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Esculpir el tiempo

Una reflexión entorno a Boyhood de Richard Linklater Había una vez dos peces jóvenes que nadaban por el mar y se encontraron por casualidad con un pez viejo que nadaba en dirección contraria; el pez mas viejo los saludó con la cabeza y les dijo “Buenos días chicos ¿Cómo está el agua?” Los dos peces […]

Una reflexión entorno a Boyhood de Richard Linklater

Había una vez dos peces jóvenes que nadaban por el mar y se encontraron por casualidad con un pez viejo que nadaba en dirección contraria; el pez mas viejo los saludó con la cabeza y les dijo “Buenos días chicos ¿Cómo está el agua?” Los dos peces jóvenes continuaron nadando sin contestarle; al poco rato uno de ellos miro al otro y le dijo “¿Qué demonios es el agua?”

Este microcuento de Foster Wallace[1] me ha hecho pensar en Jesse y Céline caminando cogidos de la mano en la noche vienesa mientras Richard Linklater, no mucho mayor que ellos, pero sí más sabio, se cruza en su camino y les pregunta: “Buenas noches chicos, ¿cómo está la vida?” ¿La vida? ¿Qué demonios es la vida? La vida, como el agua del cuento, es eso que tenemos delante y no vemos porque estamos sumergidos en ella. La vida es lo que nos hace vivir, pero sin ser conscientes de que lo hacemos. La vida es lo que ha conseguido filmar Linklater en su último trabajo Boyhood. Una vida que no hace falta que sea espectacular, o trágica, ni siquiera notoria. Porque la vida se hace de las pequeñas cosas que nos ocurren cada día. Aunque son los grandes hechos los que nos ayudan a crecer, son los pequeños acontecimientos los que van poniendo las bases de lo que somos, lo que hemos sido y lo que seremos.

Linklater ha hecho muchas películas, dieciséis en casi veinticinco años, pero quedará en la historia, la grande del cine, la pequeña de nuestra memoria, por cuatro títulos (hasta ahora) en los que ha conseguido atrapar eso tan inatrapable que es el tiempo que pasa, la vida que pasa. La trilogía Before (Antes del amanecer, Antes del atardecer, Antes del anochecer) y Boyhood, estrenada con el título de Momentos de una vida. Un título que no me gusta nada. No porque no sea verdad. No me gusta porque banaliza lo que Boyhood, literalmente Infancia, nos cuenta y además nos crea expectativas de que vamos a ver algo realmente “importante”. Ojo, importante lo es. Pero no en el sentido que hace pensar ese “momentos”. Es importante porque es vida. Así de simple.

Richard Linklater nació en 1960. Mason Jr (Ellar Coltrane) nace en 1994, casi al mismo tiempo que Jesse y Céline se encuentran por primera vez en una noche de verano en Viena donde empieza su historia de amor que dura casi veinte años. Mason Jr (Ellar Coltrane) tiene 6 años cuando a Richard Linklater se le ocurre una idea loca. No es que sus otras películas no sean locas, casi todas lo son, pero esta lo es más. Sobre todo porque juega con el azar, el que será. Si hemos de creerle, y yo le creo, la idea de rodar cada año durante una semana con los mismos actores estaba desde el principio del proyecto. Se trataba de construir una familia que no existe y seguirla a lo largo del tiempo, viendo crecer a los niños, madurar a los padres. Sabía donde empezaba y sabía donde quería acabar: cuando su protagonista, que entonces tenía seis o siete años, fuera a la Universidad. Punto final. Pero en el camino podía pasar de todo. Tenía el niño, Ellar Coltrane, uno de esos niños no actores que solo produce el cine americano, tenía una hermana para darle, su propia hija Lorelei Linklater a la que convenció de hacer el papel de Samantha, tenía un cómplice que se arriesgó a ser el padre, Ethan Hawke, y una cómplice que asumió el rol de la madre, Patricia Arquette. Tenía una idea del conjunto, un equipo de rodaje, y una semana para rodar con ellos. Rodar ¿qué? Nada. Un barrio de una pequeña ciudad texana; un niño en bicicleta con sus amigos; su padre divorciado recientemente de su madre que viene a verlos un fin de semana; su madre que decide cambiar de casa y de ciudad para poder seguir sus estudios tras el divorcio. Eso es todo. Era verano del 2002.

Nadie creía en serio que Richard iba a seguir adelante. Pero lo hizo. Durante el año siguiente, y sin dejar de filmar otras películas, montó la pieza, hizo toda la postproducción y preparó el rodaje del siguiente episodio. Y así, un año, tras otro. Durante doce años. Viendo como Mason Jr. se hacía mayor, cambiaba su vestuario, su peinado, sus amigos. Acompañando a sus padres mientras avanzaban en ese mar de la vida sin darse cuenta que nadaban dejando en su estela el camino abierto para que Mason y Samantha crecieran. Sin que sucediera nada realmente importante: ninguno de esos “momentos” que marcan una vida adolescente, ninguna tragedia o ni siquiera drama. Linklater se propuso filmar lo que nunca se ve en una película: lo que no pasa. Y de ahí nace su grandeza.

