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Columnas | Cuatro trazos mal contados

El mejor opening de la historia del anime lo tiene ‘Neon Genesis Evangelion’

El montaje musical de los créditos iniciales de la serie cuenta más de sus personajes que muchos episodios

(Fuente: TV Tokyo)

En los manuales de guion se llama pregenérico a la primera pieza de la que consta la estructura de una obra. Está justo al principio, antes de que la trama misma dé comienzo. Es una especie de prólogo que da paso a la historia y, al mismo tiempo, la condensa en su totalidad. En las series de televisión, que tienen temporadas y episodios dentro de estas, es más complicado encontrarle un hueco. Los animes suelen colarlo en sus openings, esas secuencias con música y créditos que componen a la remanguillé un sumario de toda la trama. Neon Genesis Evangelion es el que mejor lo hace.

Esta ficción, testimonio desgarrador de la depresión de su creador, Hideaki Anno, llegó en 1995 para revolver el género mecha, el de los robots de batalla, y debe de seguir alucinando a cualquier seriéfilo con un poquito de ojo que se acerque hoy a sus 26 capítulos, disponibles en Netflix. Pero antes de acceder a todo eso –antes de saber de la historia de Shinji Ikari, piloto de robot mecha a regañadientes y paladín pasmado de lo poco que queda de su planeta; antes de ver tambalearse los cimientos formales de cierta animación japonesa, obligada a madurar– hay que contemplar ese opening fastuoso, donde la serie planta semillas que tardarán muchos, muchos episodios en germinar.

A Cruel Angel’s Thesis, la tesis de un ángel cruel, es el nombre del tema musical que inaugura el anime. En realidad, Anno quería que su serie se presentara al público con otra sintonía: las Danzas Polovtsianas, un fragmento de la ópera El príncipe Ígor, del compositor ruso Aleksandr Borodín. La cadena que emitiría la serie, TV Tokyo, se negó, por supuesto, y acabaron encabezando los episodios con ese otro tema –una hibridación de funk y J-pop interpretada por Yoko Takahashi– que terminaría por convertirse en una de las canciones más icónicas de la animación japonesa.

El youtuber Jaime Altozano analiza en un interesantísimo vídeo cómo la melodía del estribillo de la canción condensa, deliberadamente o no, el conflicto más profundo de todos los que pueblan la contemplación bélica de Neon Genesis Evangelion: la pugna con uno mismo. En términos visuales, sin embargo, el estribillo importa poco, pues responde a una gramática de montaje sincopado y planos denotativos que no se aleja demasiado del surco marcado por muchos otros shonen (animes de acción juvenil, se supone que para chicos).

Es en las estrofas anteriores al tramo más icónico donde la canción, ambigua y dotada de una extraña ironía, se contrapone a cuatro o cinco planos recargados, llenos de sentido, que vehiculan aquellas luchas que desgarran con más fiereza las entrañas del pusilánime protagonista: su problema con las expectativas y su nefasta relación con las mujeres.

Pasan de largo los compases de introducción, más lentos e instrumentales, y ahí está Shinji, con la mirada perdida. Aunque examinemos su cara de cerca, su silueta aparece en sombras, más pequeña. Segundos después, atraviesan el espacio entre él y nosotros dos mujeres desnudas, también tiznadas. Al final, el joven intenta esbozar una sonrisa, pero no le sale. Dos o tres planos después se presenta a Misato, tutora de Shinji en el pilotaje del cacharro y casi madre putativa, igual de ensombrecida que él, pero con una diferencia crucial: la militar aparece empequeñecida, con la cara entre los brazos, a pesar de ser mayor y más corpulenta que Shinji. Remata la faena que el niño se intruse también en el plano de ella, pero no de la misma manera. En lugar de flotando e inerte, se coloca en primer plano su mirada censuradora. ¿A que es magnífico?

El vicio por asomarse al apocalipsis, tantas veces imaginado en la ficción nipona, no comparece en Neon Genesis Evangelion de la mano de una música épica, ominosa o mínimamente emocionada, sino con melodías suaves y formulaicas que prácticamente tiran de su desgana. La fuerza y la tristeza de la obertura del viaje iniciático de Shinji –maltratador y maltratado casi a partes iguales– residen en el morfema más puro del lenguaje audiovisual: la imagen. Una imagen cuadrada, plana y cuasiestática, que bien podría tener de fondo esta tonada J-pop, alguna melancólica pista de vaporwave o al dichoso Borodín.

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