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Críticas

Crítica ‘Patria’ 1×06: Pena es mi paz y pena mi batalla

Un episodio de transición centrado en las diferentes maneras de afrontar la tragedia y el duelo

Nerea, la hija del Txato, gana más presencia esta semana (Fuente: HBO España)

Xabier: Pareces muy feliz.

Nerea: ¿Te molesta?

Xabier: No, en absoluto. Solo te pido que disimules un poco delante de la ama. No todos tenemos motivos para estar alegres.

Una de las vigas maestras de Patria es la de cómo lidiar con el dolor. El rayo homicida que parte por la mitad la vida de una familia — ¡de tantas! — apenas deja espacio para la reconstrucción. Pero de eso va la existencia: de levantarse una y otra vez, de sobreponerse a las desgracias, de articular alternativas para seguir adelante.

En un capítulo de transición — donde los avances narrativos más decididos han estado en la carrera criminal de Joxe Mari — las secuencias más potentes han sido conversaciones íntimas: dos personajes cavilando sobre lo que pudo ser y no fue. La melancolía que siempre trae la muerte bajo su guadaña. Las cosas que no dijimos, el valor del que carecimos, aquel recuerdo furtivo que ahora nos atormenta. El carnicero maldice no haber delatado a su hijo: “Estaría en la cárcel. Y me da igual si no querría hablar conmigo. Pero de la cárcel se sale. De la tumba nunca”.

Por eso una tumba concentra la segunda conversación clave del episodio. La valerosa Bittori ha seguido horadando con éxito las líneas enemigas para buscar la reconciliación. Con Arantza de catalizador (ese travelling de acercamiento para mostrar su satisfacción antes de que su padre salga en bici), Joxian es el eslabón débil. La vergüenza y el peso de la conciencia le van endureciendo. Por fin.

Joxian se atreve, por fin, a encarar su cobardía y su remordimiento (Fuente: HBO España)

Resulta entrañable el paseo por el cementerio. Luz, mucha luz, metáfora de la esperanza y la reconciliación. La metáfora primaveral asoma con determinación. Y, de nuevo, Patria evidencia que trabaja bien los silencios, en ocasiones mejor que ciertos diálogos. Algo tan sencillo como un plano medio de Joxian, un contraplano donde la cámara nos lee el nombre de la lápida, y el regreso a Joxian, que se derrumba. Voilà! Una emoción sencilla, cristalina, directa, pero necesaria. Quizá, abrumados por las interpretaciones de Elena Irureta, Ana Gabarain y Loreto Mauleón, tendemos a olvidar el excelente trabajo de Mikel Laruskain. Ese rostro donde parece habitar un cúmulo nimbo perpetuo de pena, gana enteros precisamente cuando asoma la luz: la semana pasada en ese orgullo de padre con el premio de su vástago y ésta con el dique lacrimal rompiéndose. La satisfacción y el arrepentimiento son expresiones que contrastan con su rostro antiguo de vergüenza y depresión perpetua.

La tercera y última conversación, de nuevo en la intimidad del dúo, tiene lugar dentro de un coche. Los espacios escogidos no son inocentes. El pesar por la muerte del etarra sucede en una trastienda oscura, durante una noche desapacible. Bittori y Joxian caminan hacia el perdón por un cementerio radiante. Y los hermanos Lertxundi transitan el punto medio. Intuyo que hay una tesis por escribir donde se desentrañe el empleo simbólico de la meteorología en Patria. No solo. La hermana siempre está en marcha, de aquí para allá, viajando, huyendo por dentro y por fuera; el hermano, por contra, vive atornillado a un espacio. El coche permite, metafóricamente, integrar ambas posturas. Por eso Xabier y Nerea debaten sus penas en un ámbito contradictorio, como en aquel hermoso poema de Miguel Hernández.

Nerea: Bien, desde que lo mataron, ¿te has reído alguna vez?

Xabier: Puede ser. No me acuerdo.

Nerea: ¿Es que te has prohibido ser feliz?

Xabier: No sé qué es la felicidad. Supongo que es una ciencia que tú dominas. Se te ve hecha una experta.

Él quiere estar atrapado; ella quiere salir. Él siempre cerca; ella siempre lejos. Ella aspira a pasar página; él a reescribirla sin descanso. Lo más intenso e interesante de este episodio es precisamente la zozobra para gestionar la tragedia, una desgracia sobrevenida como la que supone un atentado. Porque las víctimas del terrorismo son tan diversas como los 858 asesinados y los miles de heridos que ha dejado este fanatismo feroz. Unas salieron tristemente de Euskadi, con las medias bajadas y un bebé a cuestas. Otras se negaron a que les mataran una segunda vez en vida y aguantaron, liderando la rebelión cívica contra el terror. Las de más allá optaron por el perdón cristiano y las de acá por el “ni olvido ni perdono”. Eso sí, todas compartían una misma característica: fueron asesinadas por suponer un obstáculo para los delirios ideológico-patrióticos de un puñado de lunáticos aplaudidos por una parte nada desdeñable de la sociedad (el funeral del inicio del episodio).

Por eso es interesante la dinámica de Xabier y Nerea: dos hermanos que digieren de forma tan distinta el drama. Que intentan sobrevivir como buenamente puedan. Más allá de la torpeza argumental alemana (¿tan tontica es Nerea? ¿O es que la obsesión por huir de la tragedia le nubla severamente el juicio?), la escena en la que se topa con el cadáver y entra en pánico evidencia que las heridas, por desgracia, no pueden emboscar fácilmente sus marcas. Porque las cicatrices son amuletos contra el olvido.

Tras el tiro en la cabeza llega la bomba lapa (Fuente: HBO España)

Una vez alcanzado el estatus de asesino la semana pasada, la parte menos interesante del episodio — por rutinariamente previsible — han sido las andanzas gudaris de Joxe Mari. Previendo las torturas que, según aquel infausto cartel, llegarán en las próximas semanas, es muy relevante constatar cómo se matiza la raigambre destructora del mayor de los Garmendia. Con música de tensión, Óscar Pedraza triangula un tenso montaje con los primeros planos de los terroristas, sentados en el bar, y el plano general del coche. Los asesinos se miran con cierto temor al contemplar a la niña y la madre. Y, uf-qué-alivio, suspiran al comprobar que no suben. El plan continúa, pues.

¡¡Pum!!

Son decisiones visuales y narrativas que implican ciertos códigos morales en los etarras. ¡Como si no hubieran sido 23 los niños asesinados por ETA! Daños colaterales en otros casos, I guess. Dramáticamente, es una decisión irreprochable: esos grises, ese intento por humanizar a los personajes, alejándolos de la villanía de opereta que ha salpicado otras facetas de Patria.

Dar cuenta del mal asumiendo la complejidad. ¡Veremos cómo la gestionan los creadores cuando lleguen al interior del cuartel de Intxaurrondo!

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