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El legado de ‘Aquellos maravillosos años’ se nota más de 30 años después

La huella que dejó sigue notándose en todo tipo de series actuales

Paul, Kevin y Winnie, el primer ‘amigos para siempre’.

Una de las series que recuerdo ver de pequeña con fruición es Aquellos maravillosos años, y no sólo porque su protagonista me tuviera enamorada perdida. Lo cierto es que me encantaba. El tono, las historias que le sucedían a Kevin y un montón de contenidos que, años después, entendería y pondría en perspectiva. Fue de esos títulos que marcaron una época y una forma de narrar, y que 30 años después sigue despertando cariños y referencias.

Con ella conocí a Joe Cocker, supe lo que es una versión y que su sintonía venía de un grupo llamado The Beatles. Y empecé a ver la importancia de una intro con personalidad. El inicio de las primeras notas era la señal de que comenzaba un momento mágico de la semana en el que podías entrar en la vida de otra gente, a ver realidades que te resultaban extrañas y, a la vez, era como si se tratara de alguien conocido. Estaba acostumbrada a que las series o fueran adultas (aunque me gustaran), como M.A.S.H., o estaban enfocadas a un público joven. Y, sin embargo, la de Kevin Arnold se emitía en la hora de los mayores, salían niños y nos gustaba tanto a mi padre como a mí.

Pero más allá de los cariños personales, el título lleva treinta años volviendo a mi memoria. Tras una voz en off que representaba la narración de su protagonista años después, podíamos ver la construcción de una familia entre los años 1968 y 1973. Pretendía hablarnos de los entresijos de los Arnold, sí, pero la importancia del contexto hacía que tuviera constantes pinceladas históricas. Este resumen podría hablar de producciones de lo más actuales como Cuéntame cómo pasó. Ninguna de las dos series tendría sentido fuera de su entorno.

Una imagen de la temporada 19 de ‘Cuéntame cómo pasó’. (Fuente: RTVE)

Uno de los puntos que las hace potentes es la forma de entremezclar lo cotidiano con lo relevante sin resultar forzoso. Sin uno de estos dos componentes tendríamos una producción entretenida, pero algo vulgar y atemporal. Aquellos maravillosos años marca lugares comunes con las series familiares habituales. Son los padres de Malcolm lidiando con el crecimiento de sus hijos un poco como pueden, o la escena cliché de un padre en la mesa de la cocina intentando cuadrar las cuentas de casa. Pero todo lo que la completaba es inintercambiable.

Y es la descripción del sueño americano. No es el único caso en el que lo encontramos; uno muy reciente que hace algo semejante es F is for family. Pero, si bien en otras comedias se obvia un poco más, en ambos títulos se hace un esfuerzo extra por aclarar que, tras esa postal de ciudad jardín con dos coches, una esposa perfecta y varios hijos que completen la imagen, hay mucha contrapartida.

La necesidad económica de un segundo vehículo que genere una movilidad cara y dependiente para los ciudadanos; la incursión de la mujer casada en un mercado laboral que no la tiene en cuenta, ni de lejos, como a un hombre; tener que seguir encargándose de todo pese a trabajar, o el padre aguantando a un jefe imbécil porque de él depende que la casa tenga valla blanca o no. Que la clase trabajadora se considere clase media tiene un precio de lo más caro que la obliga a entrar en un juego donde nada es suficiente y todo sucede muy rápido.

Por encima de los besos con Winnie, los juegos en una calle del vecindario y de la residencia unifamiliar en un barrio de baja densidad, Aquellos maravillosos años realizó un esfuerzo enorme y exitoso por contarnos mucho más. Es música, ropas de colores, hijas que se van de casa a perseguir sus sueños hippies y madres que deciden retomar la carrera abandonada para ser independientes y productivas. Ojalá algún día podamos retomarla (y alguna plataforma de streaming en España la incluya en su catálogo) y apreciarla por lo que fue.

Y no, el niño con gafas, Paul Pfeiffer, nunca fue Marilyn Manson.

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