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Crítica: ‘Ginny y Georgia’ replica los errores de ‘Las chicas Gilmore’ sin tener su frescura

La serie de Netflix tiene más problemas de los que de entrada parece

(Fuente: Netflix)

Esta crítica se ha escrito tras ver la temporada completa de ‘Ginny y Georgia’ y no contiene spoilers.

Cuando la semana pasada Netflix lanzaba Ginny y Georgia no esperábamos que saltara la discusión seriéfila, pero gracias a una broma no muy agraciada sobre Taylor Swift la propuesta recibió críticas tempranas. La polémica podría ser una anécdota caída en desgracia de una serie hacia una cantante cuyo documental encontramos en la misma plataforma e, incluso, podría parecer una exageración; no es más que una broma y quizás es que la legión de seguidores que tiene esa persona es demasiado grande y visceral.

Pero lo cierto es que sirve como perfecto ejemplo de por qué la serie no acaba de funcionar. El chascarrillo en cuestión hablaba de la facilidad con la que la cantante cambia de novio, un comentario de mal gusto y algo carca, pero tampoco especialmente sangriento, si no fuera porque lo dicen unas jóvenes que llevan diez episodios intentándonos convencer de su concienciación feminista y su empoderamiento. Las incongruencias son humanas, y más cuando una tiene dieciséis años, pero en esto caso no son aisladas sino un resumen de lo que hace que Ginny y Georgia resulte incómoda.

En su primer episodio dicen ser como Las chicas Gilmore (pero con más tetas, sic) y es cierto que si algo tienen las Gilmore es mucha falta de sentido y un comportamiento respecto a los hombres bastante poco sano. Pero es que hablamos de una serie familiar de hace bastante tiempo en las que ya era bastante novedoso la figura de una madre joven y soltera no ligada a una situación precaria social y económicamente. Dos décadas después, los problemas de las relaciones con los hombres de estas dos nuevas mujeres son, en realidad, los mismos en una coincidencia que no sé hasta qué punto es un homenaje o un descuido, pues se llegan a reproducir escenas prácticamente iguales.

(Fuente: Netflix)

Y es que ese es el problema de Ginny y Georgia: para acabar haciendo lo mismo igual no hacía falta repetir la serie y nos podíamos quedar con la genuina, a la que le perdonamos los errores al comprender el contexto de su producción. Si obviamos todo esto y nos quedamos escrupulosamente con lo recién lanzado, podemos decir que es una propuesta entretenida y que se ve muy fácilmente, donde una madre muy joven intenta rehacer la vida con sus dos hijos, una adolescente y un niño que, por cierto, va camino de sentirse excluido de su propia familia.

La serie no acaba de saber cuál de los dos personajes establece su trama principal o cuál es el grupo social al que va dirigida: en ocasiones parece una serie puramente juvenil, para saltar luego a los problemas de una madre treintañera en busca del amor. Ambos lenguajes no acaban de empastar del todo bien y se añora una claridad en su definición que no nos tenga permanentemente cambiando la mirada, aunque la idea de establecer dos conversaciones parecidas pero con quince años de diferencia es interesante, aunque imperfecta.

La mayor distracción que le veo es la evidente intención de manifestar una serie de principios éticos de las adolescentes que vemos, porque chirrían. Mucha etiqueta en unas vidas que no lo reflejan demasiado bien y que, insisto, no sabemos si están narradas para adultos que puedan hacer una lectura más completa e indulgente o personas de su misma edad que tomen el título como guía (no pasa nada, todos lo hemos hecho).

Al final Ginny y Georgia es el clásico placer culpable que acabas viendo y siguiendo pese a verle demasiadas costuras. Una pérdida de oportunidad para una plataforma que tiene otros títulos propios con una construcción mejor y más original, como la reciente Yo nunca.

‘Ginny y Georgia’ está disponible en Netflix.

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