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Crítica: ‘Dear White People’ y la ausencia de narrador en la temporada 3

La serie se reinventa y no llega al nivel de las entregas anteriores, pero sigue dejando algunos buenos momentos

(Fuente: Netflix)

Esta crítica se ha escrito después de ver la tercera temporada de ‘Dear White People’ y no contiene spoilers.

En el primer episodio de la nueva entrega de Dear White People encontramos la primera de varias referencias a la necesidad que tienen las series de Netflix de reinventarse en sus terceras temporadas. Ya sabemos que muchas de ellas son canceladas antes de llegar al cuarto año, pero cuando creíamos haber encontrado un patrón con la guillotina a Santa Clarita Diet, confirmamos que realmente son canceladas en cualquier momento; en sus segundas temporadas, como The OA o Sense8, y también en las primeras, como Tuca y Bertie o Everything Sucks.

La serie creada por Justin Siemen, que aún no ha recibido noticias sobre su continuidad, decidió hacer gala de la autoconsciencia que la caracteriza para trasladar ese limbo a sus personajes, haciéndolos sentirse desubicados y, como muchas de las series de Netflix en su tercer año, se ha reinventado. En el caso de Dear White People, esa reinvención significa que ha abandonado la exploración del punto de vista específico de un personaje al que se le dedicaba un episodio y la desaparición de la figura del narrador. La serie sigue siendo la misma, pero al mismo tiempo ha roto el contrato que había firmado con el espectador.

(Fuente: Netflix)

Al final de la segunda temporada, Sam y Lionel encontraban la Orden Secreta de X. Con ese descubrimiento, nosotros, que habíamos asumido que la figura del narrador omnisciente existía en un plano diferente al de la realidad ficcionada, pasamos a aceptar que convivía con ellos en el campus universitario. Pero la orden secreta nunca interesó mucho a Sam y a Lionel y nos hemos dado cuenta de que realmente tampoco le interesa a la serie, así que, lo que pensábamos iba a ser el eje de la temporada, quedó en una mera anécdota.

Ese callejón sin salida nos dejó la frase: “matar al narrador” que, en un sentido literal se produce al prescindir del recurso que había usado hasta ahora, y en uno metafórico, se entiende como la necesidad de los personajes de cambiar la forma en la que las historias son contadas. Quién tiene el punto de vista, a quién se le da voz, a quién no, por qué y para qué son temas que se exploran de manera transversal durante la temporada.

Ese “matar al narrador” también puede trasladarse a la reflexión que hace Dear White People de cómo negocian sus personajes cuando descubren que figuras mediáticas o mentores que habían convertido en héroes no son dignos de su admiración, viéndose obligados a reescribir su propia historia. Si ya habéis visto la temporada, en esta entrevista Siemen explica cuál fue su intención a la hora de abordar este tema.

(Fuente: Netflix)

Esta tercera entrega es mucho más coral que las anteriores. El cambio en la estructura permite que brillen algunos personajes más secundarios que quizá no habrían tenido mucho espacio si se hubiese mantenido el esquema al que nos tenían acostumbrados. Pero, al mismo tiempo queda la sensación de que muchas de las experiencias se diluyen al perder la oportunidad de mirar el mundo desde un punto de vista cada vez.

Aun así, Dear White People continúa teniendo sus momentos y sigue manteniendo la capacidad de poner sobre la mesa reflexiones complejas e interesantes, con las que permite que coexistan puntos de vista contradictorios sin anularse. Y sin dejar de ser una serie entretenida y divertida, porque en ese equilibrio radica gran parte de su encanto.

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