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Mi problema con las listas de lo mejor del año

Peligros de la rotundidad cuando el gusto es tan personal y se antoja imposible verlo todo

Lo mejor del año… “In my opinion”. (Fuente: CBS)

Con la Navidad a la vuelta de la esquina, rondan los polvorones, los villancicos… y las listas de lo mejor del año. Contra el título de la columna, a mí me gusta comprobar qué le ha gustado a peña de la que me fío. Ahora que resulta humanamente imposible verlo no ya todo, sino ni siquiera una quinta parte de lo que se estrena en televisiones y plataformas, estos compendios de diciembre me ayudan a rastrear cosas que me he perdido y añadir ítems a la gigantesca carpeta de visionados pendientes.

Dicho de otro modo: las listas ostentan una finalidad de filtro. Así es como en este ecosistema mediático se va configurando también un canon. Los Emmys, los Globos de Oro, los Feroz -con las campañas de marketing que se hacen para todos estos premios-, lo que tal influencer seriéfilo diga que le ha flipado o el Top 10 de tal o cual publicación especializada son elementos que van sumando capas a la propia percepción y disfrute del público, que al final es quien aúpa un fenómeno televisivo y va perfilando la condición de “clásico”.

Además, las listas de “lo mejor de” siempre son entretenidas: variadas, fáciles de digerir, cortitas y al pie. Si además manejas el vídeo como Watchmojo, entonces son diez minutos muy masticables. Quizá por eso los rankings tienen tanta fuerza en las redes y cada vez más publicaciones las emplean, hasta el punto extraño que va resultando habitual toparse con más listas de “lo mejor del año so far” ¡en pleno junio! o lo más destacable de un siglo cuando no hemos llegado ni a cubrir un cuarto de su duración.

Esa facilidad para consumir las listas implica, también, un estímulo para la conversación. Ahí -toda cara tiene su cruz- es cuando la cosa puede ponerse fea: “¿Cómo es posible que no aparezca X como mejor drama? ¡Vaya chiste de lista!”. O su variante perdonavidas: “Una lista que no incluya el episodio Y demuestra que no tienes ni puta idea”. Pero, bueno, son los riesgos de la conversación tuitera, que como todo el mundo sabe es una herramienta que se inventó para discutir y acalorarse.

Entonces, ¿cuál es mi problema con las listas de lo mejor del año? Pues podríamos decir que es un problema de tono. La grandilocuencia, la hipérbole. La rotundidad. Me pasa igual cuando leo a alguien proclamar esta o aquella como “la mejor película/novela/serie de la década”. Y siempre me pregunto por dentro: ¿habrá visto todas las películas y series o habrá leído todas como para expresarse con tanta seguridad?

Intuyo que por eso me entra mucho pudor siempre que he tratado de edificar mis escalafones. Los titulo “Mis Emmy” o “Lo mejor de mi año seriéfilo”, remarcando algo obvio: las limitaciones del yo. Vivimos un momento con tal cantidad de contenido televisivo que casi resulta más fácil definirse por lo que uno no ve. Pero las limitaciones no son solo cuantitativas, sino también cualitativas. Como es obvio, la evaluación crítica no parte de una operación matemática. Influye la expectativa que uno tenía del relato, si uno buscaba una experiencia más cerebral o emotiva, si es más cercana a sus preocupaciones vitales y temáticas, si pertenece a un género al que es adicto, y mil etcéteras.

Así, podemos colocar a una serie entre lo mejor del año por su ambición gafapasta (Devs) o por su falta de sofisticación dramática (The Mandalorian), podemos destacar un procedimental que nos ha cautivado a pesar de sus fallos (Evil) o desterrar un remedo shakesperiano muy bien trabajado pero que se nos ha hecho moroso o aburrido (Succession). ¿Qué privilegiamos: la originalidad, la ambición, el disfrute? Hay muchas peras y manzanas mezcladas, habitualmente. El gusto estético es personal e intransferible. Una de las cosas más hermosas del ejercicio de la crítica es, precisamente, dialogarlo, intercambiar análisis, descubrir visiones inesperadas al compartir miradas, escarbar en los significados en comandita.

Mi problema no deja de ser una chorrada, una anécdota. Pero las listas de lo mejor del año -tan rumberas desde una perspectiva lúdica- me descolocan cuando vienen con aire definitorio, como sentencias inapelables. Las prefiero cuando vienen matizadas con un tímido “en mi opinión”, en lugar de un sonoro “estas son”. Porque estas últimas listas parecen olvidar que la humildad también suele ser un excelente termómetro para la honestidad intelectual.

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