No hay transiciones que nos ayuden a ir de un año a otro, no hay contexto. Estados Unidos, como explicaba Patrica Arquette en la rueda de prensa de presentación de la película en Sundance, cambió mucho en estos doce años. Una guerra tremenda, un presidente negro… ¿quién podía preverlo? Nadie. Pero eso no importa en esta historia. En este falso documental sobre una falsa familia, la Historia con mayúsculas no tiene cabida. Porque no se trata de una crónica de su tiempo, ni siquiera de un relato de los primeros años del siglo XXI (el film podría ser atemporal si no fuera por la música que lo sitúa en el tiempo). Es el retrato de una vida.

¿Qué diferencia este film de, por ejemplo, la serie de televisión Aquellos maravilloso años, donde veíamos crecer a Kevin entre 1968 y 1973? O de nuestra mucho mas cercana Cuéntame, que nos ha permitido ver envejecer a los Alcántara con Carlitos como narrador desde 1968 hasta 1983. ¿Qué hace que Boyhood sea un producto único? Dos cosas creo yo. Dos cosas fundamentales. La primera, la concentración en el tiempo de visionado. Durante dos horas y media, vemos como Mason, se transforma de un niño de seis años a un joven de 18. Una vida en velocidad acelerada. La segunda, la inutilidad de lo útil. Lo útil es la vida de Mason que poco a poco se va convirtiendo en Ellar, como Samantha, poco a poco va siendo Lorelei. Si al principio los niños no se reconocían en sus personajes, “no nos gusta esa ropa”, decían, “no os gusta porque es ropa de niños normales y vosotros, la verdad, no sois muy normales”, les contestaba riendo el director. “No me gusta lo que hace Mason, yo no soy así” “Es que no eres tú”, Mason es un personaje, un “character”. ¡Cómo me gusta la palabra en inglés, carácter mas que personaje! Lo que un actor construye es un carácter. Mason es un carácter que poco a poco, a medida que va creciendo, va tomando más y más cosas de Ellar. “Me di cuenta de que podía ser yo entre los doce y los trece años” confesaba el actor en Sundance. Como Samantha, que se va distanciando de su hermano y de sus padres a medida que se hace mayor hasta casi desaparecer. “Lorelei me pidió que por favor la matara después de tres años”. No la mató, claro, pero le dio una vida más independiente. En cambio, la complicidad con Hawke y Arquette crecía a medida que los actores se convertían en padres y entendían mejor lo que sentían sus “caracteres”.

Pero me he alejado de la idea de lo inútil que se hace útil. Por ejemplo. Imaginemos que en lugar de ver los doce fragmentos en continuidad, los vemos aislados uno a uno, como si fueran cortos o miniepisodios de una serie de televisión. Vistos así, seguramente nos preguntaríamos ¿ya está? ¿Eso es todo? ¡Pues vaya tontería¡ Cosa que no sucede en un capítulo de Cuéntame o de Aquellos maravillosos años, donde en cada entrega hay algo que significa un cambio. Lo que produce la magia de este film es la unión de estos tiempos inútiles. No sé que opinaran los profesores de guión ante esta película que en cierto modo contradice todas las reglas de escritura ortodoxas. No hay una clásica presentación de personajes; no hay situaciones claves; no hay puntos de anclaje…

Richard Linklater es un director que casi siempre ha trabajado al margen de la industria, es decir fuera de Hollywood. Le gusta experimentar con técnicas, con espacios, con historias. Pero sobre todo le gusta jugar con el tiempo. El tiempo es el mejor aliado de la vida. Si vives, tienes tiempo de corregir errores, de cometer otros, de reencontrarte con viejos conocidos, de hacer nuevos amigos, de cambiar de gustos. Vivir es tener tiempo. No se si Linklater lo tenia tan claro cuando filmó Before Sunrise, pero si lo tenia cuando empezó el proyecto conceptual de Boyhood. Se arriesgaba mucho con él. Y si, por ejemplo, Ellar Coltrane, en lugar de crecer como un adolescente atractivo, crecía como un niño gordo y lleno de granos; y si Ethan o Patricia decidían no seguir; y si… tantos y si… abiertos, eran también uno de los elementos más atractivos de la idea. Y si… la vida da tantas vueltas que no sabemos hacia donde va a ir… Y si…

