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Crítica: ‘Bodyguard’, ¿quién protege qué? ¿quién protege a quién?

Netflix presenta el último thriller de Jed Mercurio después de batir récords de audiencia en Gran Bretaña

Fuente: BBC

Esta crítica se ha escrito tras ver la temporada completa de ‘Bodyguard’ y no contiene spoilers.

Anochece en Londres. Un tren de cercanías transita por la periferia de la capital. En uno de los vagones, un hombre, David Budd (Richard Madden), mira con ternura a sus dos hijos, que están a punto de caer rendidos de sueño. A su alrededor, todo parece normal, rutinario, hasta que atisba a lo lejos a un hombre de aspecto oriental cuyo comportamiento le llama la atención. David pide a una pasajera que vigile a sus hijos para incorporarse y seguir al ya sospechoso; lo sigue hasta otro vagón y lo pierde, pero junto a él hay un servicio con la puerta cerrada.

Intenta abrirla sin éxito. No hay rastro del sospechoso. David decide acudir a la revisora, se identifica como miembro del Servicio de Protección Especial y le pide que detengan el tren y llamen a la policía. El tren se detiene, los pasajeros se apean, un cordón policial rodea los vagones y David encara la cerrada puerta del aseo. Después de varios intentos, la puerta se abre y una mujer de rasgos árabes, tocada con un pañuelo en la cabeza, se presenta ante él. Lleva un chaleco bomba en su cuerpo.

Los primeros veinte minutos del primer capítulo de Bodyguard están a la altura de una película de James Bond o Misión Imposible. Y es que este entremés será el denominador común de la serie de BBC, de seis episodios, que ha roto todos los récords de audiencia en Gran Bretaña. Su creador, Jed Mercurio (Spook, Line of Duty, entre otras), da una vuelta de tuerca al género en el que mejor se desenvuelve, el thriller, optando por un juego de conspiraciones donde lo aparente no es lo relevante, lo relevante no es lo finalmente determinante y donde lo finalmente determinante puede ser lo aparente. O no.

Richard Madden, como David Budd. (Fuente: BBC)

Situémonos: Londres, en la actualidad. David Budd es un ex militar con experiencia en Afganistán y miembro del Servicio de Protección Especial; después del incidente del tren, sus mandos deciden otorgarle un cargo de más confianza y responsabilidad: ser el guardaespaldas de la Secretaria de Interior, Julia Montague (Keeley Hawes), una política conservadora con una manifiesta actitud a favor del contraterrorismo y cuyas intervenciones son un verdadero imán para las intrigas en el gobierno, la Policía y los Servicios Secretos, además de las amenazas terroristas. David Budd, que está separándose de su mujer, y con visibles secuelas post traumáticas de su vida militar, se pone a las órdenes de Montague.

Siete millones de espectadores en su primer capítulo y casi once millones en el episodio final (47,9% de share); los números del último producto de Mercurio no se habían visto en la ficción pública británica desde el año 2008, con la emisión del especial navideño de Doctor Who. Y es que este fenómeno ha conjugado varios factores que han arrojado un éxito sorprendente, incluso para el propio Mercurio.

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Por un lado, el magnetismo que rezuman ambos protagonistas: Richard Madden y Keeley Hawes, unido a una química inesperada entre ambos (por favor, olvídense de la dupla Houston/Costner). Madden representa perfectamente la contención del soldado que lleva obedeciendo órdenes toda su vida; omitiendo, en la medida de lo posible, sus problemas personales para centrarse en el trabajo, su actitud hierática y fría y su profesionalidad sólo se verán en entredicho en contadas ocasiones, cuando descubrimos su vulnerabilidad frente a su familia o su protegida.

Hawes es implacable, dura, agresiva cuando se tercia; la Secretaria de Interior no palidece ni titubea. Sin embargo, en su intimidad, Hawes reproduce con convicción la sombra del envés que todos llevamos dentro. Y es cuando la relación entre ambos protagonistas enriquece la trama.

En segundo lugar, la historia se construye en dos partes diferenciadas que, lejos de adocenar o empequeñecer el relato, lo avivan y generan más intensidad, confiriendo a la conclusión potencia y longitud. El punto de inflexión que separa a ambas es sorprendente e inesperado (omitiré detalles por razones obvias), y consigue un efecto adictivo de cara al final de la miniserie. La trama, en tercer lugar, me resulta muy Line of Duty (de la que soy fan confeso), y es que Mercurio propone un cluedo muy seductor: el Servicio Secreto, la Policía Metropolitana, el Ministerio del Interior, el Servicio de Protección Especial, el terrorismo islámico, ex militares británicos… Una amalgama de actores que se rodean constantemente, enredando cada vez más la conspiración en la que ambos protagonistas están inmersos a su pesar.

Los secundarios que integran el reparto son caras conocidas de la televisión inglesa (y más aún, de Spook, Line of Duty y Peaky Blinders): Sophie Rundle, Ash Tandon, Gina McKee, Stephanie Hyam, Vincent Franklin, Stuart Bowman, Nina Toussaint-White, entre otros, y la dirección corre a cargo de dos clásicos de la ficción televisiva inglesa, Thomas Vincent y John Strickland.

Bodyguard, éxito de audiencia aparte, se ha convertido en un fenómeno social en toda regla (de hecho, los mentideros ya especulan con una segunda temporada). No añado más.

‘Bodyguard’ está ya disponible en Netflix.

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