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Crítica: ‘I Love Dick’ tiene lo mejor y lo peor de lo indie

La obra de Jill Soloway respira libertad creativa y narrativa, pero sus intenciones se quedan en lo teórico

Foto promocional (Amazon)

Jill Soloway nos conquistó a todos con Transparent, y para todos aquellos que disfrutamos y admiramos la historia que nos cuenta, ver su nueva serie era una cita obligada. Una cita muy esperada, si conocíamos la naturaleza de la obra en la que se basaba, porque está protagonizada por Kathryn Hahn y porque Andrea Arnold (Fish Tank, American Honey) dirigía la mitad de los episodios.

La obra en la que se inspira

I Love Dick está inspirada en la obra homónima de la autora Chris Kraus, un libro que, partiendo del formato epistolar, mezcla la teoría crítica, la filosofía y la crítica de arte y se convierte en un manifiesto feminista que, de alguna forma, podría partir de las reflexiones sobre la mujer como artista y el cuestionamiento de la existencia de un arte femenino de los que hablaba Virginia Woolf en Una habitación propia.

Como en aquella obra, también hay en la de Kraus ese fluir de la consciencia, con el que la autora nos lleva de la mano por el laberinto en el que va hilando sus pensamientos. El viaje de Chris es el de la búsqueda de su voz como mujer y como artista, partiendo del conflicto interior que le genera la atracción sexual incontrolable por Dick, la representación gráfica de la masculinidad, un hombre del que no sabe nada, que no la estimula intelectualmente y que, en últimas, es la representación de todo aquello que odia.

Esa atracción se convierte en una obsesión que lleva a Chris a escribirle a Dick centenares de cartas en las que da rienda suelta a su deseo sexual y expresa, entre otras cosas, su inconformismo por la mirada masculina predominante en el arte, por el desconocimiento del arte hecho por mujeres y porque éste siempre tenga que llevar la etiqueta de ‘femenino’ o adscribirse al colectivo feminista. Una obsesión que se convierte en catalizador de su creatividad y talento, en una necesidad incontrolable por expresarse. Una obsesión liberadora que convierte a Dick en objeto y a Chris en sujeto de su propia vida.

Eso es, en parte, el libro en el que se basa I Love Dick.

La premisa de la serie

Dick es un artista famoso por sus enormes esculturas fálicas que dirige un instituto para artistas y escritores en el pueblo de Marfa (Texas), y cuya última creación data de hace diez años. Chris es una cineasta frustrada, casada con Sylvere, un hombre intelectual, mayor que ella, con quien hace años que no comparte cama, pero sí una relación profesional colaborativa por la que ella no recibe ningún reconocimiento.

Ambos se trasladan a Marfa porque Sylvere va a participar en un proyecto de Dick, y Chris se obsesiona desde el primer momento con el arquetipo del “hombre Marlboro”, de silencios tan enigmáticos como vacíos que, por si fuera poco, hace su primera aparición a caballo en una calle del pueblo. La obsesión la lleva a escribirle cartas que son páginas de un diario con nombre propio: Querido Dick. La pasión que se despierta en ella es tan contagiosa, que despierta la llama sexual de la pareja y estimula a los artistas del pueblo.

Kevin Bacon interpreta a Dick en la serie.

Lo mejor

La serie respira libertad creativa y narrativa. Tiene un episodio especialmente inspirado que puede verse de forma independiente. Es el quinto, titulado A Short History of Weird Girl, en el que Chris, Devon, Toby y Paula convierten a Dick en la representación genérica de lo masculino y en objeto de estímulo creativo.

Lo peor

Es ambiciosa a nivel teórico, pero sus intenciones no se llegan a materializar y el conjunto resulta decepcionante. El personaje de Chris, a pesar del encanto y talento natural de Hahn, no colma las expectativas planteadas; ni siquiera consigue reflexionar o hacer una expresión provocadora del deseo sexual femenino, que es uno de los temas centrales que se plantean en la temporada a través del concepto de la obsesión.

En los ocho episodios no consigue que escuchemos realmente la voz personal de Chris, ni como mujer ni como artista: en el triángulo formado por ella, Dick y Sylvere, la opinión de los dos vértices masculinos se explora más que la suya. La serie, de alguna forma, se traiciona a sí misma.

Las obras de videoarte feminista que se incluyen en los episodios carecen de contexto y de efecto en la narración. Dentro de ésta, las performances organizadas por Devon y Toby, dos personajes con gran potencial, se quedan en comentarios superficiales y la serie parece, al final, un ejercicio teórico frustrado.

Lo que más se resiente es que, a pesar del profundo efecto que las cartas de Chris producen en el particular pueblo de Marfa, no llega a producirlo en nosotros como espectadores.

Las notas de Fuera de Series:

En Fuera de Series puntuamos nuestros análisis en una triple escala de 1 a 5, inspirada en la que usa Little White Lies, en función de lo deseosos que estábamos de ver la serie (“Antes”), lo que nos ha parecido viéndola (“Durante”) y las ganas de ver más y de comentarla con más gente tras hacerlo (“Después”)

Antes: 4

Jill Soloway, Andrea Arnold, Kathryn Hahn y el libro de Chris Kraus. Lo tenía todo para encantarme.

Durante: 3

Siempre tuve la sensación de que me faltaba algo conforme pasaban los episodios. Quiere abarcar demasiado y el resultado es disperso.

Después: 3

Me quedo con el quinto episodio, el cual disfruté muchísimo. Tanto, que casi me compensa la decepcionante temporada.

La primera temporada de ‘I Love Dick’ está disponible en Amazon España.

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