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‘Bruja Escarlata y Visión’ y la televisión en abismo

(Fuente: Disney+)

A estas alturas todo el mundo sabe que la excelente Bruja Escarlata y Visión era una suerte de ensayo sobre la pena, que también nos regalaba una breve historia estética de la sitcom. Como argumenté en mi reseña, es la única serie que recuerdo que ha llevado el concepto de metaficción tan lejos, si no en grado, sí en extensión. Es decir, ha habido decenas de propuestas que se han movido por la amplia autopista de la «ficción sobre la ficción» o la «ficción dentro de la ficción» (la distinción tiene su miga), pero ninguna la había integrado de manera tan abrumadora. Porque en Bruja Escarlata y Visión la extravagante puesta en abismo (mise en abyme queda más cool) es total. No es simplemente un Larry David desguazando su yo, Matt Leblanc vacilando a sus guionistas ni un 30 Rock parodiando la superficie del show business. No. En la serie de Marvel la metaficción es enigma narrativo, cita estética, broma textual y hasta escape existencial. Y es todo eso durante prácticamente la temporada completa.

En uno de los libros clásicos sobre el asunto, Patricia Waugh definía la metaficción como “un término dado a la escritura ficcional autoconsciente y que sistemáticamente dirige su atención a su estatus como artefacto para aclarar con ello cuestiones sobre la relación entre ficción y realidad”. Ese verbo preciso («aclarar») es sobre el que se aúpan los dilemas y olvidos de la superheroína interpretada con solvencia por Elizabeth Olsen. Porque toda metaficción parte -más allá de la vertiente lúdica- de un cuestionamiento y un extrañamiento. Como explicaba el crítico y catedrático Pozuelo Yvancos en su Poética de la ficción, se trata de «contemplar el arte a la luz de sus materiales y en la frontera de la discusión de su legitimidad frente al mundo que pretende representar”. Desnudar los mecanismos del relato para ahondar en los porqués creativos, repasando sus costuras y convenciones.

Con la segunda parte de El Quijote como emblema, sabemos que la metaficción siempre ha existido. No obstante, es lógico que florezca con más asiduidad cuando un arte ya ha alcanzado su madurez. En ese entorno es cuando germina una sofisticación que, ante el agotamiento, decide mirarse a sí misma en el espejo. Este narcisismo constituye el colofón artístico de un medio que ha exprimido sus posibilidades narrativas y estéticas. Por eso se ha quedado ya tan anticuado este artículo académico que publiqué allá por 2009. Ahí trazaba un repaso sistemático a los diversos grados de metaficción que la serialidad anglosajona había ofrecido hasta entonces. ¡Pero ha llovido tanto en doce años!

Se ha extendido la autoficción con Qué fue de Jorge Sanz, Louie, Better Things o Ramy; Community desarrolló su juguetona premisa (¡Abed!) hasta límites insospechados; esa pequeña delicia de Netflix que es American Vandal vampirizó todos los códigos del true crime; tenemos al maquiavélico Frank Underwood en House of Cards y a la descacharrante Phoebe Waller-Bridge en Fleabag dinamitando la cuarta pared… (por cierto, está todo ya requeteinventado: este irresistible enlace con tropecientas series mirando directamente a la cámara).

Podemos abrochar los últimos diez años de esta escalada autorreflexiva abriendo con Sobrenatural y cerrando con Rick y Morty. En febrero de 2011 se emitía el genial The French Mistake (6×15). Una de las cúspides de la metaficción televisiva fue aquel episodio de Sobrenatural en el que los personajes ficcionales (Sam y Dean Winchester) se veían expulsados a un mundo que les resultaba de lo más siniestro: un set de rodaje de una serie titulada «Sobrenatural», en la que ellos eran confundidos por unos tales Jensen Ackles y Jared Padalecki. ¡Sublime! Casi diez años después, Dan Harmon y Justin Roiland se marcaban una de las fantasías autorreferenciales más fascinantes que uno haya contemplado jamás… en una serie donde la metaficción es el pan de cada día. Aquel «tren del relato» de La Rickstoria Intermimorty (el episodio 4×06, titulado en inglés Never Ricking Morty), con sus saltos diegéticos, sus clímax y sus deus ex-machina, sintetiza lo juguetón y endiablado de la metaficción televisiva reciente.

Con su primera temporada en Disney+, Bruja Escarlata y Visión añaden su nombre -en mayúsculas y bordado en oro- a un linaje donde la deconstrucción textual, el homenaje y la parodia se unifican para recordarnos la verdad de las mentiras, regalándonos, de paso, una deliciosa carta de amor a la televisión.

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