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Crónica de un parricidio: Cómo DC Universe acabó igual que Jimmy Hoffa

Analizamos, con ayuda del crítico y podcaster Albertini, el legado inmiscible de la plataforma que dejan ‘Titanes’ y ‘Doom Patrol’

El episodio que presenta a Halcón y Paloma es un puntal del lado ‘thriller’ de ‘Titanes’. (Fuente: DC)

La DC FanDome ha sido el bautizo de la niña Corleone. Entre vítores y aleluyas inspirados por la convención online, en la que la segunda casa del cómic mundial ha agasajado a su hinchada con el anuncio de nuevas y apetecibles golosinas, se elevó un mesías recién nacido y se dio muerte por igual a quien ya no sirve. DC Universe, la plataforma que debía liderar la carga de las traducciones audiovisuales de las viñetas de la marca, espera ahora, hecha un guiñapo, el golpe de gracia de la famiglia, que no requerirá de sus servicios en cuanto la fuerza productiva de todos los sellos de Warner acabe de concentrarse en una sola mano férrea, la de HBO Max.

Aunque la plataforma fenece indignamente, sus escasos dos años de actividad han dejado para el recuerdo series con lugar propio en el pabellón de la ficción superheroica. Además de un par de propuestas animadas (algunas de ellas, véase Harley Quinn, de gran calidad y sin distribución en nuestro país, como apunta este artículo), DC Universe alumbró cuatro producciones de acción real: Titanes, Doom Patrol, Swamp Thing y Stargirl. De las dos últimas, ejemplos menores y no muy comentados, la primera se canceló apenas días después de emitirse y la segunda fue transferida tras una temporada a The CW, hogar putativo de las series de la marca y centro de rotación del Arrowverso.

Así las cosas, quedan como guardianes de que no se despeñe la herencia de la plataforma las dos apuestas principales, Titanes y Doom Patrol, que son a su vez legatarias de una intrépida estrategia de programación: la de crear series opuestas e inmiscibles que apelen a graderíos contrarios. Imaginadas desde corrientes muy distintas de la arquitectura de historias, las series arrastran un pecado original compartido que las enfrenta como, a la vez, prosélitos y decálogos de una u otra manera de hacer política en la ficción. Deben gustar desagradando. El éxito del envite es rotundo: los habrá que transijan con una serie y aborrezcan la otra, y en el centro, el consumidor ideal, el fetichista de la variedad.

A un servidor, Doom Patrol le resulta engorrosa y disoluta, un esperpento ci-fi con innegable vocación de tratado sobre el trauma, pero de poco interés. Titanes, por el contrario, aparece como un torbellino policiaco, thriller finchiano en sus cumbres, que se atreve en ocasiones a probarse y lucir los modos del horror gótico. Todo es diligencia en una serie de planificación matemática que sortea en la medida de lo posible los vicios de la ficción de enmascarados, obsesionada con las narraciones corales y repletas de meandros.

La escuela Zack Snyder

Alberto Carlos (Albertini), crítico en Espinof y copiloto de El Noveno Podcast, uno de los mejores y más longevos espacios sonoros sobre el cómic, practica la fe contraria: “Lo que no me convence de Titanes es que sigue la escuela Zack Snyder de que los superhéroes cuando no son psicópatas (hola, Hombre de Acero) deben ser desgraciados, sin ganas de vivir y poco inspiradores… y es un tono que poco tiene que ver con los cómics”, alega. Aquello que le repele de la serie de Robin y su tropa es, curiosamente, lo mismo que interpela a quien escribe estas líneas: “Si veo Titanes quiero ver héroes, no vigilantes con máscaras. Y ese tono que creo que no pega con ella es, precisamente, la virtud de Doom Patrol”.

“La Patrulla Condenada son gente rota”, prosigue el periodista, “y el guion de su serie ahonda en las capas del trauma. Es triste, pero extrañamente inspiradora. Además, la serie es una locura, sí, y recuerda a esa época en la que los cómics se escribían y dibujaban a base de LSD y demás psicotrópicos jugando, de paso, con la cuarta pared y la metaficción”. De ese derroche conceptual de raigambre toxicómana hay ya una advertencia en el tercer episodio de la primera entrega de Titanes, donde la atención se desvía del investigador atribulado para presentar a los engendros que luego integrarían la Patrulla Condenada en forma de backdoor pilot. Este es un parentesco, señala Albertini, que no conviene olvidar.

El mencionado alto en el camino –una reverencia para los forofos de Doom Patrol, un asedio sangriento si se suda la camiseta de Titanes– duele como frenazo categórico que es, pero deja más o menos cicatriz en función de dos variables: a) si se ha visto Doom Patrol en orden anticronológico, esto es, antes que Titanes, y se reniega de los personajes y sus timoratas historias tanto como yo lo hago, y b) porque solo una hora antes en el metraje se ha conocido la excelencia. El episodio de Titanes (1×02) que presenta en sociedad a Halcón y Paloma, matrimonio de justicieros, es un alumno aventajado de la escuela del thriller: un protagonista vacío, posmoderno y psicoanalítico; pecados del pasado que cristalizan en fallas sistémicas; la redención a través de set pieces de una ultraviolencia evangélica; la problematización de la inercia del amor patriarcal… Nada que ver con Doom Patrol.

