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Crítica: ‘Avenue 5’ se acerca al final de su temporada 1 con el caos de gobernar

La deslenguada comedia espacial de Armando Iannucci con Hugh Laurie ya tiene confirmada una segunda entrega en HBO

La serie de HBO tendrá segunda temporada. (Fuente: HBO)

Esta crítica se ha escrito tras ver los ocho primeros episodios de la primera temporada de ‘Avenue 5’.

Si eres una suerte de Elon Musk completamente enajenado y posees un crucero de placer interplanetario en el que estaréis encerrados durante años tú mismo y otros tantos miles de pasajeros y al que orbitan unas cuantas toneladas de excrementos, ¿por qué no iluminar el anillo de heces con un espectáculo de láseres para subir la moral del pasaje? Esa es la lógica, la ausencia de ella, la razón de lo grotesco, que rige los últimos compases de Avenue 5, la comedia de Armando Iannucci para HBO que está a punto de finiquitar su primera entrega con la histeria por las nubes y la promesa de una continuación.

Las consecutivas desventuras que han atravesado el buen hacer de la tripulación de la Avenue 5, la nave en discordia, durante esta primera temporada caen sobre los endebles nervios de Ryan Clark, el decadente capitán de la embarcación al que pone cara (que no pelo) un incomparable Hugh Laurie. El de House es solo la cabeza de la opereta miserable que maneja el crucero, facturado a nombre de Herman Judd (nuestro Elon Musk demente, interpretado por Josh Gad), y controlado por Billie (Lenora Crichlow, una ingeniera atormentada por un reconocimiento que siempre se le niega), el sorprendente contrapunto de Gad que construye Suzy Nakamura y un lánguido responsable de atención al cliente encarnado de fábula por Zach Woods.

Pese a un comienzo de temporada irregular, la fina escritura del numeroso equipo de guionistas de Iannucci ha ido filtrándose, estrato tras estrato, hasta chorrear libremente y con depravación en este último puñado de episodios, enmadejados en verdaderos delirios dialécticos. Avenue 5, por suerte, ha sabido dejar atrás a tiempo la comedia ramplona de aquel chiste basado en la latencia en las videollamadas entre la nave y el control, funcional al principio del periplo pero de rápido desgaste, para explorar otras posibilidades.

En la aurora boreal de mierda que decora la inmensidad del espacio para los tripulantes del Avenue 5, que se entregan a la pareidolia y encuentran en ella el rostro amable de Juan Pablo II, está la prueba viva y maloliente de que la serie de Iannucci puede llegar tan lejos como el gusto permita. Que Judd guarde en su cuarto los supuestos cráneos de los cuatro Beatles firmados por sí mismo, o que una inteligencia artificial pedante ratifique las decisiones del presidente de los Estados Unidos, son detalles poderosos, fuertes quiebres del trazo que revalorizan continuamente el desmadre frívolo.

Una banda sonora sacada de un diagrama de Venn que cruza a Jean-Michel Jarre con los menús de la Nintendo Wii pone el fondo a una sátira sobre los atropellos y negligencias del gobernar en tiempos de caos. La farsa del escocés compadrea con la inolvidable lección humana (que uno quisiera olvidar, pero la realidad insiste en recordársela) de que no es tan importante tener confianza en uno mismo como fingirla: cuando existen cosas que hay que hacer, saber o poder hacerlas es irrelevante.

Avenue 5 se ambienta en un cohete que se asemeja a un centro comercial, para disfrute de los clientes en el inicio de la temporada y con trágicos efectos hacia su final; no en vano, la nave remite en su nombre a la Quinta Avenida neoyorquina. Si se fija más la atención en la caja de hormigas que en sus artrópodos inquilinos, se ve cómo la historia y su apabullante diseño de producción han levantado con atino un espacio compuesto de lugares compartidos y cuasipúblicos, pero nunca públicos enteramente.

La nave de ‘Avenue 5’ es prácticamente un centro comercial. (Fuente: HBO)

Los receptáculos de la nave de Judd están siempre enfocados al consumo y se regulan para sancionar determinados comportamientos como correctos y marcar otros como inaceptables. Iannucci comenta a través de Avenue 5 las formas de ocio colectivo contemporáneas (un monologuista sin gracia, un restaurante cuyos platos solo saben a una cosa…) y su agregación. De su parodia de la ciudad-centro comercial, desvío fatal del urbanismo moderno europeo del camino hacia la ciudad-plaza, el creador de Veep extrae una hipótesis maligna: ¿cómo podría alguien pretender el gobierno de una nave en la que está tan encerrado como cualquier otro?

Según avanzan los acontecimientos de la temporada, queda claro que el cohete de Hugh Laurie es un ataúd y lo es para todos por igual. El pesimismo y la incapacidad de mantener la compostura que impregnan los estertores de la temporada hacen que resulte muy interesante leer esta caja de pino interestelar en términos de poder foucaultiano: no desde la coacción y el castigo, sino atada a una disciplina invisible que flota entre los pasajeros y hace que se comporten de determinadas maneras. Iannucci invita a jugar a encontrar las verdaderas figuras de autoridad dentro de la nave, entre el capitán que no lo es de verdad y los únicos conocedores reales del vehículo, que se pasan tres cuartos de la temporada escondidos bajo el suelo.

El flujo de poder en Avenue 5, una sátira potente y bien armada pero, sobre todo, un divertimento magnífico, es un torrente distorsionado que no siempre funciona en una única dirección, ni mucho menos en la dirección más lógica. Ahí está Karen, personaje al que da vida Rebecca Front y el mejor de la serie, salvando mi predilección por Zach Woods en cualquiera de sus papeles. Es complicado llegar a la deducción de que conviene convertirla a ella, la pasajera más irritada e irritante, que empieza a erigirse como voz del descontento general, en una suerte de apéndice del mando que mantenga nominales los niveles de efervescencia en lugar de simplemente acallarla; y al mismo tiempo, tiene todo el sentido del mundo.

El personaje de Rebecca Front, Karen, es quizá el mejor de la serie. (Fuente: HBO)

Que la sátira de Iannucci funcione tan bien y dando espacio a tantos matices a pesar de los kilómetros que separan a Laurie y su tripulación de la Tierra va acorde a las bondades del género del viaje espacial. Mientras nadie descienda de la nave ni agentes extrínsecos se cuelen dentro de ella, poca diferencia hay entre el enredo de una tripulación transplanetaria y el de una comunidad de vecinos que comparte bloque en Aravaca.

Los dimes y diretes del poder incapaz son ya seña de identidad del creador, y Avenue 5 perpetúa el molde. Desmontado el espejismo fitness del complejo comercial de Herman Judd, la segunda temporada solo puede ir a más. Ha quedado claro cuán sencillo es que las cosas se salgan del quicio y algún botarate acabe siendo eyectado por la escotilla, pero es peligroso pasar por alto que la serie ha funcionado mejor justo en su centro, en el punto de equilibrio entre lo absurdo y lo identificable. Mantener en cinta las dimensiones de la sátira, que no está tan alejada de una comedia de oficina, puede ser la mejor de las estrategias.

El último episodio de la primera temporada de ‘Avenue 5’ se estrena bajo demanda el lunes 16 de marzo en HBO España.

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