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¿Para qué sirve la crítica?

Tres posibles respuestas para una pregunta con viaje de ida y vuelta en el el arte en general y entre los seriéfilos en particular

La serie animada ‘El crítico’ seguía al crítico de cine Jay Sherman. (Fuente: ABC)

La respuesta rápida y descreída: para nada. Esta tajante primera contestación suele partir del tópico, no desencaminado, que reza que todo crítico es un cineasta, escritor o guionista frustrado. Salieris sin sal. A falta de talento creativo, el crítico trabaja con los mimbres de otros para mantenerse dentro del perímetro artístico que tanto anhela. Ante la incapacidad para levantar algo desde la nada, ha de contentarse con aplicar el cincel para apuntalar la perfección en otros.

La respuesta comercial: para ahorrar tiempo al consumidor. En el mundo de la televisión, como en tantos otros ámbitos, la hemorragia de títulos es imposible de contener. Se declaran series del año cada semana y hormiguean las novedades en forma de acontecimiento siempre imperdible. Imposible verlo todo, por lo que hay que fiarse de alguien más allá del marketing, el tráiler o la autoría. El crítico de confianza sería, pues, una garantía contra el estrés. El crítico como mediador: un guardián que, desde la aduana, marca el sello de aprobación y te filtra las series que más se adecuan a tus gustos e inquietudes.

En este sentido, la relación con el crítico es como la del noviazgo. Cuando te cansas, al no haber anillo por medio, lo mandas a tomar viento. Primero lo conoces por casualidad y te hace tilín. Después, conforme le vas tratando, descubres que su forma de entender el arte y el mundo te facilitan la vida. Confías en su criterio. Te enganchas. Y, al final, acabas asumiendo que muchas de las cosas que se te escapan al ver una serie tendrán respuesta gracias a su labor analítica.

Lo que nos lleva a la respuesta elaborada: la crítica sirve para completar una obra artística. Hace unas semanas, el periodista José Manuel Romero escribía un interesante hilo al respecto, sobre la confusión entre la mera información televisiva y el análisis profundo y reposado, iluminador. Tiene que saber a mil demonios que hayas dedicado meses de trabajo y desvelos a un producto y que, luego, alguien lo destroce — acumulando calificativos rotundos — desde el calor de su ordenador. En parte, son las reglas del juego: las series, por definición, se hacen para ser consumidas por el público, que tiene todo el derecho del mundo a opinar sobre ese producto por el que ha pagado o ha invertido su tiempo. Además, hoy en día ya no es necesario ni siquiera una cabecera periodística para emitir tu opinión. Twitter ofrece barra libre y golpes bajos.

¿Qué puede añadir la crítica a este ecosistema libérrimo? Profundidad analítica, conocimiento del contexto artístico, diálogo entre fondo y forma, apuntes intertextuales o un análisis que permita saborear el crujiente visual y sonoro de una secuencia clave. Una buena crítica es aquella que, básicamente, nos permite aprender, que hace que el encuentro con el texto audiovisual resulte más rico, más elevado, más vibrante. Una crítica fetén nos advierte de relaciones que se nos habían escapado, nos apunta momentos clave que estaban en penumbra, nos ilumina ese detalle revelador que marca toda la diferencia. Es un estriptis textual que desnuda el mecanismo de una obra artística, haciéndola así más placentera.

¿Qué pasa, entonces, con la crítica negativa? Que, precisamente por respeto a los creadores, ha de ser especialmente exhaustiva en pelear los porqués de sus valoraciones. Lo fácil es acumular adjetivos rimbombantes, sin tasarlos, mientras te gotea el colmillo. El sarcasmo afilado resulta demasiado perfumado como para resistirse a su encanto; todos hemos caído en lo embriagador de su aroma destructivo. Sin embargo, lo realmente difícil es arremangarse, acercar el hocico al texto y meterse de lleno en explicar todos los pasos por lo que algo no funciona. El didactismo emerge, casi, como una obligación moral. Una crítica negativa solvente hace referencia al texto una y otra vez, para legitimar sus juicios. El “porque sí” no es un argumento de autoridad y las leyes básicas de la retórica llevan milenios circulando.

La crítica, como tantas cosas en este mundo, es opinable. Precisamente por eso, una “ecología” de la crítica debería mimar los hachazos, aunque solo fuera por una cuestión de prudencia. Nos sirve el paralelismo legal: el condenado a muerte tiene derecho a saber con exhaustiva precisión el motivo por el que le conducen al cadalso. La arbitrariedad es la prueba del algodón que deja al descubierto al crítico perezoso.

Soy un pelín más optimista que mi amigo José Manuel con respecto a la crítica televisiva en España. Dejando de lado, por elegancia, algunas de las estupendas plumas que alberga esta casa, se pueden encontrar muchas muestras egregias de textos que nos permiten amplificar nuestra experiencia seriéfila: El infatigable Enric Albero y su privilegiada mirada estética, este acercamiento integral — desde el análisis metatextual hasta la reivindicación política — que Conchi Cascajosa hace de Veneno, los emocionantes, épicos análisis que Fantantonio levantaba de Juego de tronos o la meticulosidad humanista que desprende el ocasional y brillante Consulting Writer.

No es nada fácil realizar crítica excelente, concienzuda, precisa, como esos ejemplos y muchos otros noviazgos que seguro que el lector puede aportar. La clave es bregar con la serie analizada sin descanso, volver a tal o cual escena, pausar el capítulo y reflexionar. Hay que afanarse obsesivamente en buscar el sentido. Poner el texto en contexto. Usar el tiralíneas para argumentar las lecturas políticas, sociales o ideológicas que se puedan derivar de un análisis, sin dejarse extraviar en el país del dogma metido con calzador. Porque hay lecturas más razonadas y ajustadas que otras. Y estar en desacuerdo, por descontado, resulta siempre estimulante.

Pero si una crítica negativa ha tenido en cuenta estas prevenciones y, desde la honestidad, trata de llegar al fondo de los problemas que detecta en una serie, intuyo que los creadores — a pesar del disgusto pasajero — pueden estar tranquilos. Porque un sólido diálogo cultural, estético y narrativo cuece y enriquece. Y eso, eso siempre sirve.

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