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Crítica: ‘El embarcadero’ se cierra entregada a sus mujeres

El lado de thriller siempre ha sido lo que menos interesaba a la serie de Movistar+

Irene Arcos y Verónica Sánchez, en la segunda temporada de ‘El embarcadero’. (Fuente: María Heras/Movistar+)

Esta crítica se ha escrito tras ver la segunda temporada completa de ‘El embarcadero’.

¿Qué era lo que El embarcadero quería explorar? ¿Por qué se había suicidado Óscar, o quién lo había matado? ¿O qué tipo de persona quería ser su viuda, Alejandra, y si estaba dispuesta a tomar las decisiones en su vida que la acercaran a ese ideal? En la primera temporada resultaba mucho más estimulante seguir el camino de autodescubrimiento de Alex, paralelo a averiguar lo que su marido hacía en la Albufera, que enterarnos de que Óscar se dedicaba al blanqueo de capitales, y en la segunda, esa brecha se ha acrecentado.

Incluso aunque la serie haya repetido algunos patrones que sus creadores ya transitaron en Vis a vis (el triángulo entre Alejandra, Verónica y Conrado recordaba al que formaron Maca, Rizos y Fabio, y no sólo porque Roberto Enríquez estaba en ambos), ha sido ahí, en la exploración emocional de sus personajes, donde han estado sus mayores aciertos. El gradual paso al frente de Alejandra, manejado siempre a la perfección por Verónica Sánchez, ha dado aliento a ocho episodios en los que la figura de Óscar se ha diluido. Para la serie, que no para sus dos mujeres protagonistas, que lidian con su legado como buenamente pueden.

Pero su presencia cada vez era más testimonial. La primera temporada prácticamente resolvió todos los interrogantes que su esposa (y los espectadores) podía albergar sobre esa doble vida que repartía entre Valencia y la Albufera. La posibilidad de que hubiera sido asesinado sonaba más a excusa para mantener un elemento de thriller que impulsara la trama, y para presentar a Verónica y Alejandra con un clavo ardiendo al que agarrarse para no tener que asumir que Óscar, simplemente, se suicidó.

Ese lado de thriller, con su dueño de puticlubs de carretera y ese amigo de Óscar que, por un momento, dio la sensación de que podía ser el Tony Goldwyn de Ghost, ha sido lo menos logrado. Hasta las idas y venidas de Katia con Big Boss (una trama que nunca ha ido por el camino culebronero que podría haber tomado) resultaban más entretenidas. La deconstrucción y remontaje de sus dos mujeres principales era lo que realmente interesaba.

(Fuente: María Heras/Movistar+)

El camino de Alejandra para entender quién era su marido la lleva a repetir sus pasos, a dejarse llevar por lo mismo que él vio en Verónica y en la Albufera, pero aprendiendo de sus errores. El embarcadero consigue que comprendamos qué le atrae de Conrado y de la amante de Óscar, qué le aporta cada uno para que sea incapaz de elegir, aunque sea consciente de que no podrá sostener la ilusión durante demasiado tiempo. Esa exploración que Alejandra hace de sí misma, al mismo tiempo que Verónica acaba dándose cuenta de que su actitud de laissez fare laissez paser en realidad no es tal, pone un espejo ante lo que vimos en la primera entrega. Ella ha dejado aletargada una parte de sí misma que despierta ante el contacto con la muerte.

Todo esto puede parecer tremendamente filosófico, pero El embarcadero no es una serie con ínfulas trascendentales. Sus pretensiones son más estéticas, de integrar los espacios en la historia y de tratar los recuerdos con esa pátina idílica que muchas veces tienen en nuestra memoria. Cada capítulo está contado así, fragmentadamente, como si ya fuera memoria, y esa manera de narrar permite igualmente que se retraten bastante bien los resortes del deseo. Como dice mi compañero Alberto Rey, es muy significativo que Alejandra vaya a buscar a Conrado para llevárselo a la cama (o al asiento de su moto, al estilo Kim y Kanye) después de acordarse de su voracidad comiendo alitas de pollo.

La madeja sentimental alrededor de Alejandra y Verónica está muy bien armada e interpretada, y el resto de la serie tiene sus altibajos. La subtrama de la madre de Alejandra inspirándose en ella para su libro aporta más bien poco (subraya cosas que ya quedan claras sin que una voz en off las explicite), y los últimos coletazos del misterio alrededor de Óscar parecen retorcer demasiado su historia hasta llevarlo a su muerte. Las relaciones sentimentales secundarias (la ya mencionada de Katia y su jefe o la de Ada con su entrenadora de atletismo) son otros comentarios en la tesis principal de El embarcadero de que el corazón tiene razones que la razón no entiende, y a veces funcionan, y a veces no.

(Fuente: María Heras/Movistar+)

Se agradece que sus personajes sean autoconscientes y se den cuenta de que algunas situaciones son demasiado peliculeras, y también que, en todo lo referente a la investigación de la muerte de Óscar, compartan información entre ellos. Es cierto que Verónica se queda un poco desdibujada en este final, después de lograr una efectiva presentación de por qué resulta tan atrayente, pero lo compensa el viaje de Alejandra hacia su propio descubrimiento.

El embarcadero acaba colocando en su centro a esas dos mujeres que, por fin, consiguen escapar de la sombra del hombre que las llevó a cruzar sus caminos. Es un cierre sorprendentemente puntuado por la canción Common people, de Pulp, en la que un chaval de clase trabajadora conoce a una chica rica que quiere vivir como él. El protagonista de la canción pasa a detallar con amargura la cruda realidad de esa vida “sencilla” que tanto la atrae, una dualidad sobre la que ha construido toda la serie.

‘El embarcadero’ está disponible completa en Movistar+.

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