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Historia para SÍ dormir

Hay historias para no dormir, historias de miedo, cuentos para asustar a los niños o para que disfruten los aficionados más o menos morbosos. Hay historias para dormir mejor, para que los niños concilien felizmente el sueño, para que los adultos olvidemos, o aparquemos, los miedos. Y algunos malos sueños. Esta historia trata de las […]

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Hay historias para no dormir, historias de miedo, cuentos para asustar a los niños o para que disfruten los aficionados más o menos morbosos.

Hay historias para dormir mejor, para que los niños concilien felizmente el sueño, para que los adultos olvidemos, o aparquemos, los miedos. Y algunos malos sueños.

Esta historia trata de las primeras pero pretende ser de las segundas. No es tan raro que, mezclándolas, se consigan bálsamos de la memoria. Algunos niños, incluso nosotros mismos, hemos necesitado el miedo para conciliar el sueño.

Vender memoria

Supongamos que usted, yo, cualquiera, quisiera librarse de su memoria. Hay recuerdos que, sin ser necesariamente malos, pesan mucho. O son demasiados. Es como la cantidad de libros que, con los años y las mudanzas, ya no caben en las estanterías. Es como el contenido del ordenador, se llena demasiado el disco duro. Mejor soltar cosas, venderlas, si alguien las quiere comprar, donarlas, utilizar un programa “cleaner”, mandarlas a la red, dispararlas a la nube.

A veces he pensado seriamente borrar los recuerdos, empeño bastante difícil. ¿Vender la memoria? Eso es más fácil. Y es lo que he hecho, en cierto modo, con libros, artículos, evocaciones como esta que someto a la paciencia de mis improbables lectores. Los recuerdos no se marchan del todo, pero se disgregan, viajan, nos hacemos la ilusión de que pasan a otra vida, lejos –aparentemente- de la nuestra.

No crea nadie que nuestro personaje reniega de sus recuerdos. Sería un gran error. La memoria es casi lo único que tenemos. Pero se le ha ocurrido que librarse de algunos puede ser una buena terapia. Y apareció un comprador, modesto pero entusiasta, al que le apetecía compartir, o adquirir parte de la memoria de este cronista.

Quizá lo que sigue sea un relato fantástico, quizá un cuento real. Puede que una crónica o un disparate. Se refiere a historias a veces terroríficas, pero pretende la serenidad de una evocación sin rencores. Aunque también sin nostalgias. No eran aquellos tiempos para echarlos de menos.

Soñar en la posguerra

España, puro franquismo. Que aún era posguerra, a pesar de las décadas transcurridas. Un experto, José Luis Borau, decía que la posguerra duró lo que todo el franquismo. Años 1960 más o menos. Ni el cronista ni el personaje fueron nunca buenos ni con las matemáticas, ni con la geografía, ni con las fechas. Nuestro protagonista se llamaba Juan –igual que el cronista, ya se habrán dado cuenta- y no había cumplido los veinticinco. Mucho más delgado, mucho más barbilampiño, mucho más esperanzado, con proyectos de vida. Y de terror. Que se empezaron a hacer realidad a través de estos sucesos, estos encuentros, estos ensayos. Que paso a contar lo mejor que pueda. Lo merecen aunque solo sea en calidad de milagro. Ya casi lo es que en aquella España donde el sol no salía, en vez de no ponerse, pudieran realizarse ilusiones.

A Juan le gustaban Edgar Allan Pöe, Maupassant, Bram Stoker, Mary Shelley, Dickens, Robert Bloch, todavía no le habían presentado a Stephen King. Y H.G. Wells, autor de una colección de relatos más o menos escalofriantes, pero todos de fantasía, llamada (en la traducción que editaba por entonces la diminuta colección “Crisol”) “Doce cuentos y una pesadilla”. Como las series que realizaba por entonces nuestra única Televisión (dos canales, pero una sola empresa) tenían todas trece capítulos, Juan ideó una colección de historias llamada Doce cuentos y una pesadilla. También más o menos terroríficas, y todas de género fantástico. La escribió, asistió a su puesta en escena, algunos espectadores de aquellos tiempos grises la vieron. El propio autor casi ni recuerda sus argumentos, pero sí su existencia, con la que estrenó su posterior dedicación a este mundo de ficciones.

Juan había estudiado Filología Románica, pero había conseguido cursar luego felizmente –esa era su verdadera vocación, o al menos así lo creía- Dirección de Cine en la mítica E.O.C., la vieja escuela de cinematografía situada en un aristocrático chalet de la madrileña calle Génova. Esquina a Montesquinza, no olvidemos esa precisión, la hacíamos siempre para situar aquel templo de nuestros deseos más o menos utópicos. Muy cerca de donde hoy está la Academia de Cine. Y de la sede de un partido político de cuyo nombre no quiero acordarme.