Lo que sí sabía el director con toda certeza era su pasión por el cine francés. La trilogía de Before es un claro homenaje a Eric Rohmer. En una reciente entrevista Linklater reconocía su amor a Rohmer y contaba como una imagen le influyó de forma decisiva. “Recuerdo una secuencia en una película de Rohmer. Una mujer está sentada en el autobús. De pronto me di cuenta que era la protagonista de un film delicioso que me había encantado hacía años. Estaba mucho mayor, pero era ella sin duda, sentada en el bus al lado de la protagonista, sin decir ni una palabra. Era un cameo. Es decir, era una extra. Pero reconocías todo el mundo de Rohmer en esa escena.” Jesse y Céline son personajes rohmerianos cien por cien. Pero si se piensa en un antecedente francés para este Boyhood es sin duda en Truffaut y su relación con Antoine Doinel (es decir, Jean-Pierre Leaud). Truffaut hizo a lo largo de quince años y cinco películas lo que Linklater ha hecho a lo largo de doce años y una película. Inventarse una vida y seguirla.

“Si no conociéramos a Ethan Hawke y a Patricia Arquette podríamos pensar que es un documental sobre una familia cualquiera”, comentó un espectador en Sundance. Y es cierto. Pero entonces no tendría la misma gracia. O sería otra gracia.

He buscado en Google un pequeño documento que me impactó mucho cuando lo vi hace unos meses. Franz Hofmeester se dedicó a filmar a su hija todas las semanas desde que nació en octubre de 1999 hasta el día que cumplió 14 años. Reunió esas imágenes en un video que dura 4 minutos y cinco segundos. Toda su vida desfila antes nuestros ojos en el tiempo de dos pestañeos.

Es impresionante. Pero no es Boyhood. Es un regalo de un padre a su hija. O una tortura, según como se mire, habría que preguntarle a la hija que opina. Recuerdo el trauma que un experimento parecido produjo en el protagonista de la terrible Peeping Tom de Michael Powell. También me ha venido a la memoria otro caso de fijar el paso del tiempo, el del mural de fotos que aparece en una secuencia de La Gran Belleza. Experimentos, documentos. No son Boyhood. Boyhood no es un documental, ni una obra conceptual. Es cine.

Y nunca mejor dicho porque en este tiempo del digital, está filmada en 35 mm. Esta fue una de las más importantes decisiones que tomó el director al comenzar el proyecto. Iba a ser una película independiente, de bajo presupuesto, pero rodada como un film de verdad. Con un equipo completo que fue variando en algunos de sus componentes de año en año, hasta completar 450 personas involucradas en todo el proceso. Con una planificación perfecta, ensayos preparados con los actores. Y rodada, durante 39 días a lo largo de doce años. En 35 mm. “Sabía que no había nada mejor que el negativo de 35 mm. para darle la consistencia que yo quería”. Linklater se alinea con Quentin Tarantino en su defensa del celuloide respecto al digital. Pero no es un talibán del movimiento. Al contrario. Busca para cada proyecto la técnica mas adecuada y estaba claro que Boyhood necesitaba la calidez y la humedad que le da el celuloide frente a la frialdad y sequedad del digital. Curiosos adjetivos calidez, frialdad, humedad, sequedad. Boyhood es cálida ya desde su cartel con ese niño mirando el cielo y un brazo extendido sobre la hierba, es húmeda no porque haga llorar, ¡nada más lejos! o porque provoque sueños eróticos (no tienen espacio en estos momentos de vida). Es húmeda porque está viva como una planta que necesita del agua para crecer aunque no la veamos. El digital es frío y seco. Sirve para narrar muchas historias. Pero si nos hemos de acostumbrar a vivir con el digital, vale la pena que alguien empiece a inventar la forma de hacerlo cálido y húmedo como el celuloide porque hay historias que si no, será muy difícil contarlas.

Andrei Tarkowski escribió un precioso libro titulado . En él afirma: “El tiempo es un estado de ánimo. Es la llama en la cual vive la salamandra del alma del hombre. El tiempo y la memoria están fundidos uno en el otro, son las dos caras de una misma moneda. Es evidente que fuera del tiempo, no existe la memoria. La memoria, por otro lado, es un concepto muy complejo y enumerar todas sus características sería insuficiente para definir la suma de las impresiones que produce en nosotros. La memoria es un concepto espiritual. Pensemos, por ejemplo, que alguien nos cuenta sus recuerdos de infancia, seguramente nos encontraremos con bastante material para hacernos una idea lo mas completa posible de aquella persona. Un hombre sin memoria está preso de una vida ilusoria.”

Boyhood es eso. para no caer en una vida ilusoria.

  1. El minicuento lo he encontrado en el libro de Nuccio Ordine, La utilidad de lo inútil. Acantilado, 2013, un libro que me ha servido también para otras partes del artículo.

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