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‘Mad Men’, diez años de una serie que marcó una época - Fuera de Series
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‘Mad Men’, diez años de una serie que marcó una época

AMC celebra el aniversario emitiendo los episodios favoritos de los fans

Imagen promocional de la primera temporada de ‘Mad Men’. (Fuente: AMC)

El 19 de julio de 2007, la ficción televisiva entraba en una nueva época. Del empujón lanzado inicialmente por Los Soprano, en 1999, se pasaba a la consolidación que marcaría Mad Men, una serie sobre ejecutivos de publicidad en el Nueva York de los 60, escrita por un antiguo guionista de, precisamente, Los Soprano, y que pondría en el mapa a AMC, una cadena dedicada, hasta entonces, a maratones de películas clásicas y ciclos de terror en Halloween.

Nadie esperaba algo como Mad Men. Aunque tuviera el aspecto de una serie de época (de una comedia romántica de Doris Day y Rock Hudson, incluso), el tratamiento de sus personajes era contemporáneo. Matthew Weiner, su creador, los veía desde una óptica moderna. Él podría desvelarse después como un obseso del detalle y de una ambientación rigurosa, pero Mad Men no era una serie de los 60; era una serie que había aprendido de las que habían venido detrás, y había dado un nuevo salto evolutivo.

Aquel verano, las cadenas de cable habían estrenado, sólo en el mes anterior a la llegada de Mad Men, una historia de espías como Burn Notice, un drama legal maquiavélico como Damages, una comedia universitaria como Greek y, semanas más tarde, la historia de un escritor en crisis de la mediana edad como Californication. Todas ellas eran diferentes, pero ninguna se veía tan única como la creación de Weiner.

En una columna previa al estreno de la segunda temporada, en el verano de 2008, la crítica de televisión Maureen Ryan explicaba en qué sentido Mad Men era tan especial: “las tramas, inteligentemente construidas (en las que pequeñas notas se combinan al final de la temporada para destacar como fuertes acordes) no son el principal atractivo. Es la manera en la que la serie nos sorprende continuamente con su complicada (y conmovedora y hasta divertida) visión de la naturaleza humana”.

Don Draper (Jon Hamm) se convirtió en un personaje icónico porque encarnaba todas las características de la serie que Ryan mencionaba en esa columna. La revelación de su verdadera identidad y todos sus intentos posteriores por encontrar un sentido a su vida, por encontrar algo de paz interior (demonios, quizás hasta felicidad) eran tanto tramas construidas como si fueran puzzles (quién es realmente Don Draper es casi el misterio que se desvela a lo largo de la primera temporada) como observaciones sobre lo que suponía, supone, ser un hombre en un momento de incertidumbres sociales.

Draper creía saber cuál era su lugar en el mundo, lo que se esperaba de él, la imagen que tenía que proyectar; los convulsos años 60 desmoronan su castillo de naipes, y facilitan el ascenso de nuevas generaciones, de la generación encabezada por una Peggy Olson (Elisabeth Moss) que puede autoengañarse en algunos aspectos (ese bebé), pero que tiene muy claro que no va conformarse con lo que la sociedad espera de ella; va a ser la sociedad la que reconozca su valía.

Mad Men mostraba el declive de Don Draper y el ascenso de Peggy Olson, la revolución que sufrieron los roles de género, y cómo no todo el mundo era capaz de aceptarlo de la misma manera, o de adaptarse a ello, cómo eran inevitables las frustraciones al saber que merecías más de lo que estabas recibiendo sólo por haber nacido mujer, o en la pobreza.

Draper podía representar el sueño americano del hombre hecho a sí mismo, del hombre que sale de la nada y alcanza las más altas cotas del éxito, según la imagen del éxito que vendían los publicistas como él, pero también mostraba su cara oscura, la hipocresía, el desprecio hacia todos los que no se consideraban a su altura, su desprecio hacia sí mismo. Don estaba anclado en su búsqueda de algo que nunca lograba encontrar y, al mismo tiempo, en la nostalgia de haberlo perdido, y tal vez por eso, los críticos todavía recuerdan su pitch del carrusel de diapositivas de Kodak como uno de los momentos álgidos de la serie.

Don también representa algo externo a la serie, y es la rápida obsesión de revistas de moda y tendencias por su look. Mad Men nunca fue un éxito de audiencia, pero llegó a quienes debía para convertirse en una referencia estética. Aunque el público general no le prestara demasiada atención, los periodistas estaban (estábamos) fascinados con la manera en la que la serie iba desplegando poco a poco sus conflictos, sus historias, en la manera en la que iba dando alas a sus personajes femeninos mientras mostraba que se movían en un entorno claramente sexista, o cómo introducía toques de humor en casi todos lados. Los one liners de Roger Sterling (John Slattery) eran insuperables.

Mad Men es más que sus cinco Emmys consecutivos al mejor drama, que sus trajes y vestidos, que la disección de sus detalles hasta el nivel de que pagaron 250.000 dólares por poder usar en un episodio Tomorrow never knows, de The Beatles, que las críticas que se le hicieron por no conseguir integrar bien la lucha por los derechos civiles de la comunidad afroamericana, que la obsesión de las revistas por el estilo de Christina Hendricks, January Jones y Elisabeth Moss…

Mad Men representa un nuevo estadio evolutivo de la ficción televisiva. Presentaba de una manera diferente algo que, en teoría, los espectadores estaban acostumbrados a ver, pero no era un drama familiar, ni una historia de políticas de oficina ni un fresco de época. Era su propia construcción. Era su propia historia.

AMC celebra el aniversario de ‘Mad Men’ con un maratón de los diez episodios favoritos de la audiencia, desde las 14:25.

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