Respuesta tardía al universo Marflix

A ojos de Albertini, estas diferencias cumplían un propósito evidente: ofrecer una respuesta tardía al paquete de series de Netflix sobre licencias Marvel (Daredevil, Jessica Jones y demás), con Titanes como el blockbuster que liderase la carga. “Si bien no creo que exista un tipo de público exclusivo de cada serie, sí que nuestros intereses van variando por instantes. A veces me apetece algo sesudo y otras algo más ligero”. Como ejemplo, dos series basadas en cómics de la editorial producidas fuera de DC Universe: “Me pones un episodio de Legends of Tomorrow y me lo paso bomba. Me pones Watchmen y se me cae la mandíbula. Disfrutar de uno no está reñido con disfrutar de otro”.

Los restos de la batida entre las dos producciones principales de la cadena, contrarias e iguales en un duelo empatado como el de Áyax y Odiseo, probablemente no dejarán más recuerdo de la plataforma que el ligado a ellas, pero la maniobra de DC Universe buscaba dar respuesta a un espectro de inquietudes mucho más amplio. “Otra cosa no, pero no podemos decir que las series de DC Universe sean todas iguales”, asegura Albertini, alejando la atención del binomio. “Swamp Thing era horror. Y Stargirl no parece de la plataforma, encaja 100% con el Arrowverso. Por lo general se ha hablado poco de ellas, pero porque la condición de plataforma de streaming menor no ayuda a su popularización. Además, si metes Titanes en Netflix a nivel global está claro que va a dar un pelotazo; el resto no ha gozado de ese nivel de distribución”. En nuestro país, Stargirl se ve en HBO España. Swamp Thing, relegada al ostracismo, en TNT Now.

Como los traumas de los personajes, que han abonado durante años los arcos dramáticos sobre el papel, la variedad como abordaje de un mercado, el de los súpers, que ha pasado del nicho a la sobreexposición también es un talento adquirido del tebeo. “Gracias a Dios cada vez se publica material más diverso en los cómics de superhéroes”, celebra Albertini. “En DC, si queremos algo más juvenil tenemos Wonder Comics; si gustamos de material más adulto, ahí está Black Label… Con las series está pasando algo similar: ¿Queremos una serie ligera pero con espíritu superheroico? The CW. ¿Una aproximación más seria? DC Universe/HBO Max. Y esto solo con el live action. En animación podemos constatar la diferencia entre Teen Titans Go! y Young Justice”.

El ocaso de DC Universe no es el final para sus series. Unas han encontrado ya un nuevo hogar, otras estaban igualmente condenadas. Pero sí es un parricidio. Un ajuste de cuentas. Negocios, como explica Sollozzo a Michael Corleone en El padrino antes de derramar los sesos sobre la cena. Con la boca pequeña, la DC FanDome ha dejado claro que el futuro de la producción audiovisual con aire justiciero pasa por HBO Max. Ahí se verán las obras nacidas en DC Universe, pero también la serie que acompañe a The Batman, la película de Matt Reeves; la antología Strange Adventures y la serie basada en Green Lantern, ambas de Greg Berlanti; e incluso los cuatro pedazos que conformarán la versión de Zack Snyder de La Liga de la Justicia.

Como Pesci a De Niro

Abandonar a su suerte al servicio de streaming parece más un movimiento ejecutado desde arriba que el resultado de una competición igualada, pues muchos apostarían fuerte por la plataforma que lleva en el nombre las mismas siglas que los cómics en las portadas. Debía ser de esos el pobre Jim Lee, que anunciaba resignado el deceso hace unas semanas, como encañonado desde las bambalinas. Ahora Joe Pesci a De Niro en El irlandés: “Esto es lo que hay”. En cualquier caso, recuerda Albertini, el cosmos narrativo de DC siempre ha estado repartido en varios canales. Sus personajes también tienen series en The CW o Epix; incluso Fox, AMC y FX si contamos Vertigo, la sección independiente de la editorial.

“La cuestión es que DC Universe, como idea, no era mala… para los lectores de cómics, que, atendiendo a cifras de ventas y estadísticas, no somos tantos como pueda parecer”, advierte. Este particular Jimmy Hoffa del vídeo bajo demanda, que tan rápido se aupó a la cima del mundo como se lo ha tragado la tierra, procuraba, a la vez, tebeos que leer en formato digital y series basadas en ellos, pero con el ojo puesto solo en los consumidores de los primeros. “Un servicio de suscripción para leer cómics me parece fantástico. Sin embargo, producir televisión es exageradamente más caro que editar un cómic digital. Creo que la editorial sobreestimó la acogida en su búsqueda de El Dorado streaminguero. No creo que pudiera haber navegado sola”. Y así, sin bombones ni abrazos ni fiestas de despedida, un día uno se esfuma y los demás consienten. He oído que HBO Max pinta casas.

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