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Crítica: ‘El Náutico’ o la inmortalidad de la música española

La docuserie de Flooxer recupera la historia del carismático pub gallego, refugio creativo y vacacional de grandes artistas

Iván Ferreiro y Leiva comparten escenario en el Náutico de San Vicente. (Fuente: Flooxer)

Esta crítica se ha escrito tras ver los cinco episodios de ‘El Náutico: El refugio de los músicos’ y no contiene spoilers.

En un recóndito bar de Galicia, clavado en la arena de San Vicente Do Mar y encurtido con la sal de la Praia da Barrosa, todavía convalece una inscripción grabada en la madera de una mesa baja, probablemente a golpe de llave. La cicatriz, aún encendida, reza: “Antonio Vega compartió aquí con su gente querida alguno de los mejores y más intensos momentos de su inverosímil andar por este mundo. Lo juro.”

El lugar es el Náutico de San Vicente, exitosísimo pub musical en O Grove (Pontevedra) donde se agolpan músicos, eruditos y curiosos cada verano. Y algo tendrá el agua cuando la bendicen: allí comparten pasión y descanso Jorge Drexler, Iván Ferreiro o Coque Malla, pero también los periodistas Gonzo y Manuel Jabois o el cocinero Diego Guerrero. Flooxer, queriendo extender la experiencia más allá de la costa, estrenó el 31 de julio los cinco episodios que componen la docuserie El Náutico: El refugio de los músicos, un paseo transversal por la vida y leyenda del lugar.

Tras las cámaras está EsmerArte, una quimera –mitad productora, mitad agencia de publicidad, mitad escudería discográfica– que resulta compartir con el canal francés ARTE, además de las cuatro últimas letras, el tino documental y la atención a la cultura de indomable espíritu europeo. Porque sí, es inquietante y engorroso abordar una serie documental cuando coquetea peligrosamente con el publirreportaje; pero, por suerte, El Náutico funciona más en lo etéreo que en lo tangible.

Empezando por el espacio, por ejemplo. Además de evocador, el mar aparece subrayado en la serie (punto para Xoel López) como un puente, un canal de comunicación transatlántica que conecta con esa devoción enferma por las herejías, el mestizaje y los repertorios apócrifos que se profesa en cada centímetro del Náutico. Ahí se esconde el verdadero refugio de los músicos: una suerte de centralidad desplazada que acoge a todos los nombres que pasean por San Vicente; todo un mundo paralelo de la música española que mueve masas a niveles de pop pero que apenas suena en un par de emisoras.

Siempre nos quedará San Vicente do Mar

En la frontera entre la observación y la interacción, la serie vuela como un buitre, en círculos, sobre un Náutico que va saltando adelante y atrás en el tiempo. La naturaleza de archivo siempre inherente al documental aquí es extensible, con una coreografía narrativa que se vuelve recurrente según avanzan los episodios. Porque el verdadero tema es la inmortalidad del sentimiento en la música española.

Desde los planos de móvil tomados a lo largo de 25 años, pasando por las fotografías enmarcadas de la vieja pensión, hasta ese otro documental que nunca fue; todo desemboca en Miguel, el responsable del Náutico, gerente del bar desde la veintena, también músico (guitarra en Los Limones, conectados a su vez de manera milagrosa con Antonio Vega) y testigo privilegiado y mecenas de la historia de la música en España. Es a través de él (y de su trasunto narrativo Leiva, un alter ego suscrito al Náutico ya 19 años que introduce los capítulos desde el escenario) que todas las temporalidades confluyen.

‘El Náutico’ utiliza como archivo otro documental inacabado. (Fuente: Flooxer)

Un músico le atribuye a Miguel un “hippismo funcional” del que también se impregna la docuserie, que pasa de ensalzar la práctica rentabilidad cero del local en sus tiempos mozos (en un esfuerzo casi anticapitalista) a ignorar por completo el evidente rédito comercial del espacio en la actualidad. No es malo. De igual manera borraba Scorsese el rastro de las montañas de cocaína que corrieron en la gira setentera de su amigo Bob Dylan en Rolling Thunder Revue. Más que omisión, es una prueba del amor ciego por el objeto documentado.

Porque el Náutico (serie y pub por igual) puede y debe amarse. La poesía visual que la serie maneja –cuando las anécdotas y el rock improvisado, que afloran a traición en cada esquina, dan algún respiro y lo permiten– engrandece un trabajo que es más puro y amable que rompedor. Véase el plano de Drexler, el viejo druida extranjero en su primera visita al Náutico, con un niño jugando detrás: la serie (al igual que el lugar) quiere ser un billete de vuelta a cierta inocencia primitiva. Un reencuentro con los amigos del pueblo en verano, en la forma de todos esos músicos en camiseta y chanclas.

Al final, el ocaso alcanza la costa de O Grove y todos los vaivenes temporales se reducen a un brindis entre gigantes a la orilla de una playa modesta por la que pasean los gatos somnolientos. Los titanes también se van de vacaciones.

‘El Náutico: El refugio de los músicos’ está disponible completa bajo demanda en Atresplayer.

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