal de servicio, un sueco de piel oscura y familia musulmana se encuentra como pez fuera del agua pese a no tener problemas para comer.

Ese tipo de toques hacen que el título aporte un discurso del que se puede sacar jugo. Como este encontramos el del pobre niño rico o el manejo de los privilegios a los que accedes con la mayoría de edad. Ese momento en que uno cree que ya ha crecido, pero simplemente no está preparado para afrontar solo ciertas situaciones. Detrás de una trama que puede atrapar, hay un fondo con mucha sustancia que tiene intenciones de no hacer un producto irrelevante. Y se nota.

Lena y Maja forman una amistad de esas que sólo rompe un novio tóxico. (Fuente: Netflix)

En contra de ‘Arenas movedizas’

Pero llegan los peros. Arenas movedizas no logra mantener un pulso que te pegue a la pantalla. Quizás el error esté en venderla como un drama adolescente a la última. O en comprar ese titular sin mirar más allá. Mea culpa. Si se espera de ella un ritmo frenético que deje con ganas constantes de pasar a la siguiente escena, no es lo que se encontrará. El avance del caso se sucede lentamente, a su ritmo y quizás contrasta demasiado con la adrenalina que la protagonista respira constantemente. Y algo fría.

Frente a una situación cada vez más extrema, tanto en la historia previa a la reclusión como en el propio encarcelamiento, el ritmo general es en ocasiones demasiado tranquilo y casi distante. Pese a todo, el haber sabido contarlo todo en seis episodios y no en más, juega a su favor. No llega al punto de cansar, porque sí es cierto que se resuelve con premura. Quizás incluso demasiada, quizás incluso demasiado sencilla. Pero ese es otro tema que habría que hablar con spoilers.

Arenas movedizas es una buena propuesta para ver una serie adolescente diferente. Su mejor baza es la de jugar en un territorio muchas veces explorado de una forma que rara vez hemos visto en España. Su peor mano, por contra, es compararla con lo que conocemos. Simplemente es distinta, y no pretende huir de ello. Cojamos la parte de discurso en que es personal y seamos algo benignos con la ausencia de frenesí y de giros sorprendentes.

La primera temporada de ‘Arenas movedizas’ está disponible en Netflix.

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