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Crítica: ‘Marcella’, nos vamos de cacería

Anna Friel regresa en la segunda temporada más emotiva, salvaje y ¿viva?

Anna Friel es la Marcella del título. (Fuente: ITV)

Hay series para todos los gustos (vaya descubrimiento, pensarán), para éste y aquel paladar, para tomárselas como la “hora feliz” (no me apetece pensar), para estrujarse el cerebelo (en buena hora, y vaya enganche llevo), para comentar con la pandilla o para masticarla a solas (todos tenemos secretos inconfesables), series como excusa para no hacer otra cosa (viva el verbo procrastinar), para degustar de una tacada (hoy hago maratón, no sea que mañana se acabe el mundo y me quede sin saber cómo finaliza) y para saborearlas poco a poco.

Pongamos como caso que están frente a ese postre maldito que tanto les gusta, que lo atacan con el cubierto, pero no de golpe, sino a trocitos, como si comerlo así supusiera que dura más. Pues la serie que hoy nos atañe es como ese postre; cada capítulo es una porción que ha de durar más, aunque sepamos que no será así. Marcella, cuya segunda temporada se estrena hoy en Neflix, es, lo confieso, mi tiramisú. Y que no se acabe nunca.

La primera temporada me sorprendió muy gratamente. Con la fórmula de ocho capítulos, que también repite en la segunda, de la sempiterna historia del (la, en este caso) policía que vuelve al trabajo después de un sórdido episodio del pasado que no le abandona, nos mostró cómo el tópico del “dámelo igual, pero diferente” no sólo se puede rebasar, sino superar ampliamente.

Usando como base dos analepsis, una que tiene lugar doce días antes del comienzo de la serie, y otra que nos traslada a doce años antes, la estructura del policía cazando a su presa (el psicópata de marras) y la presa cazando al policía, el laberinto emocional que sufre Marcella Backland , aderezado por su desastrosa vida personal y su relación con marido e hijos, su redención a través del trabajo, los constantes conflictos con sus superiores y subalternos, su constante vagabundeo por el precipicio y la pulsión enfermiza que la lleva a la amnesia y falta de sueño, nos acerca sobremanera a una realidad que supera la ficción. Y si es así, por qué hemos de edulcorar la ficción si queremos emular a la realidad. Marcella es una ficción no sólo verosímil, sino real.

Y créanme, si no han visto la primera temporada, atáquenla, vean la segunda, y sigan leyendo.

Situémonos: Algún tiempo después de la primera temporada (unos cinco meses, aproximadamente), Marcella está en la azotea de un edificio pensando seriamente en quitarse la vida. Pasea, duda, mira al horizonte, retrocede, vuelve a caminar, duda de nuevo, el horizonte le acecha, el abismo le devuelve la mirada y la ausencia de pensamientos azuza aún más su diatriba. ¿Es la actualidad, es una analepsis, un flashforward? Sea como sea, el comienzo de la segunda temporada se asemeja al de la primera: te golpea sin miramientos y te ancla frente a la tele.

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El cadáver de Leo Priestley, de nueve años, ha sido encontrado dentro de la cavidad de una pared. Desaparecido tiempo atrás, resulta que el niño era uno de los amigos de la escuela del hijo de Marcella, Edward. El inmueble donde aparece perteneció en su día al integrante de una banda de rock setentera que, junto a su representante, fueron conocidos por invitar a menores de edad a sus fiestas. Y ambas circunstancias están relacionadas con un empresario millonario que es acusado de contratar muy barato a empleados jóvenes; uno de éstos, además, ayuda económicamente a su hermana, porque el hombre que la dejó embarazada se desentendió de la manutención del hijo. Y, por si fuera poco, entra en escena un ex pederasta que, en apariencia, ha reconducido su vida casándose y esperando ser padre. Marcella, por otra parte, ha sido abandonada por su marido y éste le reclama la custodia de sus hijos, pues se va al extranjero.

El escritor Hans Rosenfeldt, conocido tiempo atrás por la célebre Bron|Broen o Wallander, tanto en la primera temporada como en la segunda nos traslada a una Londres cincelada con el espíritu del “Nordic Noir”, donde el personaje principal, Marcella, deja en ocasiones de ser el eje para convertirse en un personaje más, regresando a ese rol a medida que transcurren los capítulos.

Los compañeros de Marcella en la policía. (Fuente: ITV)

Aunque el punto de arranque sea la pederastia, la temporada aborda otros aspectos de gran calado: la inestabilidad emocional y cómo afecta al día a día, la precariedad laboral, la deshumanización de la paternidad debido a la falta de valores, la búsqueda de la redención y sus modos para conseguirla, las relaciones filio-paternales. El retrato de una sociedad actual de la mano de una mujer que, lejos de ser heroína, no es más que una persona como cualquier otra, con sus miserias y bondades, aciertos y errores.

Marcella es un thriller que no olvidarán fácilmente. Sobre todo, cuando vean el último capítulo. Ya me contarán…

¿Por qué hay que verla? No sabría decirles, sólo sé que, en ambas temporadas, vi el primero y no paré.

Puntos fuertes: Anna Friel. La estructura narrativa es muy acertada; dinámica, cohesiva y cerrada. Dura y real.

Claves de su éxito: Según los mentideros británicos, está en ciernes la tercera…

‘Marcella’ está disponible completa en Netflix.

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