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'Ted Lasso' y el optimismo como contracultura - Fuera de Series
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‘Ted Lasso’ y el optimismo como contracultura

La emblemática serie de Apple TV+ propone una mirada luminosa y humanista poco habitual

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Jason Sudeikis es el protagonista de ‘Ted Lasso’ (Fuente: Apple TV)

Nunca agradeceré lo bastante al jefe de este sarao, C.J. Navas, que el pasado verano me invitara a comer en un asiático mientras aderezaba el pato laqueado con lo maravillosa que era Ted Lasso. Este emblema (con el permiso de Para toda la humanidad, Aloña) de la cada vez más sólida Apple TV+ se ha ganado el corazón de los espectadores y el cariño de los críticos. En toda reseña de estos últimos —en esta casa la analizó Valentina Morillo— siempre emerge, esplendoroso, un concepto: el optimismo. No es, desde luego, un animalito que suela prodigarse mucho. ¿Por qué?

Mi mujer y yo nos bebimos Ted Lasso en una semana y cada noche nos íbamos a la cama con una extraña, gozosa sensación de plenitud. Una ficción que nos hacía querer ser mejores personas. Sí, sí, sin duda, la comedia suele ser amable, incluso aunque parta de la mala leche del sarcasmo o el ridículo. Toda carcajada ejerce de tres-en-uno emocional. De acuerdo. Lo compro. Pero Ted Lasso ofrece algo más, una especie de «atmósfera moral», a falta de encontrar un término mejor. Un aroma donde el hombre es bueno, hay luz al final del túnel y la vida, a pesar de sus inevitables reveses, merece siempre la pena. Un humanismo inasequible al desaliento.

En una escena sintomática, Ted Lasso intenta levantar el ánimo de la afición, en ese ecosistema tan british que implica el pub: «¡Os comportáis como si ya hubiéramos perdido el partido! ¿Por qué no mostráis un poco de esperanza?». Los hinchas, como si fueran aficionados pimentoneros, le responden con el piloto automático de los tiempos: «¿No has vivido aquí lo suficiente para saber que es la esperanza lo que te mata?». No. Ted Lasso no ha vivido lo suficiente en ese mundo de tristes y perdedores. Nunca lo vivirá. Porque él es un héroe cotidiano.

Oliver Bennett, profesor de una cosa que podríamos traducir como «Políticas Culturales» (Cultural Policy) lleva casi dos décadas estudiando la dicotomía optimismo/pesimismo. Como explica en su Cultural Pessimism: Narratives of Decline in the Postmodern World (2001), las variantes de visiones apocalípticas, aterradoras y negativas han crecido exponencialmente en la civilización occidental durante las últimas décadas. De hecho, el pesimismo es una constante en las élites culturales de los países occidentales. Según Bennett, habitamos un mundo lleno de Casandras: «El pesimismo no solo se ha incrustado profundamente en la práctica de la crítica cultural, sino que también se ha convertido en cierta medida en una marca de seriedad moral e intelectual». De forma similar, Raymond Tallis explicaba en Enemies of Hope cómo las narrativas posmodernas no solo reflejan el zeitgeist contemporáneo, sino que lo influyen activamente, mediante un proceso por el que «la humanidad contemporánea se está conduciendo a sí misma a un estado terminal de desesperación, auto rechazo e impotencia». Frente a llorones, cenizos e iracundos de toda laya, el personaje interpretado por Jason Sudeikis (y Ted Lasso en su conjunto) le saca el dedo índice, en erección fastuosa, a ese derrotismo mainstream, a ese pesimismo del ambiente.

La aflicción para quien la quiera. Ahí está la mayor revolución de esta encantadora propuesta. Y lo más sorprendente es lo bien que funciona, no solo desde un punto de vista cómico, sino también dramático. Ted Lasso se une así a un puñado de pensadores que están en la vanguardia de la contracultura, precisamente por reivindicar el optimismo como un argumento racional. Entre los mayores best-sellers divulgativos de la última década destacan los del ensayista científico Matt Ridley (El optimista racional: ¿Tiene límites la capacidad de progreso de la especie humana?, 2010), el psicólogo evolutivo Steven Pinker (Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones, 2011; En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso, 2018) o la neurocientífica Tali Sharot (The Optimism Bias: A Tour of the Irrationally Positive Brain, 2011), por citar los más conocidos. Pero similares aproximaciones optimistas se siguen sucediendo con éxito desde la psico-sociología (Cultures of Optimism: The Institutional Promotion of Hope, Oliver Bennett, 2015), el ecologismo (Inheritors of the Earth: How Nature Is Thriving in an Age of Extinction, Chris Thomas, 2017) o la política progresista (The Optimistic Leftist: Why the 21st Century Will Be Better Than You Think, Ruy Teixeira, 2017).

Tras traer sus últimas pastas y levantar el ánimo de todo quisqui con su sonrisa imborrable, el último lema del inesperado entrenador del AFC Richmond es cristalino: «Creo en la esperanza. Creo en creer». Como ocurre con las comedias de Michael Schur o como pasaba con el idealismo político de El ala Oeste de la Casa Blanca, Ted Lasso nos recuerda que no hay mayor aventura que la de vivir. Porque la vida, como decía aquel, puede ser maravillosa.

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