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‘Whiskey Cavalier’, no es España todo lo que reluce

En el capítulo de esta semana la serie viaja a un Logroño un tanto extraño

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Los protagonistas de ‘Whiskey Cavalier’. (Fuente: Movistar+).

Uno de los puntos a favor de Whiskey Cavalier es que en cada episodio viajan por un lugar distinto de Europa. En contra de lo que pasa con otras series (no querría abrir viejas heridas, pero estoy pensando en Mentes criminales, beyond borders), lo cierto es que suele ser respetuosa. Es un poco duro tener que utilizar la palabra respeto cuando se habla de un escenario de fondo, pero la historia nos enseña que, con tal de mezclar tópicos, se muestran auténticas caricaturas que, en ocasiones, rozan el insulto. No es el caso. Lo habitual es que sean entornos bonitos que transmiten un aire del lugar, más que mostrar elementos concretos famosos.

Viajar es una de las características de esta serie que, conforme avanza, alcanza una mayor personalidad y un reparto de caracteres entretenidos en sus diferentes protagonistas. Es ligera, mezcla escenas de acción y recurre al humor tanto con sus dos personajes principales como con el coro que acaba de formar el equipo. Si bien su piloto me dejó un poco descolocada, y no acabé de cogerle el punto, una vez presentados los personajes y entrando en la rutina, se entiende claramente cuál es la mano que juega esta serie de agentes de la CIA y del FBI trabajando conjuntamente.

A medida que la temporada crece, la trama sentimental toma más fuerza. Es habitual que la pareja principal esté formada por un hombre y una mujer heterosexuales que, siendo muy diferentes, acaben por sentir cierta atracción y el romanticismo tome fuerza en las temporadas segundas o terceras. En este caso, desde el principio nos presentan a Will Chase como un enamorado perdido que no puede dejar de hablar de sus sentimientos y padeceres. En ese sentido, la serie es muy transparente y desde el comienzo te indica que las relaciones y las emociones tendrán un peso considerable en el transcurso general.

En ese contexto, cada capítulo se guarda uno o dos momentos donde Will y su compañera, Frankie Trowbridge, hablan, se miran, se rozan y se deleitan con el permanente tonteo. Y eso suele suceder en alguno de los puntos a los que viajan cada semana. Bien sea en una villa de ensueño, un armario o un bosque perdido en algún punto remoto.

La arquitectura coge peso en una serie que cambia de localización en cada episodio

Y esta semana le ha tocado a España. En el capítulo España, trenes y automóviles, viajan hasta Logroño para interceptar un cargamento de plutonio. Reconozco que de entrada me extrañó el destino, pero Logroño tiene un entorno tan bonito como cualquier otro, así que sin problema. Hay que reconocer que, así en frío, no sería la primera ciudad que vendría a la cabeza, pero eso hasta supone un punto a favor. Señal de que no veremos una mezcla entre la Semana Santa sevillana y los San Fermines y de que se podría ir más allá de los cuatro tópicos manidos.

Luego descubres que, más que a La Rioja, a lo que van es a un búnquer. Que bien podría ser Portugal, porque tan sólo descubrimos una fachada de una planta con dos grandes puertas metálicas que bajan a los sótanos. Tras esto, corren por un monte nevado lleno de árboles de copa altísima que dan una imagen que me sorprendió. Pero mi conocimiento del mundo botánico no da para poner la mano en el fuego de dónde puede haber sido grabado. Por fin descubren un caserón de piedra y cubierta a dos aguas que, si no español, tiene que ser la mar de cercano. Pero suena verosímil. En él beben vino, comen un queso que, por el tipo de corte, apostaría algo a que no es español y lo acompañan con mermelada de higos.

Y te quedas un poco fría, porque verse, se ha visto poco. Pero por lo menos no ha resultado insultante. Hasta que llega el desenlace y se acercan a la ciudad, insisto, Logroño, para ir hasta la estación de tren. Y aparece un gran edificio principal de piedra, con dos naves metálicas sostenida sobre pilares de hierro típica del siglo XIX. Lo cierto, es que pese a que la capital riojana tenía estación por aquellos entonces, construyó una nueva, inaugurada en 2011 y con un proyecto bastante conocido del estudio de Ábalos y Herreros.

El proyecto es llamativo por su formalización y por la construcción de una cubierta transistable que simboliza una loma. De esas imágenes que basta con ver una vez en la vida para ser recordada. En su lugar, repito, vemos una estación clásica con dos naves de cubierta de sección semicircular. Aquí ya me picó la curiosidad. Una búsqueda rápida nos dice que se trata de la estación de Praga que, por cierto, es preciosa.

Pero entonces, ¿para qué tanto ruido? Si no va a aparecer nada icónico, si no se va a prestar atención al urbanismo del lugar, si se va a recurrir a una arquitectura de fuera, ¿dónde estaba la necesidad de decir que era Logroño y no Praga? Quizás debamos preguntarnos si no sería mucho más honesto y didáctico centrar los viajes en una zona determinada europea, donde, supongo, les será más sencillo y económico grabar, y profundizar en ese lugar. Por qué no aprovechar la ocasión para mostrarnos Praga y explicarnos que su estación responde al nombre de Praha hlavní nádraží y que el maravilloso hall que vemos repetidamente corresponde a una obra modernista de Josef Fanta.

Es una lástima, porque en lugar de aprovechar la ocasión para exaltar un lugar precioso, con unas pinturas históricas y una distribución inteligente con una escalera que define el lugar, nos confunden atribuyéndolo a otra ciudad que nada tiene que ver.

Qué bonito habría sido jugar con un poco de honestidad en lugar de encabezonarse con recorrer todo el continente, aunque sea falsamente.

‘Whiskey Cavalier’ se emite los jueves en Movistar Series.

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