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Crítica: ‘Otra vida’, una serie de ciencia ficción de saldo de Netflix con ínfulas

La nueva propuesta de la plataforma, con Katee Sackhoff, se toma a sí misma más en serio de lo que debe (o puede)

Katee Sackhoff (derecha) es el mayor reclamo de ‘Otra vida’. (Fuente: Netflix)

Esta crítica se ha escrito tras ver el primer episodio de ‘Otra vida’ y no contiene spoilers.

Imaginad una nave espacial, con una tripulación conflictiva que discrepa con muchas de las decisiones que toma su oficial al mando, que sufre algunos imprevistos y que se apaña como puede en su travesía para establecer contacto y diálogo con una raza alienígena. “¡Pero si esto es Nightflyers, esa adaptación de George R. R. Martin!”, exclamó. Pues sí. Pero también es Otra vida, la nueva (¿nueva?) propuesta de ciencia-ficción de Netflix.

Esta, además, es una ofensiva abierta al corazón de los nostálgicos, con una Katee Sackhoff en la piel de la capitana Niko Breckinridge en su primer papel ambientado en el espacio desde que concluyó Battlestar Galactica. Debió de pensar la plataforma que, en caso de fallo en la ignición, al menos rascarían la audiencia de los que acudieran a la serie solo para ver a la actriz de nuevo en gravedad cero. Y, probablemente, es lo que está ocurriendo.

La serie comienza con la pobre oficial haciendo penitencia por partida doble mientras cabalga los sistemas solares: por un lado, ha tenido que abandonar en la Tierra a su hija y su pareja (un científico que intenta hacer con una estructura cristalina alienígena aparcada en un prado lo que Amy Adams en La llegada, pero le sale regulín); por otro, está obligada a soportar a una tripulación compuesta por personajes postadolescentes, casi readolescentes, insípidos e insoportables.

Esa especie de resistencia a la autoridad de Beckinridge la encabeza Ian Yerxa, un segundo al mando escocido porque la incorporación de la comandantísima a la misión significó también que se le relevara del liderazgo. Este, interpretado por Tyler Hoechlin, es el verdadero agujero negro del espacio exterior colindante. El actor (carne de Teen Wolf y el Superman del Arrowverso) se embarca desde el primer minuto en un viaje estupefaciente circular sobre tres o cuatro emociones genéricas entre las que baila con una de las interpretaciones más histriónicas, forzadas y poco autoconscientes que este que escribe ha visto en su vida.

‘Otra vida’ pisa cliché tras cliché. (Fuente: Netflix)

En general, la oferta de Otra vida funciona mal desde que se pone encima de la mesa por eso mismo. Tiene evidentes trazas de producto barato: la historia manida hasta el extremo, los personajes difusos, la realización de brocha gorda e incluso grandes detalles chorras como que un vehículo interestelar se arregle apretando una caldera con una llave inglesa. Y aquí “barato” no tiene ni una sola connotación negativa: es precisamente en esos productos de segunda fila, en esa serie B desacomplejada y fluida, donde ocurren las revoluciones.

Pero Otra vida ha nacido creyendo que, por rodarse en 4K y poner gesto de estar muy serio, le debe algo a alguien. Y ahí hace agua la nave (espacial). Lo que más sorprende y decepciona de la serie es que, con una puja inicial tan irrisoria, no haya querido o sabido reconocer su propuesta como lo que pide a gritos ser. Que no es menos, ni peor; pero es otra cosa. Aprovechar sus preliminares inanes para jugarlos a su favor. Autoparodia, liberación y esperpento en lugar de esas caras largas.

La primera temporada de ‘Otra vida’ está disponible completa en Netflix.

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