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Crítica: ‘Fallet’, o la atracción de los polos opuestos

Los protagonistas de ‘Fallet’.

Si hay un crimen que todavía sigue causando revuelo en Suecia, ya que nunca se encontró al autor, es sin duda el del primer ministro Olof Palme. Han transcurrido más de 30 años y todavía sigue inconcluso. Como premisa para iniciar una ficción es buena. Y seria. Salvo que esa ficción se llame Fallet.

La inspectora de la policía de Estocolmo, Sophie Borg (Lisa Henni), persigue en su destartalado Volvo a un todo terreno por los bosques del norte de Suecia. La persecución los lleva a la frontera que linda con Noruega y Finlandia. El conductor del todo terreno se apea y huye a pie hasta una señalización donde hay tres indicaciones, una para cada país. Sophie Borg habla con su superior por un intercomunicador y éste le pide que necesitan al asesino de Olof Palme vivo, ella asiente y continúa tras él. El asesino llega a un mojón de piedra que supone la frontera entre las tres naciones. Sophie le da el alto y él se detiene.

Pero también le da el alto un policía finés que andaba por ahí; y también le da el alto un policía noruego que andaba por ahí, pero también le da el alto otro policía, danés para más señas, que andaba por ahí y nadie sabe por qué. Sophie anuncia a su superior que lo tiene a tiro, pero él le repite que lo necesitan vivo; ella insiste, asegurándole que puede inmovilizarlo disparándole en el muslo, pero su superior le pide que no lo haga. Ella dispara.

Paralelamente, en St. Ives, un pequeño pueblo de la campiña inglesa, el inspector Tom Brown (Adam Godley) se presenta ante la familia de un Lord inglés con la intención de acusar de asesinato a uno de los familiares del Lord, pastor para más señas. Tom, según cree, va armado de razones y pruebas para cerrar el caso y meter entre rejas al asesino, pero el pastor desarma todas y cada una de las supuestas evidencias que Tom le plantea. El rubor y el miedo escénico obligan al inspector a abandonar la sala, con la familia del Lord como testigos, siendo su subalterno quien resuelve finalmente el caso.

Bienvenidos a Fallet.

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Situémonos: Norrbacka, norte de Suecia, actualidad. El pequeño pueblo se ve sacudido cuando aparece en uno de los bosques cercanos un cadáver colgado del cuello con una cuerda manchada de sangre, una biblia en el pecho e inscripciones en latín por el cuerpo. El asesinado es un ciudadano británico, casualmente natural de St. Ives, con lo que la policía local requiere la ayuda de sus homólogos británicos, es decir, de Tom Brown. Sophie Borg, después del caso del asesino de Olof Palme, es requerida para unir esfuerzos con Brown e ir a Norrbacka que es, según la misma Sophie, “una pequeña ciudad de mierda con restaurantes horribles sin nada que hacer, y una población de 17.000 idiotas”. Y lo sabe bien, porque es lugar de nacimiento.

Durante ocho capítulos de media hora aproximadamente, Fallet nos propone una historia donde uno no sabe si está viendo un thriller con tintes de comedia o viceversa. Yo opto por lo segundo. Y es que la unión de ambos personajes es pura química. Ella, de gatillo fácil, con un punto antisocial y descarnadamente sincera (¿Les recuerda a alguien?), y él, típico inglés, todo por favor, siempre disculpándose y con una madre muerta que se le aparece, son los polos opuestos perfectos.

Los policías de ‘Fallet’, en acción.

Si le sumanos un guión original y muy bien construido, las herramientas adecuadas para que las cuatro horas de serie sepan a poco están servidas. La investigación del asesinato y cómo deshojan la trama no tiene desperdicio. Plagada de situaciones inverosímiles (las escenas de la “secta”, del podcast, la habitación de Sophie en el hotel, los encuentros entre Tom y la madre de Sophie…), las pesquisas son cada vez más emocionantes, disparatadas y divertidas.

Lisa Henni y Adam Godley sintonizan, pero es que hay un plantel de secundarios que, al margen de bien definidos, tienen una vis cómica casi sin querer. Empezando por el jefe de la Policía Local, Klas Vall (Tomas Von Bromssen), un encantador y entrañable hombre a punto de jubilarse cuya mayor obsesión son vídeos donde se muestra el trabajo en equipo; Bill Wall (Christoffer Nordenrot), hijastro de Klas que trabaja en la policía, como policía, sin ser policía, o la inquietante forense finlandesa, Sonja Mustanaamio (Stina Rautelin), cuyas aficiones en la criminología son del todo menos edificantes.

¿Por qué hay que verla? Es refrescante e inusual. Un disparate muy bien construido.

Puntos fuertes: Los capítulos de media hora (pequeña, pero suficiente dosis), sintonía entre protagonistas, secundarios, un guión con sabor a astracanada.

Claves de su éxito: Se rumorea que ya hay planes para hacer un remake en Estados Unidos.

‘Fallet’ está disponible en Netflix.

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