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Columnas | Cuatro trazos mal contados

¿Por qué seguimos cuerdos los niños que crecimos con ‘Digimon’?

El anime que nos descubrió a Mamoru Hosoda celebró hace poco sus 20 años

(Fuente: Fuji TV)

Siento que ya he estado aquí. Cuando la cámara imposible de Digimon se pasea por las junglas que encadena el paisaje de la isla de File, mis pies saben que han pisado esa tierra y las manos me dicen que ya han apartado ese mismo follaje. Fue hace mucho tiempo, tanto que hoy siento que estoy viendo una serie distinta.

No sé cómo sobrevivimos a una época vacía de plataformas como Crunchyroll, sin pozos de los que beber animes clásicos en condiciones dignas, libres de piratería, de publicidad y de píxeles. Tampoco sé por qué seguimos cuerdos los niños que crecimos con esta Digimon Adventure (a España se importó sin el apellido), que estoy revisando con pasmo desde hace unos días en el servicio VOD de referencia para todo lo nipón.

El pasmo, decía, me atruena los recuerdos cuando constato por qué, durante años, he tenido la absoluta certeza de que la creada por el trío Akiyoshi Hongō era una serie muy superior a su homóloga directa en el negociado de las mascotas que combaten y se transforman, Pokémon, sin ser capaz en cambio de aportar pruebas concretas. Ahora las tengo: en Digimon, el capullo del meollo del bollo, que decía Umbral, gira también en torno a las contiendas entre bichejos, pero las amenazas verdaderamente oscuras acechan tras ese atrezo.

Cabinas de teléfono que se erigen en medio de una playa y suenan sin que haya voz al otro lado, vagones de tren aparcados sobre remotos islotes, inexplicables viajes de regreso a un adulterado mundo real… La serie –que, por si hiciera falta, persigue a siete niños perdidos en un mundo digital que habitan unas extrañas criaturas, los digimon– no escatima en trampantojos narrativos propios del mejor Damon Lindelof, que exploran y enriquecen el universo que acoge la trama sin acabar de disolver su misterioso envoltorio.

La sensación de vulnerabilidad que alimenta el escenario de Digimon estalla también en los corazones de cada uno de los personajes, que, una vez más, a diferencia del odioso Ash Ketchum, el héroe de la franquicia Pokémon, no exploran bosques, mares y desiertos infestados de monstruos por gusto: la aventura, impuesta, deviene en pura supervivencia. Durante una larga ristra de episodios, los niños, protagonistas por obligación, vagan por una tierra áspera y brutal buscando algo que echarse a la boca y haciendo lo posible por que no se los coman a ellos, mientras lidian con el coleo de traumas restañados por divorcios y adopciones.

La película que era tres películas

Recién cumplidos 20 años de su estreno en nuestro país, el anime de Fuji TV aguanta los asaltos del tiempo sin despeinarse. Si sus músicas continúan poniendo la piel de gallina, las originales soluciones de puesta en escena que resuelven serios conflictos en apenas tercios de hora alcanzan su cenit cuando le llega el turno a la mirada de Mamoru Hosoda, puntal de la animación japonesa contemporánea (La chica que saltaba a través del tiempo, Wolf Children, El niño y la bestia) que dirigió siete de los episodios más impactantes de la serie.

Hosoda, que debutó como realizador de la mano de la franquicia, lo hizo precisamente con un par de piezas, un cortometraje y un mediometraje, que luego compondrían dos asombrosas partes de lo que a España llegó como Digimon: La película. Aquella cinta no era sino la unión de las obras de Hosoda y de una película más, esta de Shigeyasu Yamauchi, pergeñada por una pareja de guionistas estadounidenses que, a base de manosear guiones y remontar secuencias, consiguieron sublimar la mezcla en un bloque unitario. Siguiendo la agresiva madurez de las subtramas de la serie, el experimento de los americanos se agarraba a temas que otros animes infantiles rivales estaban lejos de plantear, como el ciberterrorismo o los peligros de la ubicuidad de la informática. Las obsesiones que preocupan ahora a los filósofos de los algoritmos llevaban veinte años cociéndose en Digimon.

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