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Crítica: ‘A los gatos, ni tocarlos’ es adictivo, pero demasiado gráfico

Tenemos nueva serie documental de Netflix de la que todo el mundo habla

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Deanna Thompson es la gran protagonista de este true crime. (Fuente: Netflix)

A juzgar por los estrenos del mes de diciembre, Netflix parece saber lo que se supone que queremos ver en estas fechas -contenidos edulcorados con renos y reuniones familiares como Klaus o Días de Navidad– y lo que realmente nos apetece ver para evadirnos de las sonrisas falsas de las Navidades: la truculencia.

Así se entiende que en estas fechas arrase una serie como You, que acaba de estrenar su segunda temporada, o una serie documental como A los gatos, ni tocarlos: Un asesino en Internet, que cuenta una de esas historias tan atrapantes y delirantes que, como pasaba con Wild Wild Country, no puedes creer que sea real. Si has llegado aquí sin haberlo visto, dos consejos: es mejor que no leas nada sobre el caso y te dejes sorprender, pero no esperes algo simpático sobre frikis (el título tiene un punto cómico que despista) porque llega a puntos muy escabrosos, que incluso pueden herir la sensibilidad.

Internet y el origen del psicópata

El asesinato de Lin Jun a manos de Luka Rocco Magnotta, también conocido como el descuartizador canadiense, no tendría un especial interés respecto a otros más allá de su huida internacional, de no ser porque un grupo de personas en Internet se obsesionó con él antes del propio crimen y observó desde el ordenador de su casa cómo crecía esa oscuridad. Supieron que una mente enferma iba a dar el siguiente paso antes de que sucediese. Ese es su diferencial.

Por eso es muy acertado que los protagonistas sean Deanna Thompson (alias Baudi Moovan) y ‘John Green’ (siempre entre comillas), dos de los miembros más activos de un grupo de Facebook para dar caza a un psicópata que se había saltado la “regla cero” de Internet: a los gatos, ni tocarlos. A través de ellos seguimos, como si de una película de orígenes de un villano se tratara, la adicción de Luka a la atención que le regalan en la red (no se aclara quién da el chivatazo al grupo de quién es el responsable, pero podemos intuir que es él mismo) y ese juego del ratón y el gato que inician.

Las reflexiones sobre el narcisismo, la idealización de la fama y los peligros de jugar a los detectives mientras se da atención a desequilibrados están ahí, pero siempre con un tono entre lo morboso y lo trivial del que nunca se despega la serie.

En el límite del buen gusto

Imagen de Luka Magnotta. (Fuente: Netflix)

Lo irónico de A los gatos, ni tocarlos: Un asesino en Internet es que es bastante cuidadoso en no mostrar los vídeos de los gatitos muriendo (aunque luego los saca totalmente moñecos sin miramientos), pero no tiene la misma sensibilidad con el asesinato de Lin Jun. Tampoco lo hace la propia Deanna, que llora como una magdalena y dice no poder ver aquel vídeo del minino que comenzó todo, pero luego describe con detalle la macabra escena sin apartar la vista del portátil y haciendo gestos.

La serie documental roza los límites de la snuff movie: vemos la escena del crimen, el cuerpo aún con vida de la víctima e incluso el apuñalamiento. Yo tuve que apartar la vista. Y aunque en cierto momento trata de reivindicar la figura de la víctima frente a la del asesino (algo que se le critica mucho a otros true crime), lo cierto es que se pasa de gráfico. Si lo que necesitaban era mostrar los detalles de la escena para luego compararlo con la de Instinto básico, se podría haber utilizado una recreación.

La transferencia de la responsabilidad

“¿Alimentamos ese monstruo o lo creamos nosotros? Y tú, que estás en casa viendo un puto documental sobre Luka Magnotta, ¿también eres cómplice? Tal vez es hora de apagar el ordenador”. Con estas palabras Denna cierra el tercer y último episodio, entonando el mea culpa y, a la vez, transfiriendo su responsabilidad a los espectadores de A los gatos, ni tocarlos: Un asesino en Internet. Y a través de ella, implícitamente, también se libra el propio documental: existo porque tú me ves, parece decirnos.

Es un debate interesante y, desde luego, nada nuevo. Siempre ha cuestionado si la prensa amarilla o la telebasura son culpa de quienes la producen o de sus consumidores. Por supuesto que si nadie viese estos contenidos dejarían de existir, pero eso no quita que productores y cadenas tengan cierta responsabilidad sobre ellos y sobre las líneas rojas que deciden traspasar. Solo faltaría.

‘A los gatos, ni tocarlos: Un asesino en Internet’ está disponible en Netflix.

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