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Crítica: ‘Gangsta’, un anime en Netflix que tarda en arrancar pero cumple

Doce capítulos componen este anime. (Fuente: IMDb)

Esta crítica se ha escrito tras ver los seis primeros episodios de ‘Gangsta’ y no contiene spoilers.

Si algo hay que reconocerle al anime es que tiene las mejores secuencias de créditos iniciales; eso es impepinable. Gangsta, la serie japonesa que Netflix añadió hace poco a su catálogo, no es la excepción. Antes siquiera de que aparezca el cartel del título desfila por la pantalla la condensación de la sexualidad que vertebra la trama, las pastillas que dan su fuerza a los personajes y la insinuación de que la aparente espectadora tangencial puede ser la verdadera protagonista. Seguidamente, una grisalla contaminada por un tercer color brillante que señala el mal de las calles que las dos figuras principales tratan de eliminar y, al mismo tiempo, son. Magistral.

En ese opening se aprende también que los doce episodios que componen Gangsta, producidos por la compañía Manglobe Inc, están basados en el manga del autor Kohske. Lo que el adrenalínico montaje (aderezado con el temazo Renegade, de Stereo Dive Foundation) no cuenta es que, precisamente, esta fue la última serie que Manglobe empaquetó antes de declararse en bancarrota en 2015. Y no eran unos donnadies: en su momento firmaron cosas tan interesantes como Samurai Champloo y Deadman Wonderland.

Por razones que se me escapan, Netflix ha decidido incluir ahora en su catálogo esta primera y única tanda de doce episodios, en la que conocemos a Worick y Nicolas, dos pandilleros a sueldo de una ciudad asfixiante y desmadrada. Los Chapuzas, así los conocen sus clientes, zurran la badana a quien proceda, según el vecino de turno, algún capo mafioso o el mismísimo comisario de policía estipulen en su encargo. La historia de la pareja va ganando interés a través de flashbacks y alguna que otra mirada furtiva, lo que barniza bastante una trama que por sí sola sería poco más que un drama de acción algo soso.

Además, los capítulos de Gangsta (que fluctúan en torno a los 20 minutos habituales del anime) son más piadosos con el espectador cuando ha superado el escollo de la primera hora. La serie se da el lujo, como mucha de la animación japonesa que llega a nuestras televisiones, de ofrecer dos primeros episodios que no desvelan ni la mitad de información sobre los personajes y su mundo que el capítulo que les sigue. Quizá esto sea algo aceptable para el público habitual del anime (que asumo que, si se acerca a un producto como este, es para consumir una gran cantidad de material de una tacada), pero puede ser fatal de cara a la seriefilia más amplia.

Con su tercer envite, las angosturas de su ciudad imaginaria se hinchan de significado y la serie se vuelve inusitadamente inteligente. La condición de prostituta del personaje de Alex, acompañante de los dos matones, que se introduce al principio de Gangsta como otro de los tantos manierismos machistas del shonen, se voltea en ese tercer capítulo presentando a uno de esos mismos pandilleros protagonistas como gigoló. Se dejan ver, a partir de ese momento, unos patrones espaciales que equiparan los espacios seguros con las alturas, hacen más complejo y orgánico el escenario y subrayan las diferencias en cómo los dos desempeñan una misma ocupación.

Así vuelve a la vida Gangsta que, llegado el ecuador de su única temporada, ya tiene engarzadas las ruedas y funciona a toda máquina. El rendimiento pleno de la fórmula se advierte incluso en las peleas, médula del anime de acción, que comienzan insulsas y hacia el sexto episodio son ya exuberantes en su diseño; para colmo, hasta las corporeidades desplegadas hablan de los personajes. La maduración de este medio/formato y, sobre todo, de sus géneros más encorsetados, como el shonen, es incontenible. Si una propuesta ruda y poco lúcida como la de Ataque a los titanes pudo convertirse en una metáfora rompecabezas del conflicto palestino-israelí, ya nada es imposible.

‘Gangsta’ está disponible completa bajo demanda en Netflix.

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