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Alberto Nahum García: «Reivindicar la nobleza de la política en una serie hoy sería imposible»

(Fuente: Alberto Nahum García)

Alberto Nahum García tiene un hambre voraz. Hambre de saber, de discutir; de acertar, como todo hijo de vecino, pero también de estar errado y de que se le convenza de ello. Solo con argumentarios de hierro: las chapuzas intelectuales no sirven contra un dialogante como él. Profesor de la Universidad de Navarra, piensa las series desde una atalaya que bautizó Diamantes en serie, donde bloguea sobre ficción televisiva desde hace cosa de una década. Además, se ha prodigado en los últimos meses en columnas publicadas en esta cabecera. De un puñado de los afilados textos de su blog, así como de trabajos para la revista Nuestro Tiempo Jot Down, nació hace unos meses Series contra cultura (EUNSA), su último libro.

El hiato de la cuarentena por la COVID-19 permitió a Nahum breves esprines para retocar o reescribir los textos críticos que, organizados por grandes bloques temáticos —la juventud, la familia, el heroísmo, la fe, la muerte…—, componen Series contra cultura, escuetos análisis de la trastienda ideológica de más de medio centenar de series de éxito. El volumen ofrece una constelación de interpretaciones lúcidas, honestas y particulares, siempre desde los preceptos del humanismo clásico; varios de estos diagnósticos, los más inspirados, blanden verdadera capacidad de incomodar. Como el punzante mote que usa en un capítulo del libro para burlarse de Aaron Sorkin y de la “misión de evangelizar” —cita del propio guionista, no suya— que este emprendiera en The Newsroom: Sermonorkin. Nahum es así, duele tanto como acierta.

Conque Sermonorkin, ¿eh?

El artículo va sobre la primera temporada [de The Newsroom]; la segunda y la tercera mejoraron mucho. En la primera, incluso gente que está en la órbita ideológica de Sorkin le dio caña por predicar para los conversos. Me pareció que era bastante sermón por dos razones. Una, la parte profesional: es un drama ambientado en una profesión, que le mira las tripas, pero hace trampas. Es muy fácil llegar dos años después de tal o cual cobertura. Es jugar un partido con 13, el árbitro comprado y las porterías más grandes. Y eso es algo que no estaba en El ala oeste o incluso Sports Night, porque ahí las relaciones con la realidad eran más difusas. Y, por otro lado, la parte ideológica: Sorkin es un socialdemócrata clásico, no es descubrir nada nuevo, pero el desprecio que había en la serie hacia el Tea Party, que puede ser legítimo, se traducía en diálogos —muy brillantes— que siempre creaban una especie de caricatura de la gente del otro lado del espectro político. Hay un elemento de reducir al oponente a una caricatura que me parecía poco sorkiniano.

En ese texto hablas de un tema que se trata más veces en el libro: la pedagogía [que conforma todo un epígrafe compartido con The Handmaid’s TaleMasters of Sex y Juego de tronos]. ¿Cuál es el problema con ella?

Básicamente, que es minusvalorar al espectador. La televisión es un ámbito de entretenimiento. No digo que no tenga otras funciones, pero, en principio, la mayoría de gente que ve la TV no lo hace por la misma razón por la que va a la escuela o lee un ensayo político. En general, ves series para entretenerte. Mi problema con las series que se vuelven demasiado catequéticas, es decir, que tratan de educar al espectador, es que parten de la idea de que el espectador es alguien que necesita ser educado.

Si hay una serie que da la casualidad de que te educa, fantástico; el problema es que esos elementos se hagan demasiado evidentes. Yo he aprendido muchísimo con ficciones que he visto, pero cuando acudimos a esas ficciones no es porque queramos ser educados, sino porque queremos entretenernos, aprender más sobre la condición humana, los problemas de la sociedad… Y en su afán por poner la ideología por encima de la historia, esas historias son habitualmente peores. Tienen menos fuerza porque la complejidad dramática, los problemas morales o la profundidad ideológica, en muchas ocasiones, están llenos de contradicciones. Y la catequesis necesita cosas claras.

Portada del libro de Nahum. (Fuente: EUNSA)

Has ido escribiendo el libro a lo largo de una década. ¿No has cambiado de opinión en esos diez años?

[Aquí la claridad grave y aplomada de Nahum zozobra por primera vez. No le pesa corregirse —rara virtud—, recular a medio camino o encontrar excepciones a sus argumentos. Otros caen como sólidos mazazos.]

