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El día que fui a Amsterdam y no vi a Lana Wachowski

Las visitas a rodajes tienen menos glamour del que parece, pero siempre dejan cosas curiosas

Esta escena de ‘Sense8’ se rodó en la antigua lonja de Amsterdam. (Fuente: Murray Close/Netflix)

Las historias off the record que nuestro compañero Alberto Rey está compartiendo estos días de cuarentena, aparte de ser una lectura sumamente entretenida, me están haciendo recordar que, cuando los periodistas de cine y televisión visitamos rodajes, tendemos a verlos con ojos cínicos y un poco de vuelta de todo. Para el espectador, que te cuenten que has estado de extra en Arde Madrid puede ser interesantísimo; para ti, que has ido a trabajar, igual lo es menos porque, aunque la experiencia ha merecido la pena, ibas pensando en las preguntas que tenías que hacer a los creadores y las actrices y si te daría tiempo después a terminar un par de temas que tenías a medias.

Ir a un rodaje es como mirar detrás de la cortina para ver que el mago de Oz no es más que un hombrecillo con trucos de ilusionista. A veces rompe la magia de lo que vemos en pantalla, pero otras la reafirma. Siempre sorprende ver el nivel de detalle en la ambientación de los decorados de, por ejemplo, Amar es para siempre (aunque cuando yo los visité eran los de Amar en tiempos revueltos y ni de lejos había llegado la trama a los 70), o que las naves industriales que han albergado las dos cárceles de Vis a vis eran témpanos de hielo hasta casi en primavera, o que el paso fronterizo del Barrio Chino de Melilla es una dosis de realidad que te mete directamente en la atmósfera de la próxima La unidad.

Cada visita a un rodaje tiene sus propias idiosincrasias. El de la segunda temporada de Sense8, por ejemplo, tenía sus propias acreditaciones de seguridad que cambiaban según localización y día. Unos pocos periodistas europeos (muy pocos) tuvimos la ocasión de medio subirnos a la feria ambulante que era aquella producción en Amsterdam, y nuestro acceso era bastante amplio hasta que Lana Wachowski empezaba a rodar. Podíamos ver lo que las cámaras iban a grabar en la antigua lonja de la capital holandesa, que simulaba ser una estación de tren, y hablar con los ocho protagonistas, con el encargado de buscar localizaciones, con uno de los productores… Pero Lana estaba fuera de nuestro alcance.

En el momento en el que la escena estaba ya ensayada y preparada, los periodistas salíamos de la gran sala de la lonja y solo podíamos ver a la directora a través de los cristales de la puerta. Su pelo rosa delataba en todo momento donde estaba, dirigiendo al operador de la steadycam por los hombros. También fue ahí donde recogieron nuestras acreditaciones para aquella localización y aquel día, dejándonos sin esa sensación de que, por un momento, éramos VIPs.

Otro día os contaré la vez que entré a una sala estéril de una empresa aeroespacial en la que, si te habías echado colonia antes de salir del hotel, no podías entrar porque las partículas del perfume contaminaban los equipos. Ahí no estaban rodando ninguna serie.

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