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El hombre contra la tierra: ‘The Mandalorian’ y la herencia del western

La serie de Jon Favreau para Disney+ es la obra más pistolera de una franquicia que siempre se ha interesado por el Oeste

El paisaje tiene una función metafórica en ‘The Mandalorian’. (Fuente: Disney+)

“Los americanos, a pesar de ser propicios e incluso anhelar ser siervos, se han negado siempre a ser considerados como campesinos”. Es una cita de El gran Gatsby. No de la narración trufada de Fitzgerald, sino del magnífico castellano de E. Piñas, el traductor (que, por otro lado, obvió y desvirtuó tres de las seis primeras palabras del original en inglés). En el parafraseo, como ocurre en toda la extensión de una novela que ausculta con mayor precisión que la mismísima carta magna la naturaleza de un país tan joven y bravo como los Estados Unidos, se establece un encontronazo, el del hombre y la tierra que pisa, que atraviesa toda la cultura americana y, en particular, el western.

Las fricciones y sinergias entre la tierra estadounidense y los humanos que la habitan, que la han domado y temido desde la colonización, son fuente inagotable de color, de emoción y de historias. A esos diálogos, que apuntalan el género más estanco (pero no por ello reacio a las transgresiones) del audiovisual, apela The Mandalorian, la serie con la que la plataforma Disney+ ha tomado el relevo de la marca Star Wars de las manos de sus contrapartidas cinematográficas.

La producción, a cargo de Jon Favreau (Iron Man, El Rey León), se está postulando como la destilación más cristalina del género pistolero dentro de una saga que, además de desprender un fuerte aroma seriado desde su misma concepción como antología, ha sentido siempre una gran fascinación por los motivos del cine del Oeste. A lo largo de las poco más de dos horas de metraje que se han emitido, pequeños detalles (véase la nota de viento-metal que, de forma significativa, se funde en el trémolo de un descarado sintetizador al final del capítulo tres) han subrayado una colisión entre tradición y modernidad que es condición sine qua non del género western.

Tiradores cayendo heridos de los tejados, acordes y percusiones que invocan a Morricone entre el williamsismo habitual en la franquicia… Múltiples factores convienen en marcar a The Mandalorian como una obra más deudora de los secanos de Mojave y Tabernas que de la ficción futurista, pero es el espacio, el ajuste de cuentas entre el caminante errabundo y el paisaje colosal que lo engulle, lo que define la esencia de la serie. Como expone Jordi Balló en su libro Imágenes del silencio, “con el western, la cultura norteamericana crea un sistema de representación en el que el paisaje deja de tener una función realista para convertirse en esencialmente metafórica: la idea de un más allá aventurero […]”.

La figura humana en The Mandalorian es una función de lo que le rodea, y se explica siempre dentro de binomios que emanan del entorno y cimentan la historia: el hombre y su hijo, unido a él por lazos más poderosos que la sangre; el hombre y su montura; el hombre y el clima, y sus inclemencias; el hombre y el horizonte, que lo aplasta en su insignificancia mientras descubre una libertad sin bordes y cuyas montañas, dunas y valles bañan los soles al ponerse; el hombre y las bestias, que pelean con honor y mueren sin banalidad, alimentando a otros habitantes del mundo libre; el hombre y sus armas y su honor, la más poderosa de ellas cuando toma la forma del agradecimiento inmarcesible.

El western está incrustado en el código genético de la serie de Favreau y se manifiesta desde los aspectos más impolíticos del relato televisivo, como la profundidad de campo homeopática con la que se rueda el periplo del mandaloriano, insistente indicador de las distancias entre cuerpos en el cuadro; y desde ahí se puede trazar una línea que ensarte todas las ideas de lo que va de serie, empezando por las imágenes siempre contrapuestas del diminuto bebé y la llanura infinita.

‘The Mandalorian’ se pirra por el western. (Fuente: Disney+)

Lo más interesante de la inscripción de The Mandalorian en la tradición del Oeste americano es que, aun siendo hija de un Hollywood presa del frenesí de la réplica, su fascinación por los cuentos de forajidos es pura. Lo demuestra un cuarto capítulo enlatado que separa las tramas sobre la conquista de la frontera de las vicisitudes de los pueblos ya asentados. Esos dos arcos, diferentes en principio, forman a menudo una única disolución en obras de pastiche y parodia. El rigor de la serie de Disney+ se articula, además, en torno a la totémica figura del jinete masculino, que se problematiza con ingenio en el ejercicio de una paternidad escogida.

La importancia de Mando palidece ante su contexto (la salvaje y accidentada transición entre el desaparecido imperio y una nueva república aún lactante) y, sin embargo, él es nuestro tutor a través de los eriales y colinas. De nuevo, el western: el héroe no importa, pero sus actos escribirán el futuro en la arena. Debe trascender su individualidad y entregarse a la barbarie para que el último derramamiento de sangre firme la instauración de la paz. Que se decrete que lo que es sólido debe dejar de desvanecerse en el aire. Cito a Pedro Vallín en ¡Me cago en Godard!: “el héroe centauro llega del caos y acaba regresando a él, pero deja tras de sí civilización, justicia y ley”.

‘The Mandalorian’ está disponible en Disney+, con un nuevo episodio cada viernes.

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