Sí que he modulado muchas cosas, pero creo que en las cuestiones básicas no he cambiado. En este tema en concreto [“la ficción catequética”, como él la denomina], creo que cada vez me he ido más hacia estar en contra de las políticas de la representación. Para el libro, he cogido los textos desde el hoy. Sería interesante ver algún texto que descartara porque no estaba de acuerdo con lo que escribí entonces; por ejemplo, estoy convencido de que algún artículo del 2010 o 2011. Ten también en cuenta que cuando empecé a escribir el blog yo ya tenía 30 o 31 años. Creo que se cambia más de los 20 a los 30 que de los 30 a los 40. Me da la impresión de que es más complicado cambiar vigas maestras cuando uno ya es más maduro.

En el libro dices que “ver series ya no es cool”. ¿En qué momento lo fue y cuándo dejó de serlo?

Es una provocación. Durante mucho tiempo, para los intelectuales, la televisión estaba corrompiendo a la juventud, alienando a las masas, volviéndoles tontos… Cuando llegaron HBO, Los Soprano…, empezó a cambiar la apreciación cultural de la televisión, sobre todo por parte de las élites culturales. Carlos Boyero hablaba maravillas de series que nadie conocía. De repente, se convirtió en un símbolo de distinción, con una especie de capital cultural, como leer ensayo. Hubo una tribuna de Mario Vargas Llosa en El País que hablaba de The Wire como tragedia griega, y a mí me pareció sintomático. ¿Qué pasa? Que la gente que quiere diferenciarse por lo que consume no puede ser diferente si lo consume todo el mundo. Por eso dejaron de ser cool: hoy, ver series es algo que hace hasta la vecina del cuarto. Se ha democratizado tanto que el elemento de distinción ya no es ver series en general. Habrá nichos, en todo caso: decir “yo veo series nórdicas”, por ejemplo.

«Las series que hacen pedagogía minusvaloran al espectador»

Hay en Series contra cultura sobre todo producciones estadounidenses. ¿Es gusto personal?

Por un lado, ver series consume mucho tiempo y, como me empecé a enganchar a las series con El Ala Oeste24Prison Break…, entré por ahí, por las series de high concept estadounidenses, también porque eran a las que tenía más acceso, junto con las españolas. Además, como para mí la crítica es un hobby, me resultaba un pelín más cómodo escribir sobre series cuyos creadores estuvieran muy lejos. Entonces, me daba algo de pudor. Siempre me ha dado rabia del crítico lo de destrozar en 1 000 palabras algo que alguien ha tardado en levantar dos años de su vida, dando trabajo y de comer a 200 familias. Me parece hasta cruel. Necesario, ¿eh?, pero las críticas negativas tienen que estar extremadamente justificadas. Cuando empecé a escribir, pensaba: “Bueno, si escribo mal de The Wire, a David Simon se la pela, pero si escribo mal de Hispania…” Era un miedo inicial, ahora estoy más asentado y me da más igual.

[Series contra cultura es, en realidad, un ejercicio de sistematización. De poner orden y concierto en un corpus de ideas muy personales, tanto como rigurosas en su formulación. A ese respecto, hay casi una corriente submarina de ideología bajo la epidermis del libro, uno de esos discursos subrepticios de los que, como lamenta Nahum, tanto recelan los Estudios Culturales: una nostalgia por la razón como principio mayor que una vez ordenó el mundo —está claro que, en el aquí y el ahora, ordena poco o nada—.

“Una buena argumentación, sin ser objetiva, ahuyenta el capricho”, señala el profesor. “Todos tenemos una mochila, pero si la argumentación es buena, por lo menos no es arbitraria”. En un trabajo futuro, le gustaría ocuparse de cuestiones más alejadas de lo sociopolítico y más cercanas a la estética y las formas, de tintas menos cargadas. Ahí tendrían cabida Rick y MortyPerdidos Hannibal. Pero, por el momento, la cosa ha quedado en una “guía humanista de la ficción televisiva”, como reza la portada de Series contra cultura, donde se lanzan órdagos como el siguiente: a propósito de This Is Us, Nahum plantea que el esquema familiar que fuera hegemónico en el pasado se ha vuelto hoy contracultural.]

¿La familia tradicional puede realmente ser punki?

Creo que, hoy en día, que alguien tenga cuatro o cinco hijos no es ni mucho menos lo normal. En la esfera pública, donde estamos en un entorno más de relaciones líquidas, hablar de valores como de los que habla This Is Us, en sentido amplio, no es lo habitual. Por eso digo [en el libro] punki, porque es la imagen que todos tenemos de algo que va contra la corriente. ¿Por qué ha sido tan polémico Feria, de Ana Iris Simón? En parte por eso, porque está teniendo un éxito tremendo un libro de una chica de izquierdas que reivindica la familia con un núcleo, digamos, amplio. Eso no es lo predominante.

