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Crítica: ‘Paquita Salas’ juega con ficción y realidad en una perfecta temporada 3

La Paca, como la Pantoja que canta la sintonía de la serie, demuestra que es una superviviente

Brays Efe vuelve a dotar de humanidad a la representante más famosa de la televisión. (Fuente: Netflix)

Cuando los Javis hacen entrevistas, suelen dar buenos titulares, aunque a veces se metan en algún que otro jardín (amable) del que salen regular. Pero cuando hablan a través de su serie Paquita Salas, y con temas tan delicados como la transfobia o los linchamientos mediáticos, su discurso es tan contundente como cristalino. Ellos mismos, en la vida, son conscientes de que meten la pata y reclaman su derecho a equivocarse, lo mismo que hacen sus personajes (“Nos hemos equivocado y seguro que nos vamos a equivocar muchísimas más veces. Pero saldremos, lo explicaremos y tan tranquilas”, dice Paquita) en una demostración de humanidad que los hace tan queribles.

Reconozco que fui de los más críticos con la temporada anterior de Paquita Salas. Es una serie que me gusta mucho, pero en aquella tanda de episodios vi muy pronunciados los valles y picos de calidad y descompensada la proporción entre drama y comedia. Por eso me hace tan feliz comprobar que la temporada 3 ha logrado un equilibrio perfecto en ese sentido y tampoco aqueja que el incesante desfile de cameos y estrellas invitadas empañe la historia.

Porque si en algo crece Paquita Salas respecto a las temporadas anteriores es, precisamente, en que ha sabido encontrar la historia que quería contar y se ha comprometido con ella. Nos habla de identidad (con Magüi renombrada como Malu a pesar de que su nombre se lo puso su abuela que ya falta…), de segundas oportunidades (con Paquita tratando de volver al negocio), pero sobre todo de anteponerse a la adversidad, de reivindicarnos y volver a nacer.

No deja de ser cierto que Paquita Salas a veces peca de lanzar referencias cuyo target es extremadamente estrecho; si yo me pierdo alguna, qué no se perderá la gente que no trabaja cerca el mundillo audiovisual (¿qué pasa con Belén Macías?), y eso es un peligro: que se convierta en una incesante broma interna. Pero por otro lado, esto le añade muchísimas capas; un espectador del otro lado del mundo que vea la serie sin nuestro contexto (por ejemplo, sin conocer la historia de Anna Allen) se perderá bastante, pero los que sí estamos empapados de su universo ganamos mucho. Lo importante es que la foto general se entiende porque los sentimientos que toca son universales.

Entre los aciertos de la temporada -más allá del final en el que entraré después-, me gustaría señalar la finura con la que se toca la polémica de los personajes trans interpretados por actores cis (necesito ver más a Laura Corbacho en pantalla); la maestría de Belén Cuesta en ese tercer episodio en el que brilla tanto en su vis cómica, perreando drogada, como en la dramática con su encuentro con Úrsula Corberó; lo bien que está Terelu Campos de villanísima; la simpatía de Omar Banana (“Sa matao Paca”); la reivindicación feminista en la industria; o cómo llena la pantalla Claudia Traisac cada vez que sonríe o llora.

En el otro lado de la balanza, siento que el personaje de Noemí Argüelles (y en contra de la opinión popular) resulta algo cargante cuando aparece en altas dosis y está a ratos fuera de tono; el cuarto episodio me parece el más flojo; y creo que los Javis deben estar muy atentos a no repetir fórmulas, especialmente para llegar hasta el drama, algo que de momento no es problema, pero que tendrían que tener en mente de cara a las próximas temporadas. Talento no les falta. Además, me parece interesante apuntar que llegados a este punto me saca más carcajadas el humor que surge de las situaciones que la búsqueda de la nueva frase gifeable, quizás por la sobreexplotación que hace Netflix del personaje en redes.

La casa de Bernarda Salas

No hace falta ser un lince para pillar el enfoque lorquiano a la inversa que plantea Bailes regionales, el penúltimo episodio. Un grupo de mujeres de negro encerradas en una casa, asfixiadas por los secretos y con la honra como tema. Pero si en La casa de Bernarda Alba lo que llevaba a las protagonistas hacia la fatalidad era tener que callar, en Paquita Salas hablar se convierte en sanador.

“¿No te cansas de guardártelo todo para ti?”, le pregunta el personaje de Gracia Olayo a la protagonista (qué bonito, por cierto, que Charo reconozca a Sonia por su género sentido tan naturalmente). La unión de estas mujeres -el abrazo de ellas dos, Belinda y Clara de la mano- acaba siendo el motor para hacerlas salir adelante: Paquita sale de su encierro, se expone a la luz (mientras suena una preciosa versión de la jota Tan pequeñica y sincera en la voz de Amaia Romero) y todo se aclara.

Un final meta al borde de la lágrima

Qué fácil hace Anna Castillo que parezca todo. Qué sencillez para dar forma a su Belén de Lucas, personaje pequeño pero brillante que sirve para catalizar el desenlace más meta posible, que no solo encapsula el mensaje final de la temporada sino que conecta la serie con sus orígenes y es un regalo enorme. Hasta Navarrete II es sencillamente sublime.

¿Juan Echanove haciendo de Chusa/Paquita en la ficción? ¿Aura Garrido de Magüi? ¿Qué fantasía es esta? Y ojo que era una idea que podría haber descarrilado fácilmente, pero qué bien queda. Y luego llega Anna Allen para engrandecerlo todo. No sé cuántas veces he visto ya su monólogo y no deja de erizárseme la piel. Qué potencia tiene y qué mal hemos hecho como sociedad permitiendo que desapareciese durante tanto tiempo.

Allen mira a cámara y parece que hable ella, aunque en realidad es su personaje, Susana, interpretando a Clara Valle. Clara está basada en Anna, por supuesto, pero esas inteligentísimas llamadas hacia fuera (“Estoy perdida en texto”, “Muy bien, Susana”) sirven para que el juego entre ficción y realidad sea conscientemente difuso. Desconectamos de la ficción y vemos solo a una Anna Allen a flor de piel exponerse, pero a la vez volvemos a ese mundo ficticio donde todo es una película. Y la vida llena de sentido a la ficción y del revés (¡esa mirada cruzada entre Allen y Traisac en el cine!); el espectador entiende a Clara, o a Anna, y brinda por las segundas oportunidades que merecen.

Todos nos merecemos intentarlo de nuevo y tener un final tan feliz como el de Paquita, Magüi, Belén, Lidia o Clara. Un final tan bonito que se antoja perfecto para terminar ahí la serie. Pero queremos más, Paca, queremos que vuelvas.

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