Una de las cosas mejores que tenía aquel centro era (en palabras de Berlanga, creo recordar, diplomado por la escuela y entonces profesor en la misma) que allí un muchacho tímido, con gafas y sin ninguna relación con el supuestamente “glamouroso” mundo del cine, podría convertirse en filmador de sueños. Eso sí, los tiempos no estaban para soñar mucho. Braseros de cisco, vigilancia estatal hasta en la intimidad, una vida precaria… En la escuela abundaban los rebeldes, más conocidos como “rojos”. Aquel era un nido de subversión, según pensaban los vigilantes del Estado –razón tenían- y lo malo quizá para quien soñaba otras cosas, y no los documentos y justas protestas de un país sojuzgado, consistía en que no estaba muy bien visto contar historias de fantasmas, vampiros y extraterrestres. Se consideraba frívolo en tiempos duros. Aun así, ilustres alumnos –compañeros de Juan- como Pedro Olea, Iván Zulueta y algunos más, consiguieron colar sus locuras nada testimoniales de la opresión reinante. Pero todo eso es otra historia –que diría Rudyard Kipling- y pretendo contarla en otra ocasión.

Si la E.O.C. no era el mejor sitio para construir esos mundos alternativos, ¿quizá la Televisión podría abrir alguna puerta a esas bienintencionadas mímesis de algunos autores favoritos?

Los cuentos y la pesadilla

Tenía Juan en la escuela de cine un compañero que también trabajaba en la T.V.E. Doy su nombre, hay que agradecer con todas las palabras: Antonio Abellán. Se encargaba de tareas programadoras en la recién nacida Segunda Cadena, conocida en sus comienzos por las siglas U.H.F. (Frecuencia Ultra Alta, en el espectro, el electromagnético, no el de nuestras aficiones).

Y Juan propuso a Antonio unas historias, propias, personales, aunque debieran mucho a sus autores entonces favoritos. Y Juan tuvo la enorme suerte de que se las aceptaran, de que se grabaran, de que le permitiesen asistir a las grabaciones, de poder opinar incluso, y de que se emitieran. En 1967, los sábados a las doce de la noche, hora “poéticamente” apropiada, pero no tanto para su repercusión, aunque por aquellos años no había ninguna guerra de audiencias. ¿Contra quién iba a haberla, como no fuese entre las dos cadenas de la única televisión reinante? Aquella cadena ya desde sus comienzos tendía a la experimentación y a diferenciarse de su hermana mayor, La Primera, que no se emitía en U.H.F. , y estaba más atenta a la comercialidad, aunque ni por asomo como lo está ahora, como viene estándolo desde que la posguerra pasó a ser una pesadilla, por seguir con el título.

Aquellos Doce cuentos y una pesadilla fueron dirigidos alternativamente por dos realizadores de “la casa”: Charlie Jiménez Bescós y Luis Calvo Teixeira. El segundo había sido ayudante de una estrella de la televisión del momento: Narciso Ibáñez Serrador. “Chicho”, como siempre se ha conocido a la citada estrella, debió de interesarse por aquellos episodios de un autor absolutamente novel, por atención a su ex ayudante, y por ver si otros programas del mismo género podían hacer sombra a sus Historias para no dormir, iniciadas un año antes.

¿Sombra a los terrores de Chicho? Para nada. El autor emergente estaba mucho más verde que el profesional que venía con mucha experiencia desde el otro lado del charco, y nunca aquellos doce cuentos y su onírica coletilla compitieron realmente con las famosas Historias para no dormir que asustaban gozosamente a los aficionados desde febrero de 1966 en otra ventana con más espectadores: la Primera cadena de T.V.E. Un verdadero éxito televisivo, como casi todas las incursiones de N.I.S. en aquel medio.

A la modesta serie del U.H.F, como máximo ejemplo de popularidad, se la llamó por algunos fans, en cariñosa parodia Doce cuentos y una “pescadilla”.

El cronista repasa ahora los títulos de aquella serie, pero el cronista no recuerda todas las cosas del personaje, y solo conserva vagos retazos. Eso sí, los nombres de algunos actores -Agustín González, Mayrata O´Wisiedo, José María Prada, Emilio Gutiérrez Caba, Charo López…- reviven imágenes. Y ciertos nombres de los episodios –Magia, amor y cibernética, ¡Vamos a cazar marcianos!, Soñar acaso, Encuesta alrededor de los cerebros, Por favor, comprobemos el futuro, Viajeros en la noche– confirman por dónde andaban los tiros: Por el tenebroso y surreal mundo de la imaginación a donde Bradbury, Asimov, tantos autores, habían empujado los pasos de Juan. Gentes que se amaban pero cuyos deseos no confluían en el tiempo, personajilllos que pretendían vislumbrar su porvenir, fantasmas en caserones, criaturas del espacio exterior, robots con apariencia humana… Un borrador antológico de las constantes del aficionado.

Y aquí se cruzan ambas series y ambos personajes. Nuestro cronista y la brillante star de la tele de entonces.

