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He vuelto a ver ‘Motivos personales’ 15 años después

El tiempo le ha sentado mal en algunos aspectos y la convierte en reivindicable en otros, porque es mi vida la que está en el aire

(Fuente: Mediaset)

“Es mi vida la que está en el aire”. Cuando los guionistas de Motivos personales se la escribieron a Natalia, el personaje de Lydia Bosch, para terminar el primer episodio, tenían que saber instantáneamente que habían creado un clásico de la televisión española. Quizás nadie recuerde ya los vericuetos del misterio que contaba la serie, pero esa sentencia pronunciada en un susurro intenso ha quedado como parte de la cultura pop.

Como toda la serie, por otro lado. Es curioso que algo que tuvo tanto éxito en su primera temporada en 2005 (lo tuvo) fuera cancelado en la segunda. Eran los tiempos en los que las series convivían en Telecinco con los realities de una manera más armoniosa y era posible que Natalia y Virginia obsesionaran tanto a sus espectadores como los habitantes de la casa de Gran Hermano. Porque es cierto que fue una obsesión. Hasta hubo drama cuando Álex González sustituyó a Miguel Ángel Silvestre de una temporada a otra sin que en la serie a nadie le pareciera raro que Nacho hubiera cambiado físicamente sin justificación alguna.

El caso es que Motivos personales ha quedado como ejemplo de serie de misterio culebronera en el que todo el mundo era muy intenso. Homo Zapping parodiaba a Lydia Bosch en la serie gritando siempre “¡noooooooo!”. Pero vista 15 años después, hay algunos aspectos que destacan para bien.

Por ejemplo, que en los diez primeros minutos ya sepas quiénes son todos los personajes, qué relación hay entre ellos y que hasta se lance el misterio con la aparición muerta de la secretaria del dueño de Laboratorios Acosta. Economía de recursos y efectividad, se llama eso. Nada de esperar a los últimos cinco minutos para introducir el problema principal; se hace desde el principio y, a partir de ahí, se desarrolla a la vieja usanza de las historias de misterio, a través de lo que sus protagonistas van descubriendo. ¿Para qué aburrirte con 60 minutos de exposición y reservarse el final para crear un cliffhanger artificioso?

En Motivos personales no se pierde el tiempo. Todo el mundo es allí una mala persona con una agenda oculta (o tres simultáneas) y la villana, Virginia, es de esas antagonistas que ya entra en una sala con cara de “me lo estoy pasando en grande haciéndoos la vida imposible”. No se libra ni Natalia, que justifica todos sus comportamientos más reprobables diciendo “soy periodista”. Pero en su programa hay una trepa aún más ambiciosa para que no parezca igual de mala persona que los demás.

La fotografía es casi autoparódica a veces (los azules a lo CSI de la sala de autopsias), algunos diálogos son inenarrables (más todavía cuando todos los declaman con la intensidad al 150%) y la trama de los adolescentes es lo más accesorio y gratuito visto en mucho tiempo, pero Motivos personales sabe bien lo que está dándonos y cómo hacerlo. Desde el principio nos dice que no vamos a aburrirnos, y por Lydia Bosch que no lo hacemos.

P.D.: La maravilla de que gran parte de este equipo creara después Los misterios de Laura la dejamos para otro día.

‘Motivos personales’ está disponible en Mitele.

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