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La cultura no es segura y ahí estará Victoria Abril para demostrarlo

(Fuente: AICE)

Cuando Victoria Abril se sentó frente a los periodistas que acudieron a la rueda de prensa sobre su reconocimiento honorífico en los Premios Feroz, nadie se imaginaba lo que estaba por venir. Porque en lugar de dar un simple agradecimiento o recordar las mieles de su carrera artística, la actriz dedicó su tiempo a soltar tonterías sobre el «coronacirco» y plantear un debate absurdo y negacionista. La polémica estaba servida -libertad de expresión, cultura de la cancelación, no permitir discursos peligrosos y la madre del cordero- y una pregunta en el aire: ¿se le debería retirar el premio a Abril por semejante despotrique?

En este mismo medio, Alberto Nahum explicaba el otro día por qué cree que no se le debe quitar el premio a Victoria Abril (a fin de cuentas, entre otros motivos, es un premio por ser actriz y no epidemióloga) y yo voy a dar las razones contrarias. Porque sí, ella no está ahí, entre los premiados, por sus méritos científicos, pero no es menos cierto que utilizó el foco de los Feroz, el micrófono y la atención de la prensa para proferir semejante discurso nocivo. Una sarta de mentiras. Y si lo hubiese dicho en otro lugar y contexto (por poner, una entrevista para un dominical), la carga de responsabilidad de sus palabras sería solo suya, pero hacerlo con el logo de los premios de la AICE bien grande detrás, quieras que no, ensucia a la asociación y a sus premios.

Por supuesto, la libertad de expresión es un derecho, pero todos somos adultos para entender que hay unos límites y que, como poco, nuestras palabras siempre tendrán consecuencias. Pero, claro, ¿quién marca dónde está exactamente la línea? ¿cómo podemos establecer una metodología clara para saber que unas opiniones son admisibles y otras no? Es, desde luego, un asunto complicado, donde unos serán más estrictos y otros más laxos, pero tampoco debemos usarlo como escudo para el «todo vale». Porque con el lloro de que «ay, ahora no se puede decir nada» estamos yendo hacia la otra dirección, la de jugar a permitir cualquier burrada para que nos acusen de adalides de «lo políticamente correcto».

Mentar en estos casos a la cultura de la cancelación, como si fuese un pueril invento millennial, se ha convertido en la herramienta perfecta para validar cualquier barrabasada, pero no perdamos la perspectiva: no ha sido ahora cuando se han inventado las furibundas reacciones (solo que antes, en vez de poner un tuits, mandabais una carta postal) ni tampoco el derecho a que alguien te parezca gilipollas al dar unas declaraciones y actuar en consecuencia. Tampoco está de más diferenciar opinión de mentira: si digo que el azul es más bonito que el rojo, es mi opinión; si digo que el azul me parece un color cálido, es una mentira.

Insisto en que es difícil trazar esa línea de lo permisible, sí, pero no me parece ningún disparate hacerlo en no permitir discursos que suponen un peligro para la salud pública (los derechos humanos es otra buena idea). Y negar la existencia de un virus o la validez de una vacuna, sin prueba científica más que lo leído «en el internet», es eso. Estoy de acuerdo con Nahum en que, aún así, el efecto de las palabras de Victoria Abril tal vez no sea más que un daño a su propia imagen y que, tal vez, sean pocas las personas (o ninguna) que pensaban vacunarse y decidan no hacerlo al oírla. Y podría comprar este argumento si no viviésemos en la era de las fake news y las conspiraciones que poco a poco calan hasta que se llega a asaltar el Capitolio.

El problema no es tanto que Victoria Abril como individuo diga una tontería sino cómo lo afronta el resto; si se le da validez o se le refuta, si se le corta el camino o se le deja andarlo. Porque quizás Victoria Abril y Miguel Bosé no puedan por sí mismos cambiar la opinión de toda una sociedad, pero tampoco fingamos que es inocuo. ¿Qué pasaría si un buen número de actores, escritores, deportistas o casters apoyasen tesis como la de Abril sin encontrar respuesta ni consecuencias?, ¿seguiríamos minimizando su impacto, como si de la loca de los gatos se tratase, o nos empezaríamos a preocupar?

Por otro lado, más allá de la discusión sobre si debemos afrontar o cortar de raíz estas sandeces (el matrimonio Alaska-Vaquerizo viene detrás), está el asunto de lo simbólico, de qué significa la permisividad hacia Victoria Abril para los Feroz en particular y para el audiovisual en general. En esto de lo simbólico, los organizadores de los premios insistían en que querían hacer una gala presencial para demostrar que se puede; que no se trata solo de estar, figurar y recoger el premio, sino de mostrarle a la sociedad que #LaCulturaEsSegura, como se lleva insistiendo en los últimos meses. Que llenar teatros y cines se puede sin poner el riesgo nuestra salud. Y ahí es donde todo colapsa.

Desde que comenzó la pandemia, he ido al teatro en dos ocasiones: una para ver a Concha Velasco y otra a Ángel Ruiz metiéndose en la piel de Miguel de Molina. En ambas representaciones, las ovaciones finales estuvieron acompañadas de discursos de agradecimiento hacia los presentes por seguir apoyando la cultura, sobre lo mal que lo estaba pasando el sector, la de gente que está sin trabajo con esta situación y el enorme esfuerzo que debemos hacer entre todos para que el telón no se baje definitivamente. Esa defensa unánime y feroz a la profesión es la que tendría que rugir hoy desde el escenario y, sin embargo, todos los premiados quedarán eclipsados por una señora que subirá al escenario sola porque se niega a ponerse la mascarilla.

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