Estas para NO Dormir

Las historias de Chicho habían sido precedidas por una serie anterior del mismo responsable llamada Mañana puede ser verdad, donde también aparecía quien sería un fiel compañero de sus fantasías televisivas: Narciso Ibáñez Menta, a quien muchos llamaríamos “El Sire”, y que era el padre del otro Narciso. Un actor histriónico, agudo, extravagante y original, rey de la caracterización barroca, escuela Lon Chaney Sr.

La serie citada fue uno de los primeros sucesos televisivos que ofrecía historias de ciencia ficción en España, y que al joven cronista le interesó por su tendencia al género y por la aparición -no siempre confesada- de temas de gente admirada y admirable como Ray Bradbury, por ejemplo.

Chicho también se interesó por la serie del alevín que había debutado en la Segunda cadena, al calor, sin duda, de los éxitos anteriores del uruguayo. Y le invitó a su casa para charlar de aficiones comunes.

De Chicho solo prefiero contar buenos recuerdos, los hubo menos buenos, pero también corresponderían a “otra historia”.

El personaje se convirtió en frecuente visita de aquella casa en la calle Jericó del barrio del Niño Jesús madrileño. Allí asistió a tés y Nocheviejas, sesiones de espiritismo, ponche caliente para los catarros (¿Recuerdas, Susana?, yo eso no lo olvido) e intercambio de ideas. Se atrevió el novato a señalar que en una historia del famoso se omitía el nombre de un autor en que se había inspirado. El responsable corrigió el “olvido” en posteriores emisiones. Y Juan osó también ofrecer al anfitrión argumentos propios . Entre los que llegaron a buen puerto: El vidente, basado en un relato anterior de Juan; La casa, de la que no recuerdo absolutamente nada, qué le vamos a hacer… Salvo el nombre de su protagonista, Julio Núñez. Luis Prendes interpretaba la primera, y en el cuento de Juan a un personaje le asaltaban como seres vivos los libros que intentaba ordenar en su estantería (muchas situaciones reales de antes y después me habian sugerido y luego evocado aquel momento…que me parece fue eliminado del episodio televisivo). La historia trataba, sobre todo, de marcianos intrusos en nuestro mundo. Muy original, como podréis advertir…

Juan Tébar haciendo un cameo en “El trasplante

Juan pasó a ser ayudante de realización de Chicho, en esas Historias… y en un prograna posterior ajeno ya al mundo sobrenatural: El Premio, minibiografías de personajes galardonados con el Nobel. Recuerdo a Kipling (interpretado por Emilio Gutiérrez Caba), a Madame Curie (María José Alfonso), y a George Bernard Shaw -el “Sire” Ibáñez Menta-, con guión del mismo ayudante que aquí ofrece sus recuerdos. Entre otras criaturas -reales estas- no debo, no puedo, olvidarme de Lola Salvador, entonces encargada de vestuario, ni de Marisol Carnicero, secretaria del jefe… y luego unida a él y al cine en general durante muchos años, en responsabilidades mayores. Marisol estaba en La residencia, claro.

La película

La residencia (que no se llamaba entonces así, sino Mamá, título del relato de Juan) era, en principio, un cuento de terror que iba a convertirse en episodio para Chicho de sus Historias para no dormir. Un buen relato, puedo decirlo sin rubor porque soy el cronista y solo cuento las cosas de aquel “otro” personaje llamado Juan. Era un buen cuento, y sigue siéndolo, claro. Más que nada porque se ha publicado poco y en lugares de escasa difusión. Podría decirse que casi permanece inédito. Hasta que Juan encuentre adecuado cobijo a una colección de sus relatos donde se encuentra aquel. El que dio lugar a la primera película de Ibáñez Serrador para la pantalla grande.

Chicho decidió aparcar aquella historia y reservarla para empeños más ambiciosos. Llegó, como se sabe, a ser una película (la primera de las dos únicas que dirigió para la pantalla grande). Hoy es casi título de culto para los aficionados. Quentin Tarantino buscaba en Madrid un poster de La residencia. Algunos lo hemos buscado para enviárselo. Sin éxito, aunque posiblemente él ya lo tenga o lo haya olvidado.

Aquel personaje llamado Juan, confundido ya definitivamente con el cronista de esta reseña, querría convertir el relato en una función teatral cuyo texto ya ha escrito. Si los aficionados hacen coincidir sus buenos desos en un impulso más que humano, quizá el libro y el estreno teatral lleguen a ser una realidad.

Gracias a todos los adictos a zombies, vampiros, marcianos, viajes en el tiempo, recuerdos vendidos, memorias borradas, excursiones astrales, espectros más o menos benéficos… Gracias por compartir estas anécdotas. Y por el conjuro, si me hacéis el favor.

Luego, aquel personaje llegó a ser la mitad de un guionista de terror llamado “Lazarus Kaplan”. Escasa filmografía, aunque graciosa de recordar. Esa es, también, “otra historia”.

Hasta una quizá posible y en tal caso bienvenida, próxima cita.

Anexo

Aquí os dejamos el video de La casa, uno de los capítulos de Historias para no dormir que guionizó Juan Tébar y que pueden verse en la web de RTVE.

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