Lo habitual en las series es Tony Soprano, un tipo al que la familia le agobia, o Don Draper, que es un tipo que engaña a la familia. This Is Us entronca en todo caso con el idealismo que podíamos encontrar en el primer Sorkin. Y ese es otro ejemplo, el idealismo político tampoco está muy de moda. Al revés; lo que mola es Baron NoirScandalHouse of Cards… Reivindicar la nobleza de la política hoy en día me parece que sería imposible. El Ala Oeste hoy sería contracultural, y This is Us lo es. Lo diré de otra forma: creo que Euphoria, que me encanta porque es dura y nihilista, es una serie mucho más cultural o está mucho más en el mainstream cultural de lo que puede estarlo This Is Us.

¿Se han vuelto contraculturales las ideas clásicas, entonces? Hablas también del optimismo, el heroísmo tradicional…

Digamos que da más prestigio cultural decir que todo va mal que decir que todo puede ir bien. Pero hay motivos históricos para ser optimista. Y el heroísmo, lo mismo: esto lo matizaría un pelín, pero tengo la sensación de que se ha impuesto cierta retórica de que el heroísmo es sospechoso, que el héroe siempre tiene una agenda oculta. Es muy difícil encontrar héroes sin tacha hoy en día. Se politiza todo, también el héroe, y deja de ser un héroe para convertirse en alguien de parte. Me da la impresión de que cuesta más que haya héroes civiles para todos.

El antihéroe se convirtió en etiqueta de calidad de las series. Cuando tienes tantas horas de metraje necesitas renovar los conflictos continuamente y, claro, un héroe tiene menos recorrido que un antihéroe, que juega con lo complicado de su esfera personal. Imagínate el juego que da la contradicción que hay entre el Tony Soprano padre de familia y su esfera profesional. O lo que pasa con Walter White. Veníamos de un momento de casi sobredosis de antihéroes, y en el 2014 o 2015 empiezan a llegar series como Fargo, donde se reivindica un heroísmo mucho más clásico.

David Simon ocupa un epígrafe completo del libro, el último. ¿Por qué para el final y por qué tanto espacio?

Para los dos últimos bloques [donde se concitan The WireLa casa de papel Parks and Recreation], tenía muchas series que tratan temas de cómo se organiza la sociedad y cuáles son los límites políticos o legales de determinadas cuestiones. Entonces me di cuenta de que las series de David Simon son esencialmente eso. No solo, porque están muy ancladas en los personajes, pero esencialmente eso. Es un tío con tanta fuerza, no solo dramática sino también política, que es fácil encontrar un hilo, más que argumental, ideológico que teja todas sus historias; y que no está en mi onda, vamos a llamarla de no izquierda. Un tipo con unas ideas claras, que además hierven en sus ficciones, pero que consigue que la historia esté por delante de la tesis.

Sus historias primero funcionan dramáticamente; luego, ya te das cuenta de lo que él piensa y de que el conjunto transmite una crítica al mito del sueño americano. Pero en las series de Simon todo eso es un a posteriori, no un a priori. Joder, en sus series hay personajes que acaban bien. Aunque sean muy críticas, él es consciente de que el sistema también hace que le vaya bien a gente, por suerte. Esa ambigüedad es valiosa. Mostrar la realidad en toda su complejidad hace de Simon uno de los grandes autores contemporáneos, insisto, sin renunciar a sus ideas. Me parece impecable, porque él mismo dialoga con las contradicciones de lo que retrata. No santifica ni villaniza.

Hay un pasaje del libro en el que aseguras que las ficciones permiten tomar el pulso a una época. ¿La crítica también debe detectar ese pulso?

Creo que la buena crítica debe tener en cuenta, siempre partiendo del texto, todo lo que este proponga. Si tiene una ambición ideológica o política, debe entrar en ello. Pero hay muchas series que no he tratado en el libro, por ejemplo Breaking Bad, que no tienen elementos que tengan que ver con cuestiones sociopolíticas, o no de forma primordial. Es lógico que muchas series se salgan de los límites del propio texto para hablar de cosas que tengan que ver con la sociedad, problemas morales, sociales… Me parece inevitable, y es necesario que la crítica también los aborde. No creo que la crítica puramente estética sirva para una serie como Podría destruirte, pero tampoco creo que sea lo más sensato que la crítica se empeñe en hablar de cosas que el texto no propone. El ejemplo de Friends: intentar sexar ahora el pollo de Friends a ver si cumple tales criterios de raza o no, no es lo que el texto propone. Me parece un ejercicio crítico, hasta cierto punto, injusto.

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