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No, ‘Reyes de la noche’ no es un homenaje a la radio

(Fuente: Movistar+)

Reconozco, como amante de la radio que soy, que tenía muchas ganas de ver Reyes de la noche. Como a cualquier periodista las series de televisión sobre los medios de comunicación me despiertan mucho interés porque, entre otras cosas, unen mis dos pasiones. Pero si además se centran en mi medio favorito, mejor porque por alguna razón es el que menos se lleva a la pantalla. Después de verla creo que habría sido mejor que la producción de Movistar+ no estuviese en la misma lista que ficciones que de verdad homenajeaban a la radio. Porque Reyes de la noche, por mucho que la hayan vendido así, no lo hace.

Llegué a la guerra de García y De la Morena tarde, pero en mi adolescencia consumí tanta radio deportiva como ahora. Puede ser un género en el que se levanta demasiado la voz, se convierte en noticia lo que realmente no lo es y, en demasiadas ocasiones, se busca la polémica más que el rigor. En realidad ya no es tan diferente como otros programas. Pero la radio deportiva congrega cada noche, y cada fin de semana, a miles de personas junto al transistor, a la mañana siguiente hay quien se lo pone en el podcast, y para aquellos que aman el deporte y muy especialmente el fútbol es un ingrediente más de su pasión.

Arrancar con esa fiel audiencia pegada a la radio fue bonito, ya que así es como muchos afrontan cada noche. Y ahí terminó el homenaje. Porque para rendir pleitesía a un medio había que haberse preocupado por conocerlo y respetarlo, por concederle a cada una de las personas que la hacen posible la representación que se merecen y, si me apuras, por hacerse con el equipo técnico acorde con la época que se quiere reflejar. O al menos con un micrófono que encaje con el pie que lo sostiene.

Dando por sentado lo que la producción niega pero la promoción ha confirmado, que García y De la Morena son los personajes que interpretan Javier Gutiérrez y Miki Esparbé, resulta paradójico que la serie decidiese prescindir de la figura del productor de un programa de radio. Especialmente porque la carrera del segundo no se entiende sin el suyo, sin Bustillo y las batallitas con las que el presentador adorna el cierre de cada programa. Porque las llamadas, sean del entrenador derrotado de turno o de un falso monarca, no las mete en antena un técnico. Para eso está el productor, para que cuando Jota Montes o Paco el Cóndor saluden a su interlocutor este les responda. Entre muchísimas otras cosas.

(Fuente: Movistar+)

Esta ausencia en realidad es la confirmación de que más que un homenaje a un medio Reyes de la noche es un trasunto de una época, dos nombres reconocidos por todos y el medio en el que libraron la batalla. Pero lo último es lo de menos. Los equipos de los que se rodean las estrellas son clichés: el imitador que no hace gracia, la periodista deportiva es lesbiana. Los momentos de radio están concebidos para el espectáculo televisivo y poco importa si tiene lógica que los que hacen el programa nocturno también narren los partidos, si los presentadores pueden hacer llamadas particulares sin moverse del estudio o si los tiempos de emisión no se ajustan a la supuesta realidad que se quiere representar.

Cuando el programa de los protagonistas no es el centro de atención el homenaje tampoco queda patente. Marga (Itsaso Arana), es una mujer ambiciosa que odia su programa y a sus oyentes. Pero quiere una franja horaria mejor. Supongo que para seguir odiándolos a todos teniendo menos sueño. En la otra emisora, la de los curas, el Cóndor puede colarse en antena cuando buenamente le da la gana para aclarar su asunto familiar ante una audiencia que ni siquiera es la suya. Así, a lo loco, porque es el rey de las ondas y seguro que a cualquiera le interesa su mensaje.

En realidad, y ya que estoy aquí, la falta de rigor radiofónico solo es una de las muchas pegas que le encuentro a Reyes de la noche. Esa serie en la que los hombres se tocan (literalmente) los huevos como muestra de hombría al menos una vez por capítulo. Esa serie que quiere ser una comedia y hacer reír a la audiencia, y en realidad solo caricaturiza la época que retrata. Esa serie que tiene una advertencia aclaratoria larguísima cuando arranca pero que durante toda la promoción se ha referido a los periodistas para los que la puso. Esa que cuando ha puesto un personaje real en pantalla con su nombre, su apellido y su cargo ha sido porque, oh casualidad, está muerto.

A algunos les sorprende que a De la Morena y a García no les haya gustado la serie que «no persigue identificar a los personajes» pero en la que al menos uno de los protagonistas habla como ellos. Tal vez sea porque todo ese trabajo que había detrás de las horas de radio que se trata de homenajear se haya quedado en unos minutos frente al micrófono en los que lo que menos importa es la radio y el deporte. A nadie le gustaría ver que para todo lo que ha servido su trayectoria es para ser el recurso gracioso de una serie que se sirve de ellos pero no les pone nombre. Porque se puede ser muy valiente para mofarse de una persona, de su carácter, de su poder, pero no tanto para afrontar una posible demanda.

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