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‘Antidisturbios’: Peña y Sorogoyen, cronistas de la podrida Villa de Madrid

La serie de Movistar+ coincide con otras obras del dúo creativo en la presentación del espacio capitalino como función del poder

(Fuente: Movistar+)

Tres técnicos de Antidisturbios dieron cuenta hace poco, en una charla organizada en el marco de la edición madrileña del Serielizados Fest, del interés del realizador Rodrigo Sorogoyen por que la realidad quede bien impregnada en todas las producciones que dirige. Eran Mikel Saldise, jefe de localizaciones de la serie (que Movistar+ estrenó el 16 de octubre), Nacho Lavilla, coordinador de dirección, y Jofre Farré, director de producción, y se referían, en concreto, a Madrid, sus barrios y sus gentes, todos velada pero certeramente reflejados en los espacios que ambientan la ficción. Sorogoyen e Isabel Peña, guionista y habitual compañera de armas del madrileño, han opositado con esmero a lo largo de sus carreras para el disputado puesto de cronistas de la villa capital. Antidisturbios es su examen final.

La historia del escuadrón de antidisturbios protagonista y la investigadora de asuntos internos que escruta su mala praxis no rompe con la tendencia hegemónica en el trabajo de Peña y Sorogoyen. Todo lo contrario, quizá funcione mejor como coda de las hipótesis planteadas en obras como Que Dios nos perdone o El reino, ambas atravesadas por una mirada social pesimista. Las películas y la serie, que comparten muchos de sus intérpretes, son secantes también en una postura moral esclava de la idea de que el que juzga tiene también mucho por lo que callar. Los corruptos y facinerosos del cine de esta dupla hacen espectáculo de su villanía, pero, como sus obras suelen detenerse a subrayar, el ciudadano de a pie también roba, miente o se deja sobornar. Simplemente, lo hace bajo mano.

Sin embargo, la serie de Movistar tiene otro pilar narrativo en común con las obras anteriores de Peña y Sorogoyen. Un punto de apoyo distinto de la habitual disolución de responsabilidades del mangante y el abusón (de la que ofrece una buena ración el final de Antidisturbios). Se trata de la representación de Madrid, una posición de lectura que nos lleva atrás, muy atrás, hasta aquella Stockholm con la que la pareja creativa dio la campanada en los premios Feroz de 2014. En esa cinta de bajo presupuesto, trampolín de una Aura Garrido imparable desde entonces, ya había mucho de lo que hoy nos gusta resaltar de Antidisturbios: el reparto de lo sensible desplegado sobre el Madrid contemporáneo, un reparto de las regiones del espacio que pueden ocupar según qué individuos, de las corralas de Lavapiés a los restaurantes de la zona alta, pasando por el transnacional y disputado Bernabéu.

Las presentaciones de los enclaves urbanos madrileños que trufan los seis episodios de la serie son reflejo y consecuencia de estereotipos y dinámicas de poder simbólico que rigen la vida en la capital, pero también conforman discursos estructurantes, que depositan en esos lugares significados que no estaban allí hasta que llegaron las furgonetas de la productora. Así como una Gran Vía llena de faroles desenfocados ponía el broche de oro a la juventud noctívaga y prepotente de Stockholm o el ecuestre Carlos III de la Puerta del Sol abría camino a la ciudad hiperturística de Que Dios nos perdone, Antidisturbios hace uso del callejero madrileño ora perpetuando, ora subvirtiendo las convenciones que dictan quién hace qué y dónde en la villa de Galdós, siempre con la podredumbre que subyace a la fanfarria como objeto de arqueología urbana.

La corrala situada en la calle del Olivo, número 7 (en realidad, Ventorrillo, 7), escenario de la espeluznante secuencia que dispara la trama de la serie, no volverá a ser la misma mientras el fantasma de la historia pulule entre sus vigas. De muestra, un botón: las misérrimas condiciones del edificio no son buscadas, sino encontradas. El departamento de arte no necesitó simular ni una grieta de las que ya amenazaban a los inquilinos del lugar mucho antes de que a Peña y Sorogoyen les picara la idea de la serie; muy al contrario, fue necesario llevar a cabo ciertas reformas que aseguraran que el sufrido inmueble pudiera aguantar las jornadas de rodaje.

Frente a las enrevesadas dialécticas del espacio público, las secuencias de interior parecen existir en otro plano, uno en el que Sorogoyen pone en práctica lo que luego ejercitaría en el único de sus trabajos recientes que no firma al alimón con Peña: su corto confinado para la antología En casa, de HBO España. Visto el episodio que el director facturó durante la cuarentena, el encierro por la COVID-19 parece resonar en las opresivas discusiones que protagonizan los personajes de Antidisturbios, desde Laia hasta Bermejo, de puertas adentro. Al otro lado del umbral, la jungla. La vida descabezada al albur de la putrefacción de la vida en la urbe, que, según escriben Peña y Sorogoyen, no perdona a nadie.

‘Antidisturbios’ está disponible completa bajo demanda en Movistar+.

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