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‘Black Mirror: Bandersnatch’ es la gran broma de Charlie Brooker - Fuera de Series
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‘Black Mirror: Bandersnatch’ es la gran broma de Charlie Brooker

El episodio interactivo es un juego metarreferencial que anima a la diversión, más que al sobreanálisis

Stefan, el protagonista de ‘Bandersnatch’. (Fuente: Netflix)

Antes de hacerse famoso como creador de Black Mirror, Charlie Brooker analizaba desde la sátira la actualidad del Reino Unido. Se tomaba muy en serio la información al no tomársela en serio, y ese ánimo juguetón se trasladó después a sus trabajos en ficción. Que Dead Set se ambientara en un apocalipsis zombie en el que sólo se salva la casa de Gran Hermano ya nos daba una pista de que, aunque Brooker quisiera transmitir un mensaje, la ironía siempre iba a estar presente de algún modo.

Black Mirror tiene fama de seria, casi de predecir el futuro cuando, en realidad, tras muchos de sus capítulos se aprecia ese mismo impulso satírico de su creador. Bandersnatch, por ejemplo, su episodio especial interactivo, entra directamente en la categoría de juegos y chistes privados de Brooker. Sí, puede intentar construir un protagonista abrumado por una tragedia familiar de su pasado que daría lo que fuera por alterar, pero es más una invitación al espectador a jugar, a divertirse, a pillar los guiños a la propia historia de la serie desperdigados aquí y allá, hasta a reírse con algunos de los giros del capítulo.

De él se ha escrito de todo desde su lanzamiento, a finales de diciembre: que si es una revolución para la ficción televisiva, que si no es más que una aventura gráfica glorificada, que si estos son los pasos que debes seguir para ver todos los finales posibles, que si es un “episodio de Schrödinger”, que si Netflix tardó dos años para desarrollar un software especial que pudiera soportar las diferentes narrativas… Se puede sobreanalizar todo lo que se quiera un capítulo que, precisamente, se está riendo del sobreanálisis y de la obsesión por todos los detalles. Es el camino más directo hacia la locura.

Fuente: Netflix

La mejor explicación la ofrece el propio Bandersnatch al enseñar un poster de Ubik en el apartamento del programador Colin Rittman. Esa novela de Philip K. Dick también va sobre realidades alternativas que ocurren todas al mismo tiempo y va cambiando con cada nueva iteración de ese “ubik” que todos los personajes intentan comprender. Es como darle importancia a la botella con restos de uranio que todos persiguen en Encadenados; nos estamos fijando en lo más irrelevante, en el macguffin, en lugar de la historia de amor entre Cary Grant y Ingrid Bergman que de verdad interesa a la película.

Bandersnatch es un metacomentario sobre sus espectadores, sobre los gamers, los roleros, sobre la desconexión que sentimos al hacer que los protagonistas de un juego tomen determinadas decisiones, a veces sólo por la curiosidad de ver de cuántas maneras grotescas pueden morir. Y, al mismo tiempo, también nos dice que poseemos menos control sobre la historia del que Stefan siente que tiene. La ilusión del control es, si queremos ponernos trascendentales, el tema de un episodio que, al final, sólo busca la diversión.

La insistencia ocasional en que elijamos determinadas opciones sobre otras ya nos indica que Brooker y compañía son quienes mandan aquí, son los masters de la partida, y al mismo tiempo, los guiños a capítulos anteriores de Black Mirror y la retranca con la que vemos a los críticos de videojuegos nos animan a tomar distancia y a disfrutar. Tal vez, ése puede ser el principal defecto del episodio, que nunca conectamos emocionalmente con su protagonista, pero es algo que ocurría también con los famosos libros de Elige tu propia aventura. Son rompecabezas, al fin y al cabo.

Esa voluntad de juego se aprecia en algunos de los finales más meta de Bandersnatch, en los que se rompe la cuarta pared y se nos anima a que nos riamos con ellos. Porque también forman parte de todas esas realidades alternativas que Stefan descubre (o crea) al escribir el juego. Todas las posibilidades se incluyen en el capítulo, que hasta nos dice explícitamente cómo funciona todo en varias ocasiones; la más clara, cuando Stefan se da cuenta de que al jugador no puede ofrecerle tantas elecciones porque el sistema se satura.

Black Mirror ha querido experimentar con una interactividad que ya estaba presente en libros y videojuegos (y con la que Netflix había hecho ya sus pinitos en series infantiles) y lo ha hecho siguiendo su mismo espíritu. El espectador debe sumergirse en su mundo y debe disfrutar de los caminos por los que se adentra la historia. Y, en este caso, debe sentir también la satisfacción de que pilla la broma, de que se está riendo con Brooker de las preconcepciones sobre su serie y sobre lo que tendría que ser Bandersnatch. Y no hay que obsesionarse. Ya vemos lo que ocurre cuando alguno de los personajes se obsesiona.

‘Black Mirror: Bandersnatch’ está disponible en Netflix.

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