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‘La cantina de medianoche: Historias de Tokio’ tiene la belleza de lo común

Esta serie japonesa, disponible en Netflix, aprovecha recetas de cocina popular para contar emotivos relatos cotidianos

La serie muestra la vida nocturna de un bar nipón. (Fuente: Netflix)

‘Joyas de catálogo’ es una sección en la que todos los jueves recomendamos alguna serie completa incluida en el catálogo de las plataformas de streaming.

La serie de la semana: ‘La cantina de medianoche: Historias de Tokio’

Disponible en: Netflix.
Temporadas: 2 (20 episodios).
Creador: Joji Matsuoka.
Año de producción: 2016–2019.

De qué va

Al caer la noche, el bullicio del nervio comercial del barrio de Shinjuku, en Tokio, se reparte por los callejones, discotecas y karaokes. En un recodo de los intestinos de neón del distrito se esconde una taberna que sirve comida entre la medianoche y las siete de la mañana, regentada por un misterioso hombre rudo cuyo ojo izquierdo atraviesa una poderosa cicatriz. Al calor de las algas y el jengibre de los platos que prepara el chef se refugian animales de la noche nipona de lo más dispares, todos con el estómago vacío e historias que compartir.

Por qué hay que verla

Toda la emoción que La cantina de medianoche: Historias de Tokio puede alcanzar se encuentra condensada en la voz que canta la tonada inicial, mientras las notas de la guitarra pulsada sumen al espectador en la tumefacción del sueño urbanita a toda máquina: centros comerciales, cartelas publicitarias y coches y viandantes infinitos. Domar ese potro desbocado y saber empujarlo por la diminuta y anodina puerta del bar protagonista es la proeza de esta obra japonesa producida por Netflix, que recoge el testigo de una serie anterior con dos temporadas extra y que sigue sin ser renovada. En el inevitable pulso con la exotización en la que estamos educados se encuentra su otro gran interés, sumado a las recetas que la serie bosqueja de forma humilde, familiar y desdibujada.

Aunque poco trascendentales, las historias que los clientes de la cantina regalan a la mirada de los extraños (entre los que figuramos nosotros, como apoyados también sobre la barra) no están vacías. Son reales y vivas, toda vez que suponen pequeños terremotos para los universos microscópicos que nacen y mueren en la pantalla cada veintipocos minutos. Según avanzan los episodios, uno pierde la actitud descreída y se entrega por completo al pasatiempo de la serie. Observa, por ejemplo, que se van repitiendo los parroquianos del garito y la mente, divertida, se acomoda y casi puede percibir el hedor hogareño de las sartenes chamuscadas y los charcos de cerveza desparramada en el suelo.

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